Capítulo 2 Sombras del pasado
Valentina abrió la puerta de la casa del capataz y el olor a madera vieja, polvo y recuerdos la golpeó como un puñetazo en el estómago.
Esta había sido su casa.
El lugar donde ella y Diego jugaban de niños, donde su madre les hacía chocolate caliente, donde todo se rompió cuando ella murió y Diego empezó a desaparecer por las noches para jugar póker. Recordó las peleas, los gritos de su padre, las puertas azotadas.
Sacudió la cabeza y empezó a sacar sus cosas. Estaba colocando los mapas sobre la mesa cuando escuchó pasos pesados en el porche.
Cole entró sin pedir permiso, cargando una caja con víveres, toallas limpias y algunas provisiones.
Valentina se había cambiado. Llevaba unos shorts de algodón que dejaban ver sus piernas largas y una camiseta holgada que se pegaba ligeramente a sus curvas por el calor. Su piel cremosa brillaba por el sudor y su cabello castaño ondulado caía suelto sobre sus hombros. Ya no era la niña flaca de dieciocho años. Era una mujer.
Cole se detuvo un segundo en la puerta, recorriéndola con la mirada.
—Traje lo que faltaba —dijo con voz ronca, dejando la caja sobre la mesa.
Valentina se cruzó de brazos, consciente de cómo la miraba.
—¿Vas a ir a las ruinas? —preguntó él, señalando los mapas mientras alzaba una de sus oscuras cejas.
—También es mi tierra, Cole. No eres quién para decirme qué hacer.
Él dio un paso más cerca. El aire entre ellos se cargó.
—Mientras estés en Blackthorne, sí soy quién para decirte qué hacer. Diego me pidió una vez que te cuidara y yo sí cumplo mis promesas.
Valentina soltó una risa baja, cargada de amargura y rabia.
—Vaya. Pero qué bien cumpliste tu promesa. Realmente hiciste un excelente trabajo cuidándome.
Cole apretó la mandíbula. Sus ojos bajaron un instante a la curva de sus pechos bajo la camiseta, luego subieron de nuevo.
—Haz lo que quieras —dijo con voz tensa—. Pero no vengas llorando después.
Valentina lo miró directamente a los ojos, con una sonrisa fría y desafiante.
—Sé perfectamente que no puedo volver llorando contigo, Cole. Ya aprendí esa lección hace diez años atrás.
Él frunció el ceño, sin entender del todo el peso de sus palabras. Abrió la boca para decir algo, pero se arrepintió. Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
Valentina se quedó inmóvil. El silencio de la casa cayó sobre ella como una losa.
Cerró los ojos y apoyó la frente contra la madera.
Las lágrimas llegaron de repente, calientes y silenciosas al principio. Luego el llanto se volvió más fuerte. Se deslizó hasta el suelo, abrazando sus rodillas, mientras los recuerdos la invadían.
La noche de graduación.
Cole rechazándola con esa mirada culpable, diciendo que no podía aceptar ser su primero pues ella era para él como una hermanita.
Ella caminando sola por la carretera oscura.
El auto deteniéndose. Lydia con esa sonrisa falsamente dulce “Sube, Valentina. Te vamos a ayudar a olvidar…Luego el alcohol, y esa maldita fiesta.”
El ataque de pánico llegó con fuerza. Respiración entrecortada, pecho oprimido, manos temblando. Hacía más de cuatro años que no le pasaba algo así.
Fuera de la casa, Cole se había detenido a unos metros, oculto entre las sombras. Escuchó el llanto ahogado a través de la puerta. Frunció el ceño, dio un paso hacia la casa… y se detuvo.
No entendía nada.
No entendía por qué las palabras de Valentina le habían dolido tanto.
No entendía por qué, a pesar de todo, no podía dejar de imaginarla con esa camiseta pegada al cuerpo, con esa piel cremosa y esas piernas que ya no eran las de una niña.
No entendía por qué la verga se le había puesto dura como una vara solo con verla.
—Maldita sea… —murmuró, pasándose una mano por la cara.
Se dio la vuelta y se alejó hacia la casa principal, con un nudo en el pecho que no sabía cómo diablos deshacer.
Dentro, Valentina seguía en el suelo, respirando con dificultad, intentando recuperar el control.
—Maldito seas Cole Harlan… —susurró entre lágrimas—. Maldito seas.
Su cuerpo temblaba como una hoja mientras su posición ya era fetal en el suelo, como un bebé desprotegido, como se sintió una vez, dónde quiso casi morir de vergüenza y dolor, pero no ocurrió.
