Capítulo 5 Momentos que duelen
La noche había caído sobre Blackthorne con un cielo estrellado y un silencio que invitaba a los recuerdos. El aire fresco del campo olía a tierra húmeda y a hierba cortada; lejos, el río murmuraba con su cadencia constante. Valentina no conseguía dormir. Después del encuentro en las ruinas, su cuerpo y su mente seguían alterados: el calor de las manos de Cole en su cintura, la dureza de su erección contra su vientre, el gruñido ronco que le había escapado… todo volvía una y otra vez. Se puso un short de algodón y una camiseta ligera, se deslizó los pies en unas zapatillas y salió a caminar por los senderos del rancho, buscando que el frío de la noche le ordenara un poco la cabeza.
No había avanzado mucho cuando escuchó pasos detrás de ella. Se giró y vio a Cole acercándose con las manos en los bolsillos, el sombrero olvidado en alguna parte, el cabello revuelto por el viento. La luz de la luna le dibujaba los hombros anchos y la tensión en la mandíbula.
—No puedes dormir —dijo él, deteniéndose a unos metros.
—Tú tampoco, por lo que veo —respondió Valentina, cruzándose de brazos para no delatar el temblor que aún le recorría la piel.
Caminaron juntos en silencio durante un rato, hasta llegar a un pequeño mirador junto al río. La luna se reflejaba en el agua, creando un ambiente casi irreal, plateado y quieto. El canto lejano de algún grillo era el único sonido que se atrevía a romper la calma.
Cole se detuvo y la miró fijamente. Sus ojos verdes, oscurecidos por la noche, parecían buscar algo en los de ella.
—Valentina… Yo… Tú… Siempre fuiste importante para mí…. Realmente no entiendo en qué momento se rompió todo entre nosotros.
Valentina se tensó. Las palabras le quemaron en la garganta, removiendo capas de resentimiento que había creído enterradas.
—Tú no estuviste cuando más te necesité —dijo con voz baja, pero cargada de dolor.
Cole frunció el ceño.
—¿Por qué repites eso, de qué estás hablando?
Ella soltó una risa triste y amarga, sacudiendo la cabeza.
—Da igual. No importa. Ya pasó mucho tiempo.
Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a caer por sus mejillas. Intentó secárselas con el dorso de la mano, pero no pudo parar. El pecho le dolía con una intensidad absurda.
Cole maldijo por lo bajo y, sin pensarlo, la atrajo hacia él. La abrazó con fuerza, envolviéndola con sus brazos grandes y cálidos. Valentina se tensó al principio, el cuerpo rígido por el instinto de protegerse, pero luego se dejó caer contra su pecho, llorando en silencio. El olor a jabón y a él la envolvió, familiar y peligroso a la vez.
El abrazo se volvió más íntimo. Cole le acariciaba la espalda con una mano mientras con la otra le sostenía la nuca, los dedos enredados en su cabello. Sus cuerpos encajaban perfectamente, como si el tiempo no hubiera pasado. Valentina sentía el latido firme de su corazón contra el suyo y, más abajo, la tensión inconfundible de su deseo.
Valentina levantó la cara. Sus labios estaban muy cerca. Cole inclinó la cabeza y la besó.
Fue un beso profundo, desesperado, lleno de años de deseo reprimido. Valentina respondió con la misma intensidad, agarrándolo de la camisa, aferrada a la tela como si pudiera anclarse a él. Sus lenguas se encontraron y el beso se volvió más urgente, más hambriento. El sabor de él, el calor de su boca, el leve gemido que le escapó a Cole… todo la arrastró a un lugar donde el dolor y el pasado no existían.
Pero de repente, Cole se separó con un jadeo, respirando agitado. Dio un paso atrás, como si necesitara distancia física para recuperar el control.
—Tengo que volver —dijo con voz ronca—. Es tarde. Debería acostarme temprano.
Valentina se quedó mirándolo, con los labios hinchados y el corazón latiéndole con fuerza. El frío de la noche volvió a morderle la piel donde antes había estado el calor de él.
—Yo también —murmuró.
Se separaron sin decir nada más. Cada uno tomó su camino por sendas distintas, dejando el mirador vacío bajo la luna.
Valentina trató de dormir, pero un sueño la invadió, una pesadilla. Eran sólo fragmentos: el aventón, la fiesta a la que realmente no quiso ir, el alcohol y luego… luego solo flashes del horror, las manos masculinas recorriendo sin pedir permiso pese a su negativa, y luego… Se despertó sobresaltada, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Ya luego casi no pudo dormir. Se metió en la ducha y se frotó con fuerza, tratando de limpiarse la piel, el recuerdo, la sensación de vulnerablilidad. Con bronca, porque estar allí reflotaba todos esos recuerdos y la cercanía con Cole parecía estar empeorándolo todo aún más.
Al día siguiente Valentina se despertó con unas ojeras que le llegaban hasta el piso y una sensación mezcla de vergüenza y rabia que no se podía quitar de encima. El beso de la noche anterior le ardía todavía en los labios, pero también le pesaba como una traición a sí misma.
Después de desayunar algo ligero —apenas un café y un trozo de pan que no terminó—, decidió ir a la casa principal con la excusa de preguntarle a Cole sobre los horarios de los trabajadores. Necesitaba verlo, o quizás necesitaba confirmar que lo de anoche había sido un error compartido.
Mientras se acercaba, vio un auto elegante estacionado frente a la casa. Lydia Kane bajó de él, vestida con jeans ajustados y una blusa elegante que resaltaba su figura. Se acercó a Cole con una sonrisa amplia y lo abrazó con familiaridad, manteniendo el abrazo un segundo más de lo necesario. Cole le devolvió el abrazo, una mano en su cintura, la otra en su espalda.
Valentina se quedó helada detrás de un árbol, observando la escena desde lejos. El dolor le atravesó el pecho como una cuchilla. Los celos llegaron fuertes, inesperados y brutales, mezclados con una oleada de vergüenza por haber creído, aunque fuera por un instante, que el beso de anoche significaba algo.
Vio cómo Lydia le decía algo al oído y Cole sonreía levemente, esa media sonrisa que Valentina conocía tan bien.
Valentina apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. El sabor del beso ahora le sabía a hierro y a estupidez.
Se dio la vuelta y regresó a la casa del capataz con el corazón hecho pedazos. El beso de la noche anterior ahora le sabía a traición.
