Capítulo 3 Reglas rotas

Eran pasadas las veintidós cuando Cole entró en su habitación, todavía tenso por el encuentro de la tarde. Se quitó la ropa con movimientos bruscos y entró en la ducha. El agua caliente golpeó su piel.

Cerró los ojos y, sin poder evitarlo, apareció ella.

Valentina con esos shorts cortos. La camiseta pegada al cuerpo. La gota de sudor bajando entre sus pechos. Sus pezones marcados.

—Maldita sea… —gruñó.

Su mano bajó directamente a su verga, ya dura y pesada. La agarró con fuerza y empezó a masturbarse con movimientos largos y agresivos. Imaginó sus labios entreabiertos, sus piernas abiertas para él, su coño mojado recibiéndolo. Aceleró el ritmo, apretando más fuerte, imaginando cómo gemiría su nombre mientras la follaba contra la pared.

—Joder, Valentina… —jadeó, con la frente apoyada en los azulejos.

El orgasmo llegó fuerte. Se corrió con un gruñido bajo, chorros espesos golpeando la pared de la ducha. Se quedó allí un momento, respirando agitado, odiándose por lo que acababa de hacer.

Salió de la ducha, se envolvió una toalla en la cintura y salió del baño, todavía chorreando agua.

Y se quedó helado.

Valentina estaba parada en medio de su sala, con un short de dormir extremadamente corto y una camiseta fina que apenas le llegaba a la mitad del muslo. Tenía el cabello suelto y húmedo, como si también se hubiera duchado.

Ambos se miraron en silencio. El aire se volvió espeso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Cole con voz ronca.

Valentina tragó saliva, intentando no mirar su torso desnudo, los músculos marcados, el agua que todavía corría por su piel.

—Se fue la luz en la casa del capataz. Necesitaba linternas y velas. Llamé pero no contestaste.

Cole se acercó lentamente, todavía con la toalla baja en las caderas. Pasó tan cerca de ella que Valentina pudo sentir el calor de su cuerpo. Notó la cicatriz gruesa y reciente que cruzaba su espalda.

—¿Qué es eso? —preguntó en voz baja, y sin pensar levantó la mano y tocó la cicatriz con las yemas de los dedos.

Cole se tensó. Su verga reaccionó inmediatamente bajo la toalla, marcándose obscenamente.

—Una corneada de toro —respondió con voz ronca, casi un gruñido.

—¿Estás bien? —susurró ella, sin retirar la mano.

Cole giró la cabeza y la miró de reojo. Su verga estaba completamente dura, separando la toalla.

—Muy bien —dijo con tono peligroso—. Pero si sigues mirándome y tocándome así, voy a olvidar todas mis reglas… No cagar donde como. La promesa que le hice a tu hermano. Y lo mucho que detesto que estés aquí.

Valentina retiró la mano como si se hubiera quemado. Se dio la vuelta, avergonzada, con las mejillas rojas.

Cole respiró hondo, buscó las linternas y velas y las dejó sobre la mesa.

Ella se giró lentamente, con los ojos brillantes.

—Creí que me detestabas a mí… no solo mi presencia.

Cole la miró fijamente, con el agua todavía corriendo por su pecho.

—Jamás podría detestarte, Valentina. Te vi nacer. Te ayudé a dar tus primeros pasos. Te cargué en mi espalda cuando apenas me llegabas a las rodillas…

Valentina sonrió con ironía, aunque le dolió en el alma.

—Claro… por supuesto. Como olvidar lo mucho que me quieres como a una hermanita.

Agarró las linternas y velas con manos temblorosas y salió de la casa dando un portazo.

Cole se quedó solo en medio de la sala, con la toalla apenas sosteniéndose y la respiración agitada.

—Maldita sea… —murmuró.

En su mente, el recuerdo de aquella noche volvió con fuerza: Valentina con su vestido de graduación, mirándolo con ojos llenos de amor y diciendo “Quiero que seas mi primero, Cole”. Y él respondiendo que siempre la había visto como una hermana menor.

Nunca supo que esa noche había destruido algo mucho más grande que su orgullo.

Valentina por su parte llegó a la casa, y dio un portazo temblando. Cerró los ojos y se apoyó en ella, estaba muy agitada. Un recuerdo la invadió. Cole, deseó tanto perder su virginidad con él, cerró los ojos con fuerza tratando alejar de su mente otro recuerdo que se formó en su cabeza…Aún podía recordar esas manos masculinas recorriendo su cuerpo mientras ella decía “no, no por favor”, un temblor la invadió y se abrazó a sí misma con fuerza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas de manera incontrolable.

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