Capítulo 4 Líneas que no se deben cruzar
El sol del mediodía caía sin piedad sobre las ruinas indígenas de la zona norte del rancho. La luz blanca e implacable se reflejaba en las piedras calizas desgastadas por siglos de viento y lluvia, creando sombras cortas y duras que apenas ofrecían refugio. Valentina caminaba entre las estructuras antiguas con la mochila al hombro, el peso de los cuadernos de campo, la cámara y las herramientas de medición presionándole la espalda. Intentaba concentrarse en su trabajo: documentar los petroglifos antes de que el sol de la tarde los volviera ilegibles por el contraste. El silencio del lugar solía calmarla. El zumbido lejano de las cigarras, el crujido ocasional de alguna piedra que se desprendía, el olor a tierra caliente y hierba seca… todo eso la devolvía a sí misma. Pero hoy cada paso le recordaba por qué había vuelto a Blackthorne: no por Cole, sino por esto. Por las ruinas. Por su carrera. Por todo lo que había construido lejos de él, con sudor, becas y noches en vela en laboratorios y bibliotecas. Había vuelto porque el rancho guardaba una parte de la historia que nadie más parecía dispuesto a proteger, y porque ella se negaba a dejar que el pasado —el de la tierra y el suyo propio— se desmoronara por completo.
Escuchó el sonido de cascos acercándose. El ritmo era inconfundible: firme, controlado, el de alguien que conocía cada metro de aquel terreno. No necesitó girarse para saber quién era.
Cole bajó del caballo con un movimiento fluido, casi silencioso a pesar del peso de su cuerpo. El animal resopló y movió la cabeza, acostumbrado a las paradas abruptas de su jinete. Cole se acercó a paso firme, con el sombrero ligeramente inclinado para protegerse del sol. La sombra de la ala le cortaba el rostro a la mitad, acentuando la línea dura de la mandíbula y la barba de varios días que no se había molestado en afeitar.
—¿Qué haces aquí sola? —preguntó, con esa voz grave que siempre le erizaba la piel, como si las cuerdas vocales arrastraran años de polvo y órdenes no dichas.
—Trabajar —respondió Valentina sin mirarlo, arrodillándose para examinar una piedra con petroglifos. Pasó los dedos con cuidado sobre las líneas grabadas: espirales, figuras humanas estilizadas, un sol con rayos irregulares. El contacto con la piedra fría contrastaba con el calor que le subía por el cuello.
—Estas ruinas están lejos de la casa. Es peligroso venir sola.
Valentina se incorporó lentamente y lo enfrentó. El viento movía su cabello castaño ondulado, sacándolo del recogido improvisado y pegándolo a la nuca sudorosa. Llevaba una camisa de manga larga arremangada hasta los codos y pantalones de trabajo manchados de tierra. No estaba preparada para verse presenteable. No había venido a verse presenteable.
—También es mi tierra, Cole. No eres quién para decirme dónde puedo o no ir. Ya te lo dije.
Cole apretó la mandíbula. El sol resaltaba la dureza de su rostro, la barba de varios días y esos ojos verdes que parecían atravesarla, como si pudieran leer cada pensamiento que ella intentaba ocultar. Había algo en su postura —los hombros tensos, las manos medio cerradas a los costados— que delataba más que simple preocupación.
—Después de lo que te dije… pensé que ibas a tener más cuidado.
Valentina soltó una risa amarga, cargada de años de dolor acumulado. El sonido se perdió entre las piedras, seco y sin eco.
—¿Después de lo que me dijiste? —repitió con ironía, sintiendo cómo la rabia le subía desde el estómago hasta la garganta—. Claro… porque debo obedecerte sin chistar ¿no?
Cole frunció el ceño, visiblemente confundido. Dio un paso más cerca, pero se detuvo a una distancia que aún no era invasiva.
—Valentina…
Ella dio un paso atrás, con los ojos brillando de rabia contenida. No iba a dejar que esa voz, esa presencia, la desarmara otra vez. Había pasado demasiado tiempo reconstruyéndose lejos de él como para caer en la misma trampa de siempre.
—Da igual. No importa. Contigo nunca se puede hablar. Siempre es lo mismo contigo.
Se dio la vuelta y empezó a subir por las rocas para alejarse. El terreno era irregular y traicionero: piedras sueltas, grietas estrechas, restos de muros que se desmoronaban bajo el peso de los siglos. El sol le golpeaba la espalda. Intentaba no pensar en la forma en que la voz de Cole todavía le resonaba en los oídos. Al intentar pasar una piedra grande, su bota resbaló. El pie derecho buscó apoyo y no lo encontró. El cuerpo se inclinó hacia atrás con una velocidad que le robó el aliento.
Cole reaccionó rápido. La agarró por la cintura con ambas manos, pegándola contra su cuerpo para estabilizarla. El impacto fue seco, inevitable. Sus pechos quedaron apretados contra el torso firme de él, y el olor a cuero, sudor limpio y caballo la envolvió de golpe. La mano grande de Cole se quedó en la parte baja de su espalda, sujetándola con fuerza, los dedos extendidos sobre la tela de la camisa. El otro brazo la rodeaba por debajo de las costillas, como si temiera que pudiera volver a caer.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
Valentina podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, su respiración agitada contra su cabello y —muy claramente— la dureza de su erección presionando contra su vientre a través de los jeans. El contraste entre la piedra caliente bajo sus pies y el cuerpo sólido de Cole la dejó sin palabras. Su propio corazón latía con una fuerza que le dolía en las sienes. Podía oír el silencio denso que se había instalado entre ellos, roto solo por la respiración irregular de ambos.
Cole bajó la mirada hacia sus labios entreabiertos, luego subió hasta sus ojos. Su mano apretó ligeramente su cintura, como si estuviera luchando contra el impulso de acercarla más. Los dedos se hundieron un poco más en la tela, y Valentina sintió el temblor controlado que recorría el brazo de él.
—Joder… —susurró con voz ronca, casi un gruñido. La palabra salió baja, como si le costara dejarla escapar.
Valentina sintió un calor líquido y traicionero instalarse entre sus piernas. Su corazón latía con fuerza. Por un instante pensó —y deseó— que él la besara. Que cerrara la distancia que siempre había existido entre ellos, esa distancia hecha de orgullo, de silencios y de decisiones tomadas demasiado tarde. Sus manos, sin que ella se lo ordenara del todo, se habían apoyado en el pecho de Cole, sintiendo el latido firme bajo la camisa de trabajo.
Pero Cole cerró los ojos con fuerza, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano, y la soltó lentamente. Dio un paso atrás, con la respiración pesada. El aire caliente del mediodía volvió a ocupar el espacio entre ellos, pero ya no era el mismo. Algo había quedado expuesto, crudo, imposible de ignorar.
—Ten más cuidado la próxima vez —dijo con voz tensa, casi cortante. No la miró a los ojos. Ajustó el sombrero con un gesto brusco y dio media vuelta hacia el caballo, como si necesitara ocupar las manos en algo, cualquier cosa.
Valentina se quedó mirándolo un segundo más, con las mejillas encendidas y el cuerpo todavía vibrando por el contacto. El lugar donde las manos de Cole habían estado ardía de una forma distinta al sol. Luego se dio la vuelta sin decir nada y siguió subiendo por las rocas, dejando a Cole solo entre las ruinas. Cada paso le costaba un esfuerzo consciente para no mirar atrás.
Él se quedó allí, con los puños apretados y la mandíbula tensa. Su verga seguía dura, incómoda dentro de los jeans. Se pasó una mano por la cara, frustrado, sintiendo el sudor frío en la nuca a pesar del calor. Miró las piedras antiguas, los petroglifos que ella había estado estudiando, el rastro de polvo que dejaban las botas de Valentina al alejarse.
No entendía nada.
O quizás entendía demasiado, y eso era peor.
