Capítulo 8 Punto de no Retorno

SARA FERRER

‎​Otra noche más sin dormir, y con esta van cinco. Desde mi cumpleaños no veo a Lucas y, honestamente, lo prefiero así. No me sentiría cómoda bajo su mirada de lástima.

‎​Bajo a desayunar y, para mi mala suerte, el primero que veo sentado a la enorme mesa es a él. Tomo mi lugar de siempre junto a Katia ignorandolo.

‎​—Buenos días —saludo a todos de forma general.

‎​—Buenos días, cariño. ¿Cómo dormiste? —me pregunta mi madre.

‎​—Como un bebé —miento sin parpadear.

‎ No voy a darle el gusto de verme mal. Ayer me juré que no volvería a derramar una lágrima por él; ni siquiera Katia sabe lo que pasó en el jardín.

‎​—Qué bueno, hija —interviene mi padre—. Bien, ya es hora de que nos digas qué decidiste. ¿Te quedas o te vas?

‎​Llevo dándole vueltas al asunto desde la fiesta.

‎ Esto es lo que necesito.

‎​—Me voy, papá.

‎​Todos dejan sus cubiertos y me observan como si me hubieran salido dos cabezas. Mi prima y mi madre por poco se atragantan.

‎​—¿Qué has dicho? —pregunta Héctor, incrédulo.

‎​—Que me voy al campamento —repito con firmeza.

‎​—¿Estás segura de lo que dices? —pregunta mi madre. Siento el peso de la mirada de Lucas sobre mí, pero no voy a caer en su provocación.

‎​—Estoy segura. Es una decisión tomada —miro a mi padre, que me observa con un orgullo mal disimulado—. Cuando quieras, arregla todo para mi partida.

‎​—Mañana mismo estará listo, Sara —responde él con una sonrisa. Héctor también ríe, entusiasmado.

‎Después del desayuno, salgo hacia la piscina. Noto de inmediato que Lucas viene detrás de mí y cierro los ojos ante lo que se avecina.

‎​—Ves cómo sí eres una niña inmadura —suelta en cuanto me alcanza.

‎​—¿Ahora qué hice? —me cruzo de brazos, enfrentándolo.

‎​—Si lo haces para llamar mi atención...

‎​—Deja de creerte el centro del universo. Tú no tienes nada que ver con mi decisión —y no miento del todo. Lo hago por mí. Si sigo aquí, voy a asfixiarme; necesito poner kilómetros de distancia.

‎​—¿Entonces por qué lo haces?

‎​—No te importa. Solo enfócate en que esta "lapa" se va por cuatro años.

‎​—No vas a durar allí ni cuatro horas —sentencia con esa arrogancia que ya no me impresiona.

‎No hay entrenamiento lo suficientemente duro que me haga regresar antes de haberlo olvidado.

‎​—Piensa lo que quieras. Mientras tanto, me voy a empacar.

‎​—¿No te despides?

‎​—¿Para qué, si según tú estaré de vuelta en cuatro horas?

‎​Entro en la casa. Sé que me espera una bronca monumental con mi prima. Siempre nos lo contamos todo, pero esta vez necesitaba silencio. Si se lo decía antes, me habría hecho dudar, y es lo que menos necesito. Ya no hay marcha atrás.

‎​—¿Qué coño te pasa? ¿Estás loca? —Katia entra en mi habitación gritando.

‎​—No me vas a hacer cambiar de opinión —le advierto antes de que empiece.

‎​—¿Por qué no me lo dijiste? Es por él, ¿verdad?

‎​—Es por mí, joder. Necesito irme. ¿No lo puedes entender?

‎​—¿Cuántas veces te dije que te iba a hacer daño? ¿Qué te hizo para que decidieras ir a ese puto matadero?

‎​—¿Crees que no lo resistiré? ¿Tan poca confianza me tienes?

‎​—Al contrario. Sé que puedes lograr lo que te propongas, y ese es mi miedo: que en el proceso de olvidarlo, te olvides de ti misma.

‎​—Voy a ir al campamento y no voy a volver hasta que sea otra. Hasta que me quiera más a mí que al resto —le digo con toda la seriedad del mundo.

‎​Katia suspira y sus ojos se suavizan.

‎—Sabes que te apoyo, pero te voy a extrañar mucho.

‎​—Lo sé —la abrazo. A mí también me va a hacer falta.

‎​—Te quiero, Sara.

‎—Y yo a ti.

‎​—Chicas —mi madre entra en la habitación—. Aquí están. Sara, ¿estás segura, cariño?

‎​—Sí, mamá.

‎​—Sabes que si te arrepientes, puedes volver cuando quieras. Nadie te juzgará.

‎​—Lo sé.

‎​—Te ayudo a empacar —dice ella—. Llamaré a Emilia para que prepare algo de comer; el día va a ser largo y hay mucho que organizar.

‎​—¿Tan pronto? —pregunta Katia.

‎​—Sí. Tu tío ya está preparando el traslado. Dice que cuanto antes, mejor —me mira con los ojos llorosos—. No puedo creer que tomaras esta decisión. Nunca se me pasó por la cabeza, pero aunque me duela no verte, es tu vida y la respeto.

‎​—Mamá, tranquila. No me va a pasar nada.

‎​—Cariño, no tienes idea de lo que dices. Si ninguna mujer lo ha superado, por algo será.

‎​—Bueno, siempre hay una primera vez —respondo con desinterés.

‎​—Solo espero no perderte en el proceso —me toma el rostro con las manos. Unas manos que sé que extrañaré cada día.

‎​—Eso no va a suceder, mamá.

‎​—Eso no lo sabe nadie, pero te apoyo —me abraza con fuerza.

‎Sé que está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no suplicarme que me quede, y se lo agradezco en el alma.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo