Capítulo 1 Capítulo 1: El precio de la verdad

POV: Valeria Restrepo

El indicador LED del ascensor ejecutivo marcaba el piso cuarenta y dos. Mis dedos apretaban la carpeta de cuero con tanta fuerza que las articulaciones se me habían puesto blancas. Mil quinientas páginas de auditoría interna. Mil quinientas páginas que demostraban que Rossi Enterprises no solo fabricaba piezas de ensamblaje industrial, sino que lavaba más dinero del que el gobierno podía imprimir en un año.

El timbre sonó. Las puertas de cristal ahumado se abrieron con un siseo perfecto.

—Señorita Restrepo —dijo Marcos, el jefe de seguridad, parado justo al lado del escritorio de la recepción vacía. Su traje a medida no lograba ocultar la funda del arma bajo la axila—. El señor Rossi la espera. Sin teléfono, por favor.

—Es solo mi herramienta de trabajo, Marcos —respondí, intentando que mi voz no temblara.

—Ya no —dijo él, extendiendo una bandeja de metal.

Dejé el teléfono. Crucé la doble puerta de caoba y entré al despacho. Las paredes de cristal mostraban la ciudad iluminada bajo la noche, pero la atención se la llevaba el hombre sentado detrás del escritorio de nogal. Gabriel Rossi no parecía un CEO de treinta y dos años; parecía un depredador en reposo. Tenía la corbata a medio desabrochar y los arremangados puños de la camisa blanca revelaban tatuajes oscuros que se perdían bajo la tela.

—Llegas tres minutos tarde, Valeria —dijo sin levantar la vista del documento que firmaba.

—Había tráfico en la avenida. Además, revisar el balance del último trimestre me tomó más tiempo del previsto.

Gabriel dejó la pluma sobre la mesa. Se levantó despacio. Tenía una postura imponente que llenaba el espacio con una presión casi física. Camina hacia mí con pasos calculados, hasta detenerse a menos de medio metro. El aroma a madera, tabaco caro y su perfume costoso me envolvió al instante.

—Supongo que encontraste lo que buscabas —murmuró, inclinándose apenas hacia mí.

—Encontré una discrepancia de cuarenta millones de dólares en la cuenta de la filial de logística —dije, sosteniéndole la mirada—. Y encontré tres empresas fantasma registradas a nombre de un fideicomiso en Panamá. Esto no es un error contable, Gabriel. Es lavado de activos. Y si la fiscalía revisa esto mañana, yo iré a la cárcel por firmar el balance general.

Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios.

—Nadie va a ir a la cárcel, Valeria. Y menos tú.

—No voy a ser tu cómplice. Mañana a primera hora presento mi renuncia y entrego un informe corregido a la junta directiva.

—No habrá ningún informe corregido —dijo, dando un paso más. Mi espalda chocó contra la puerta cerrada. Gabriel apoyó una mano en la madera, justo al lado de mi cabeza, acorralándome con su volumen—. No vas a renunciar. De hecho, a partir de hoy, vas a trabajar exclusivamente para mi oficina personal.

—¿Crees que puedes obligarme? —reclamé, sintiendo cómo el pulso se me disparaba en la garganta, traicionada por la cercanía de su cuerpo—. No soy una de tus empleadas sumisas, ni una de las mujeres que pasan por tu cama. Si me tocas o me amenazas, saldré de aquí directo a la policía.

Gabriel soltó una carcajada baja, un sonido oscuro que me erizó la piel.

—La policía no puede ayudarte, mi amor. La mitad del distrito recibe su sueldo de esta oficina. Pero no te traje a esta hora para hablar de impuestos ni de leyes.

Sacó un sobre azul oscuro del bolsillo interior de su chaqueta y lo arrojó sobre la mesa de centro cercana.

—Ábrelo —ordenó.

Con las manos ligeramente temblorosas, caminé hacia la mesa y tomé el sobre. Dentro había una serie de fotografías impresas en papel fotográfico de alta calidad. En la primera salía mi hermana menor saliendo de la universidad. En la segunda, mi madre caminando hacia la parada del autobús. Y en la tercera, un pagaré firmado por mi padre hace cinco años por la cifra de quinientos mil dólares.

El aire se me escapó de los pulmones.

—¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo un nudo sofocante en el estómago.

—Tu padre no quebró por mala suerte, Valeria. Le debía dinero a la familia Vargas, nuestros rivales en el sector sur. La deuda caducó la semana pasada. Y los Vargas no cobran en efectivo cuando pueden cobrar en sangre.

—Mi padre murió hace dos años...

—Y la deuda la heredaste tú —interrumpió Gabriel, acercándose por detrás hasta que sentí su aliento en mi cuello. Su mano bajó despacio por mi brazo hasta tomar la carpeta con el informe que yo sostenía—. Esta tarde, los hombres de Vargas iban a buscar a tu hermana a la salida de clase. Iban a cobrar la primera cuota.

Un escalofrío me recorrió entera. La rabia y el terror se mezclaron en mi pecho.

—¿Qué les hiciste? —susurré, girándome de golpe para enfrentarlo.

—Los neutralicé —dijo con absoluta frialdad—. Compré la deuda de tu padre. Ahora me pertenece a mí. La vida de tu hermana, la seguridad de tu madre y el futuro de tu familia están en mis manos.

—Eres un monstruo —dije con la voz cortada, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de impotencia—. Me estás chantajeando.

—Te estoy salvando —corrigió, sujetando mi barbilla con la yema de sus dedos, obligándome a mirarlo directamente a los ojos. Su pulgar acarició mi labio inferior con una lentitud calculada, provocando una descarga eléctrica que odié sentir—. Pero nada en esta vida es gratis. Tú quieres proteger a tu familia y mantenerte limpia. Yo quiero tus talentos financieros para limpiar mis cuentas corporativas... y te quiero a ti.

—No voy a acostarme contigo para pagar una deuda.

—No te voy a obligar a entrar en mi cama, Valeria —dijo, acercando sus labios a centímetros de los míos, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración—. Te vas a entregar tú sola. Porque cada vez que me miras con ese odio, los dos sabemos que te estás quemando por dentro tanto como yo.

Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento. Marcos entró sin pedir permiso, con el rostro serio y la mano pegada a la cintura.

—Señor Rossi, tenemos un problema en el helipuerto. El señor Dante acaba de llegar con los representantes de la familia Vargas. Dicen que usted interceptó un cargamento que les pertenecía esta tarde.

Gabriel no se inmutó. No apartó la mirada de la mía ni por un segundo.

—Diles que suban —ordenó Gabriel serenamente—. Y prepara la sala de reuniones.

—¿Y la señorita Restrepo? —preguntó Marcos.

Gabriel sonrió, una sonrisa cargada de una posesividad absoluta que me heló la sangre.

—La señorita Restrepo se queda. A partir de esta noche, presencia todas mis reuniones. Firma el contrato de protección o mira cómo destruyo a los Vargas delante de ti, Valeria. Tú decides.

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