Capítulo 2 Capítulo 2: Entre tigres y serpientes
POV: Valeria Restrepo
El aire en la sala de reuniones ejecutiva era tan pesado que amenazaba con asfixiarme. No había aire acondicionado capaz de disipar la tensión que flotaba entre las paredes de cristal insonorizado. En el centro de la mesa, un portafolios de cuero negro permanecía abierto, mostrando fajos de billetes y documentos que no figuraban en ningún registro oficial.
A mi lado, Gabriel permanecía sentado en la cabecera, reclinado con una calma aterradora. Su mano derecha reposaba casualmente sobre la mía por debajo de la mesa. Intente soltarme, pero sus dedos se cerraron sobre los míos con un agarre firme, posesivo, avisándome en silencio que no me moviera.
Frente a nosotros, Dante Rossi —el primo de Gabriel— sonreía con una arrogancia que me revolvía el estómago. A su lado, un hombre mayor de cicatriz profunda en el cuello nos fijaba la mirada: Héctor Vargas, el líder de la familia rival.
—Esto es un insulto, Gabriel —escupió Vargas, golpeando la mesa con el puño—. Tu gente interceptó mi camión en el puerto esta tarde. Quinientos mil dólares en mercancía.
—Esa mercancía entró por mi territorio sin pagar el peaje correspondiente, Héctor —respondió Gabriel con voz baja y pausada, casi aburrida—. Considera ese cargamento como el cobro inicial por la audacia de tus hombres.
—¡Ese cargamento pagaba la deuda de esta mujer! —intervino Dante, señalándome con un dedo acusador—. ¿Desde cuándo la familia Rossi arriesga una guerra comercial y armada por defender a una simple auditora, Gabriel? Estás mezclando los negocios con tus caprichos personales.
Miré a Dante, sintiendo cómo la rabia sofocaba mi propio miedo.
—No soy el capricho de nadie —dije, elevando la voz más de lo que pretendía. Gabriel presionó levemente mi mano, advirtiéndome, pero no me detuve—. Y la deuda de mi padre prescribió legalmente. Lo que ustedes estaban haciendo con mi familia era un intento de extorsión.
Dante soltó una carcajada burlona y se inclinó hacia adelante.
—Mira cómo habla la mascotita nueva. ¿Le contaste ya, Gabriel? ¿Le dijiste a la señorita Restrepo por qué su padre terminó debiéndole dinero a la familia Vargas en primer lugar?
Un silencio helado cayó sobre la habitación. Sentí cómo la postura de Gabriel se tensaba instantáneamente a mi lado. Su presencia pasó de ser la de un hombre de negocios a la de un depredador a punto de atacar.
—Cierra la boca, Dante —ordenó Gabriel, con un tono que hizo que hasta los escoltas en la puerta se pusieran alerta.
—¿Por qué habría de cerrarla? —provocó Dante, disfrutando del momento—. Si vamos a ser transparentes, que la auditora sepa la verdad. Valeria, tu padre no cayó en la quiebra por malos negocios. Tu querido padre vendió los planos del sistema de seguridad de Rossi Enterprises a los Vargas. Fue un traidor. Y cuando Gabriel se enteró hace tres años, no lo demandó... le vendió la deuda a Vargas para no tener que ensuciarse las manos matándolo él mismo.
El mundo pareció detenerse. Un zumbido agudo me llenó los oídos. Miré a Gabriel de golpe, buscando una negación en sus ojos, pero solo encontré una frialdad sombría.
—¿Eso es verdad? —musité, sintiendo la voz rota—. ¿Tú destruiste a mi padre?
—Valeria, no escuches a Dante —murmuró Gabriel, mirándome por primera vez con una sombra de duda en la mirada.
—¡Contéstame! —exclamé, zafando finalmente mi mano de su agarre y poniéndome de pie—. ¿Le vendiste la deuda de mi padre a esta gente sabiendo lo que le harían?
—Era un asunto de negocios antes de conocerte —dijo Gabriel con crudeza, aunque pude notar un leve parpadeo en sus facciones, una grieta microscópica en su máscara de acero—. Tu padre traicionó a esta empresa. Lo que ocurrió después con la familia Vargas no fue mi responsabilidad.
—Eres un cínico —susurré, dando un paso atrás, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies. El hombre que decía estar salvando a mi familia era la misma causa de nuestra desgracia.
—Suficiente drama sentimental —interrumpió Vargas, levantándose y sacando un arma del saco antes de que los escoltas pudieran reaccionar—. O me entregas el cargamento del puerto ahora mismo, Gabriel, o me llevo a la chica como garantía por la deuda original de su padre.
Los escoltas de Gabriel sacaron sus armas de inmediato, apuntando a Vargas y a Dante. El pánico me congeló el pecho, pero antes de que pudiera reaccionar, Gabriel ya se había puesto de pie, interponiéndose entre el cañón de Vargas y yo.
—Si pones un solo dedo sobre Valeria, Héctor, no saldrás vivo de este edificio —sentenció Gabriel. Su voz no denotaba miedo, solo una amenaza mortal—. Y tú, Dante... sé exactamente qué papel jugaste en filtrar la ubicación de ese camión esta tarde.
Dante palideció levemente, pero mantuvo la sonrisa.
—Estás ciego por ella, primo. Y la ceguera en nuestro negocio se paga con la vida.
De pronto, las luces de la sala se apagaron por completo. El sonido de un cristal rompiéndose resonó en el aire, seguido por el caos de disparos que retumbaron contra las paredes. Un grito se me escapó de la garganta mientras buscaba a ciegas dónde cubrirme.
En medio de la oscuridad, un brazo fuerte me rodeó la cintura con brutalidad y me arrastró hacia el suelo, cubriéndome por completo con su cuerpo. El olor a tabaco y madera me dijo inmediatamente de quién se trataba.
—Quédate abajo —susurró Gabriel contra mi oído, mientras disparaba dos veces hacia la puerta con una precisión escalofriante.
—¡Suéltame! ¡Te odio! —grité, intentando empujarlo mientras el sonido de las balas ensordecía el espacio.
—Puedes odiarme todo lo que quieras, Valeria —respondió él, sujetando mi nuca con firmeza y obligándome a mirarlo en medio de las luces de emergencia que empezaban a parpadear en rojo—. Pero ahora mismo soy el único que va a mantenerte con vida.
Las puertas de la sala se abrieron de golpe y Marcos entró con un equipo de seguridad fuertemente armado, asegurando el perímetro. Vargas y Dante habían aprovechado la confusión para escapar por la salida de emergencia del helipuerto.
Gabriel se levantó lentamente y me extendió la mano. La respiración se me aceleraba mientras miraba su palma abierta. Estaba atrapada en una red de mentiras, traiciones familiares y un peligro mortal que apenas comenzaba a comprender. Y lo peor de todo era la oscura e intensa atracción que seguía sintiendo por el hombre que había destruido a mi familia.
—El juego cambió, Valeria —dijo Gabriel, ofreciéndome una mirada donde la obsesión y la culpa se mezclaban peligrosamente—. Ya no estás a salvo en tu casa. A partir de este minuto, te vienes conmigo a mi residencia.
