Capítulo 12

"Bueno, papá. Me voy."

Arranqué a manejar.

Tras tres horas de ruta, llegué al lugar.

Apenas entré, vi a mamá sentada en el banco del jardín, con un tecito en la mano.

Le dije: "Hola, mamá".

Ella me miró sin mostrar emoción. Dijo: "Buen día, Risa. Viniste a ver a tu padrastro. Hoy llegó su sobrino".

Dejó la taza sobre la mesa, me tomó de la mano y entramos a la casa.

Mamá dijo: "Cariño, mirá quién vino".

El tío me vio y soltó una sonrisa: "¡Qué alegría verte, Risa! ¿Cómo estás?"

"Hola, tío. Estoy bien, y usted, ¿cómo anda de salud?"

"Sí, estoy bastante mejor últimamente. Creo que es la primera vez que ves a mi sobrino. Vení, saludalo."

Cuando lo miré sentado en el sofá, la sangre me hirvió. Era ese tipo que no aguanto. Lo saludé fingiendo: "Hola, hermano mayor".

Tras oír mi voz, se quitó uno de los auriculares y levantó la vista de su celular.

"Ahhhhhh... ¿qué… qué hacés vos acá?", dijo con cara de no entender nada.

El tío preguntó: "¿Ya se conocen?"

"Sí, tío, es mi compañero de clase", contesté.

"Ah, entonces no necesitan presentación."

Los cuatro acabamos charlando un buen rato. Mamá revivía historias de mi infancia y ese bobo se reía de todo.

Mi objetivo número uno ahora era internarlo en un buen centro psiquiátrico.

Durante el almuerzo, Carlos se sentó frente mío. No paraba de alternar la mirada entre mi cara, su celular y el plato. Una y otra vez. Ni tocó la comida. Mamá lo notó y le preguntó qué le pasaba.

"Nada, tía", respondió.

Después del almuerzo, salí a caminar por el jardín. De repente, me entró una llamada de mi asistente, el Sr. Edmin. Mientras dudaba si atender o no, sentí que alguien me ponía algo encima de los hombros. Colgué de inmediato y giré la cabeza. Era Carlos.

Le solté: "¿Qué querés ahora?"

Ni bien parecía abrir la boca, lo frené: "Disculpá por interrumpir tu paseo. Chau." Me di media vuelta y caminé hacia la casa. Le avisé a mamá que estaría en mi cuarto, que me llamara si necesitaba algo.

Ya en la habitación, cerré con traba la puerta y llamé al Sr. Edmin. Cuando contestó, exploté: "¡Sabés mi agenda! ¿Qué parte no entendés de NO llamar ahora?"

"Perdón, señorita…"

"¿Qué pasó ahora?"

"Verá… perdimos... el... módulo del proyecto para la reunión del sábado", dijo con voz temblorosa.

"¿CÓMO QUE LO PERDIMOS?" grité. "¡Siete meses matándonos por ese proyecto!"

"Señorita…"

"Decime, ¿cuál módulo fue?"

"El segundo… señora…"

Sentí un bajón tremendo. Justamente ese módulo era el mejor de los cinco. Y no, no tenía copia como los otros. Le dije: "Ese era nuestro as bajo la manga. Bueno, hacelo como te voy a decir."

Entonces le expliqué todo el nuevo plan y finalicé con: "Avisales a todos que el primer módulo va a ser el definitivo para la próxima reunión."

"Entendido, señora. Puede estar tranquila, no la voy a hacer quedar mal."

Corté y salí del cuarto.

Apenas abrí la puerta, me topé con Carlos parado justo ahí…

Ni idea de cuánto escuchó. Tampoco le pregunté.

Bajé y les dije a mamá y al tío: "Me voy, mamá, tío."

El tío me pidió: "Risa, quédate por lo menos una noche". Mamá también quería que me quede.

Pero les dije: "Ni en broma, tengo clases mañana, no puedo".

Ambos, con resignación: "Está bien, pero manejá con cuidado."

"Sí, adiós a todos."

Me fui manejando rumbo a la playa.

Una hora después, llegué. Caminé hasta la orilla, me senté en la arena y me puse a contemplar el paisaje. De chica me volvía loca el sonido del mar, la brisa, la inmensidad del cielo. Pero desde cierto día, esa orilla se convirtió en mi lugar más doloroso.

Y aún así, me da tranquilidad.

Mire hacia arriba. En silencio, una lágrima cayó por mi mejilla. Ni me di cuenta cuánto tiempo había pasado. Ya el cielo empezaba a oscurecer.

Así que volví al coche y manejé de regreso. Cenando en el camino, terminé llegando a casa a las diez de la noche.

Le mandé un mensaje a mamá para avisarle que ya estaba en casa y me fui directo a mi cuarto, sin mirar a nadie.

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