Capítulo 6 Celos que queman

Valentina regresó a la casa del capataz con el pecho ardiendo. La imagen de Lydia abrazando a Cole no se le iba de la cabeza: la sonrisa fácil, la mano en su espalda, la forma en que él no se apartaba. Se sentía ridícula, furiosa consigo misma. ¿Cómo había permitido que un beso bajo la luna la hiciera creer, aunque fuera por un segundo, que algo había cambiado? Se quitó las botas de un tirón y las dejó junto a la puerta. El silencio de la casa pequeña le resultó opresivo.

Intentó concentrarse en sus mapas. Extendió los planos sobre la mesa de madera, alineó las fotografías de los petroglifos, buscó las anotaciones del día anterior. Pero las líneas se le borraban. Solo veía a Lydia sonriéndole, tocándolo con esa confianza que ella nunca había tenido. Esa seguridad de quien se sabe deseada, de quien no carga con el peso de años de silencio y reproches. Apretó el lápiz hasta que la punta se rompió. Suspiró, se pasó una mano por la cara y sintió las ojeras todavía hinchadas bajo los dedos.

Un golpe firme en la puerta la sobresaltó.

Abrió y se encontró con Cole, que tenía una expresión tensa. El sol de la tarde le iluminaba la barba de varios días y los ojos verdes, más oscuros de lo habitual. Llevaba la misma camisa de la mañana, arremangada hasta los codos, y olía a polvo de caballo y a café.

—¿Qué quieres? —preguntó Valentina, sin invitarlo a pasar. Se interpuso en el umbral, bloqueando el acceso con el cuerpo.

—Vi que estabas camino a la casa principal hace un rato. ¿Necesitabas algo?

Ella soltó una risa seca y se cruzó de brazos.

—Nada que te importe.

Cole no esperó invitación. Entró de todos modos, cerrando la puerta detrás de él con un clic suave pero definitivo. El espacio pequeño de la sala se sintió aún más reducido con su presencia. Valentina retrocedió un paso, pero mantuvo la barbilla alta. El aire entre ellos parecía más denso, cargado del mismo voltaje que la noche anterior junto al río.

Cole la miró fijamente, con las manos metidas en los bolsillos de los jeans. Parecía estar midiendo cada uno de sus gestos.

—Valentina… ¿qué pasa?

Ella respiró hondo, intentando controlar la rabia que le trepaba por el pecho. No iba a llorar. No delante de él. No otra vez.

—No entiendo cómo puedes seguir cerca de Lydia después de lo que te hizo. Se acostó con mi hermano y tu mejor amigo, Cole. Con Diego. ¿Por qué el resentimiento es solo con él, y hasta por extensión conmigo, pero no con ella?

Cole se pasó una mano por la cara, visiblemente incómodo. Bajó la mirada un segundo antes de responder. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja, más áspera.

—Lydia estaba mal en esa época. Su padre acababa de morir, necesitaba dinero… Diego le ofreció ayuda y terminaron teniendo algo. Puedo entender un momento de debilidad. Pero Diego… él era como mi hermano. Crecimos juntos. Me traicionó sabiendo todo lo que significaba para mí. Eso no se lo puedo perdonar.

Valentina lo miró con incredulidad, negando con la cabeza. Dio un paso hacia él, incapaz de contenerse.

—Es ridículo lo que dices. Lydia era tu novia. Era ella quien te debía lealtad, no Diego. Ella eligió acostarse con él. Ella te mintió. ¿Y tú la defiendes? ¿Mientras a mí me miras como si yo fuera la extensión de la traición de mi hermano?

Cole dio un paso hacia adelante. Su voz bajó, pero se volvió más intensa, casi un gruñido contenido.

—No es tan simple. Yo esperaba que Diego, que era mi hermano aunque no compartiéramos sangre, respetara eso. Él sabía todo lo que había pasado entre Lydia y yo. Él me clavó un cuchillo por la espalda. Jamás lo perdonaré por eso. Y tú… tú siempre estuviste del lado de él. Siempre.

La discusión subió de tono. Estaban cada vez más cerca. Valentina sentía el calor que emanaba del cuerpo de Cole, el leve olor a sol y a trabajo que siempre lo acompañaba. Los ojos de Cole bajaron un instante a los labios de Valentina. Ella también lo miró, con la respiración agitada. El recuerdo del beso de la noche anterior se interpuso entre ellos como una chispa peligrosa. El aire estaba cargado. Cole levantó la mano y le rozó la mejilla con el pulgar, lento, casi reverente. Valentina cerró los ojos un segundo, inclinándose hacia el contacto a pesar de todo. Su piel ardía bajo el roce áspero de su yema.

Estaban a punto de besarse. Sus labios casi se tocaban. El aliento de Cole le rozó la boca. Valentina sintió cómo se le aflojaban las rodillas, cómo el rencor y el deseo se enredaban en su estómago hasta volverse indistinguibles.

El teléfono de Cole sonó, rompiendo el momento con una crueldad casi cómica.

Él miró la pantalla. Era Lydia. El nombre brilló entre ellos como una acusación.

Contestó sin apartar los ojos de Valentina.

—¿Sí?

Valentina escuchó la voz alegre y confiada de Lydia del otro lado. Clara, segura, dueña de su lugar en el mundo de Cole. Vio cómo él respondía con tono más suave, cómo su postura se relajaba apenas un milímetro. Cómo esa voz tenía el poder de cambiarle la expresión en segundos.

La rabia y el dolor volvieron con fuerza, mezclados con una oleada de vergüenza que le subió hasta las orejas. Se dio la vuelta y salió de la casa sin decir nada, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo temblar el marco. No miró atrás. No quería ver si Cole la seguía o si se quedaba hablando con Lydia como si nada hubiera pasado.

Cole se quedó solo en la sala de Valentina, con el teléfono en la mano y el pecho oprimido. Lydia seguía hablando —algo sobre una cena, sobre horarios, sobre lo bien que se había sentido al verlo—, pero él ya no la escuchaba. El olor a Valentina todavía flotaba en el aire: jabón sencillo, tierra, el perfume sutil que usaba desde siempre. Miró la mesa desordenada con los mapas, el lápiz roto, la silla todavía caliente donde ella había estado sentada minutos antes.

Cortó la llamada sin despedirse y se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos con fuerza.

—Maldición… —murmuró.

Valentina, por su parte, caminaba sin rumbo fijo por el sendero que bordeaba los corrales. Las lágrimas de rabia le quemaban los ojos, pero se negaba a dejarlas caer del todo. El viento de la tarde le pegaba el cabello a la cara. Cada paso le recordaba lo cerca que había estado de ceder otra vez, de entregarse al mismo hombre que parecía incapaz de soltar el pasado… o a la mujer que formaba parte de él.

—Idiota… —susurró, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas—. Sigues siendo la misma idiota de siempre.

Y sin embargo, bajo la rabia, bajo la humillación, el recuerdo del pulgar de Cole rozándole la mejilla seguía ardiendo como una marca que no sabía si quería borrar.

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