Capítulo 1 1

Trato de seguir durmiendo, pero el ruido proveniente del jardín no me deja.

Me pongo de pie y abro un poco la persiana para ver de dónde proviene ese ruido. Mi jardín está hecho un desastre por el huracán de anoche. Las ramas cubren el césped como si alguien hubiese decidido arrancar pedazos del cielo y arrojarlos sobre nuestra casa.

Al entrar al baño aprieto el interruptor, pero la luz no enciende. La electricidad se ha ido. Suspiro. De todas formas me quito la ropa y me adentro en la regadera. Enciendo el grifo y dejo que el agua caiga sobre mi cuerpo. El sonido constante logra calmarme un poco. Lavo mi cuerpo y mi cabello, quito la espuma y cierro el agua. Me seco rápido, sintiendo el aire húmedo pegándose a mi piel.

Salgo del baño y voy directo al armario. Elijo una falda de mezclilla y un top blanco. Algo sencillo. Algo que no combine con el caos exterior.

Bajo las escaleras y salgo al jardín. Tres hombres intentan cortar el gran árbol que cayó durante la tormenta. El viejo roble donde Patrick y yo pasábamos horas cuando éramos niños.

—Vaya, parece que Ágatha hizo lo suyo anoche —dice Patrick a mi lado, con las manos en los bolsillos.

—Me gustaba ese árbol —respondo, cruzándome de brazos—. Hacíamos casas imaginarias ahí arriba.

—Supongo que es hora de construir otras nuevas.

Papá se acerca, dando órdenes a los trabajadores.

—Hola, cariño. Hola, Patrick.

—Buenos días, señor Hills —saluda Patrick.

Entramos a la cocina, los generadores se encienden y decidimos salir un rato. No a ayudar, según Patrick. A despejarnos.

Conduzco hacia la zona Pogue. El cielo sigue gris, pero la tormenta ya pasó.

Compramos cervezas y luego avanzamos hasta el muelle.

Allí están ellos.

Damian apoyado en la barandilla. A su lado JB, Madison y Peter. Solo ellos cuatro.

Detengo el auto y bajo la ventanilla.

—Hola, Damian —le sonrío.

Él levanta la vista y me devuelve la sonrisa, leve pero sincera.

—Hola, Violet. Hola, Patrick.

Saludo con la mano a los demás. Madison me observa con neutralidad. Peter apenas asiente. JB ladea la cabeza, evaluándonos.

Subo la ventanilla y estaciono más adelante.

—Por lo menos Damian sigue siendo amistoso con nosotros —murmura Patrick.

—Porque no es un idiota —respondo.

Bajamos del auto y caminamos hacia ellos. El muelle cruje bajo nuestros pasos. Uno de los botes está medio hundido, atascado contra los pilares.

JB rompe el silencio.

—¿Se perdieron?

—No —respondo tranquila—. Solo queríamos ver cómo estaban.

—Sobreviviendo —dice Madison.

Peter señala el bote.

—Ese no tanto.

Miro la madera astillada, el agua acumulada en el interior.

—¿Necesitan ayuda?

JB suelta una risa corta.

—¿Tú?

—Sí, yo.

Damian me sostiene la mirada unos segundos. Hay algo distinto hoy. Menos desafío. Más cansancio.

—Podríamos usar otra cuerda —dice finalmente.

Patrick me mira sorprendido, pero no dice nada.

Nos acercamos al borde. Peter lanza una cuerda hacia el bote mientras JB intenta estabilizarlo.

Damian me pasa el extremo.

—Cuando diga ya, tiras con fuerza.

Asiento.

El agua está fría cuando salpica mis piernas. Mis manos se tensan alrededor de la cuerda.

—¡Ahora!

Tiramos al mismo tiempo. El bote cruje, se mueve apenas.

—Otra vez.

Volvemos a tirar. Siento cómo la cuerda quema mi piel.

Después de varios intentos, el bote se desplaza lo suficiente para dejar de chocar contra el pilar.

Peter respira aliviado.

—Eso sirve por ahora.

JB me mira con una media sonrisa.

—No pensé que aguantarías.

—Tú no piensas muchas cosas —le respondo.

Patrick suelta una carcajada.

Damian se acerca un poco más.

—Gracias.

—No fue nada.

—Para nosotros sí.

Madison me extiende una toalla vieja. La acepto y seco mis manos.

Nos quedamos allí, en un silencio menos incómodo que antes. No es amistad. Tampoco hostilidad abierta. Es algo intermedio.

El sol comienza a salir entre las nubes, iluminando el agua todavía agitada.

Patrick me pasa una cerveza.

—Creo que la mereces.

Abro la lata y miro el horizonte.

Damian se coloca a mi lado, apoyado en la barandilla.

—No todos los días cruzas para ayudar.

—No todos los días un huracán nos deja sin excusas.

Él sonríe apenas.

Y por un momento, con el muelle todavía herido y la isla intentando recomponerse, siento que quizá la distancia entre nuestros mundos no es tan grande como siempre creí.

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