Capítulo 1 Bienvenida al Infierno

El sol de Texas caía como plomo derretido sobre el Rancho Blackthorne. Valentina Navarro bajó del Jeep que había alquilado, con la camisa de algodón pegada a la piel por el sudor y el polvo rojo adherido a sus botas.

Diez años.

Diez malditos años desde que juró no volver nunca.

La puerta mosquitera se abrió con un chirrido. Y él salió.

Cole Harlan.

Más alto, más ancho y mucho más letal de lo que recordaba. La camisa vaquera se tensaba sobre su pecho y hombros. Sus ojos verdes se clavaron en ella como si quisiera atravesarla.

—Valentina —dijo con esa voz grave que aún le ponía la piel de gallina.

—Cole —respondió ella, levantando el mentón con desafío.

Ningún saludo falso. Solo dos personas que se odiaban por razones que ninguno de los dos terminaba de entender del todo.

Cole bajó los escalones del porche con lentitud. Su mirada recorrió el cuerpo de Valentina sin disimulo. Una gota de sudor traicionera se deslizó desde el cuello de ella, bajó por el centro de su escote y desapareció entre sus pechos. Cole siguió el recorrido con los ojos.

Valentina sintió que sus pezones se endurecían contra la tela húmeda de la camisa. Maldijo en silencio.

—Te quedarás en la casa vieja del capataz, la que ocupó una vez tu familia —dijo él sin rodeos—. Está limpia. No quiero verte en la casa principal a menos que sea estrictamente necesario.

Valentina soltó una risa baja y sarcástica.

—Directo al grano, como siempre. Ni siquiera un “bienvenida a casa”. Tan agradable como siempre.

—No tengo tiempo para falsas cortesías —respondió Cole, deteniéndose muy cerca de ella—. Tu hermano me traicionó de todas las formas posibles. No pienso dejar que su hermana termine el trabajo sucio ahora que ya no está él.

El golpe dolió, pero Valentina no retrocedió. Dio un paso adelante, invadiendo su espacio.

—Qué curioso. Yo tampoco pedí volver. Si no fuera por los derechos que me dejó Diego sobre la zona norte, ya estaría de vuelta en Albuquerque desenterrando piezas de cerámica.

Los ojos de Cole se oscurecieron. El aire entre ellos se volvió denso, eléctrico.

—Esa zona es mía —gruñó.

—Legalmente, no del todo —replicó ella con una sonrisa desafiante—. Mientras yo esté aquí, no vas a tocar ni una sola piedra sin mi aprobación. Te lo advierto. Yo no soy mi hermano.

Durante unos segundos solo se miraron. El calor del cuerpo de Cole llegaba hasta ella. Valentina podía olerlo: cuero, sudor, caballo y ese algo oscuro que siempre la había atraído irremediablemente a él.

Cole bajó la mirada un instante a sus pechos, donde los pezones se marcaban claramente, luego la subió lentamente hasta sus ojos.

—Quizá haya pasado mucho tiempo desde que estuviste aquí… pero recuerda que por las noches refresca en Texas. Deberías abrigarte —dijo con tono mordaz.

Valentina sintió que se sonrojaba, pero no se dejó intimidar. Sonrió con descaro.

—Difícilmente pueda cerca de tu helada presencia.

Por un segundo, algo peligroso cruzó la mirada de él. Un músculo saltó en su mandíbula. Valentina notó cómo la tela de sus jeans se tensaba visiblemente a la altura de su entrepierna. Cole apretó los puños.

—Ten cuidado de jugar con fuego —murmuró con voz ronca, casi un susurro—. Puedes quemarte.

—Posiblemente me queme, sí… pero con el hielo de tu gélido infierno, Cole. 

Él endureció más su mandíbula pero ya no respondió, en cambio se dio la vuelta y caminó hacia los establos sin mirar atrás, pero su paso era más rígido de lo normal.

Valentina se quedó allí, respirando agitada, con el pulso latiéndole entre las piernas y un calor líquido instalándose en su vientre.

“Maldito Cole Harlan.”

Diez años después, seguía odiándolo con toda su alma. Porque aunque él no lo supiera, su rechazo aquella noche había sido la chispa que encendió el infierno de su vida. Por su culpa terminó en esa maldita fiesta, que casi la había arruinado para siempre. 

Y sin embargo, su cuerpo —el muy traidor— aún reaccionaba a él como si nunca se hubiera ido de allí.

Valentina cerró los ojos un momento y respiró hondo. No había regresado por él. Había regresado por las ruinas, por su trabajo, por cumplir con la última voluntad de un hermano que fue dejarla a cargo de esa tierra que ella siempre había amado.

Pero mientras caminaba hacia la casa arrastrando su maleta, no pudo evitar pensar que Blackthorne iba a ser mucho más peligroso de lo que recordaba.

Y Cole Harlan… seguía siendo el mayor peligro de todos.

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