Capítulo 3 Capítulo 3: La jaula de oro
POV: Valeria Restrepo
El motor del blindado rugía en la penumbra de la autopista mientras la lluvia azotaba los cristales ahumados. Miraba por la ventana, viendo cómo los edificios de la ciudad quedaban atrás y el paisaje se transformaba en las colinas privadas que bordeaban la periferia. Mi corazón latía desbocado, no solo por el tiroteo del que acabábamos de escapar, sino por la aterradora certeza de que viajaba al lado del verdugo de mi familia.
Gabriel no había dicho una sola palabra en todo el trayecto. A mi lado, con la camisa blanca manchada levemente de hollín y la corbata deshecha, tecleaba mensajes en su teléfono con una frialdad quirúrgica.
—Marcos —dijo Gabriel sin levantar la vista del dispositivo—. Dobla la guardia en el perímetro oeste. Dante conoce los accesos de la residencia y no quiero sorpresas esta noche.
—Entendido, señor Rossi —respondió el jefe de seguridad desde el asiento del copiloto—. La casa está asegurada.
El vehículo atravesó un portón masivo de hierro forjado que se abrió automáticamente y se adentró por un camino flanqueado por árboles altos. Al fondo, una mansión de arquitectura moderna, de hormigón, cristal y luces cálidas, se erigía sobre la cima de la colina. Parecía un santuario de lujo... o una prisión infranqueable.
El automóvil se detuvo frente a la entrada principal. Marcos bajó primero y abrió mi puerta. Al poner un pie fuera, el aire frío de la noche me erizó la piel, pero la mano de Gabriel en mi espalda baja me obligó a avanzar. Su toque era firme, posesivo, como si temiera que saliera corriendo hacia la oscuridad.
—Entra —dijo con voz grave.
Cruzamos el vestíbulo de techos altos y pisos de mármol negro. La residencia respiraba un lujo austero y dominante, exactamente igual a su dueño. Los empleados caminaban en silencio, inclinando la cabeza al paso de Gabriel antes de retirarse a sus aposentos por orden suya.
En cuanto la enorme puerta doble se cerró detrás de nosotros y quedamos completamente a solas en el salón principal, me giré bruscamente, apartando su mano de mi espalda con un manotazo.
—¡No me toques! —grité, y mi voz rebotó contra los techos altos—. ¡Exijo que me digas la verdad ahora mismo! ¡Deja de actuar como si esto fuera un trámite corporativo más!
Gabriel suspiró profundamente. Se quitó la chaqueta del traje y la arrojó sobre un sofá de cuero. Se sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal, dio un trago corto y se giró para mirarme. Tenía los ojos oscuros, cargados de una intensidad sofocante.
—Te escucho, Valeria —dijo con calma desesperante—. Desahógate.
—¿Desahogarme? —repetí, soltando una risa amarga y sin fe—. ¡Destruiste a mi padre! Durante dos años pensé que había sufrido un infarto por el estrés de un negocio que salió mal. Pensé que la quiebra fue un accidente. ¡Y tú le vendiste su deuda a un clan de asesinos!
—Tu padre no era una víctima, Valeria —respondió Gabriel, dando un paso hacia mí, con la voz volviéndose más dura—. Andrés Restrepo vendió los accesos a nuestros depósitos de logística. Por su culpa, tres de mis hombres murieron en una emboscada de los Vargas hace tres años. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que le mandara un arreglo floral?
—¡Era un hombre desesperado! —reclamé, sintiendo cómo las lágrimas de rabia finalmente resbalaban por mis mejillas, ardiendo en mi piel—. Podías haberlo denunciado, podías haberlo llevado a juicio. Pero preferiste entregarlo a las fieras. Lo condenaste a muerte, Gabriel. Y a nosotros con él.
—¡No lo condené a muerte! —bramó Gabriel, acortando la distancia entre los dos con dos zancadas feroces. Estrelló su vaso sobre la mesa auxiliar y me tomó por los hombros con una fuerza contenida, obligándome a mirarlo directamente—. No le vendí la deuda a los Vargas para que lo mataran. Se la vendí para sacarlo de mi jurisdicción sin tener que ejecutarlo yo mismo. Tu padre sufrió un paro cardíaco por su propia cobardía, no porque mis hombres lo tocaran.
—¡Es lo mismo! —le grité en la cara, intentando empujarlo, pero su cuerpo era como una pared de piedra—. ¡Tú creaste la tormenta que destruyó a mi familia! Y ahora pretendes jugar al héroe rescatando a mi hermana y encerrándome a mí en este palacio.
—No te estoy encerrando —dijo, bajando la voz a un susurro peligroso, aunque sus manos no soltaron mis hombros. Su pulgar subió lentamente por mi cuello, sintiendo el latido desbocado de mi yugular—. Te estoy protegiendo de las consecuencias de los actos de tu padre. Vargas no va a parar hasta cobrar sangre. Dante quiere mi cabeza y sabe que tú eres el único cabo suelto que me importa.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo un nudo sofocante en la garganta mientras su cercanía me hacía temblar de una forma que odiaba admitir—. ¿Por qué te importo? Apenas me conoces. Soy solo la auditora que descubrió tus cuentas sucias.
Gabriel se inclinó hacia adelante hasta que su frente rozó la mía. Su respiración cálida golpeó mis labios, mezclándose con el olor a whisky y tabaco.
—Porque desde el primer día que entraste a mi oficina con esa mirada desafiante y ese orgullo intacto, supe que estabas destinada a ser mía —murmuró con una posesividad brutal que me erizó cada centímetro de piel—. Traté de mantenerte alejada del lodo, Valeria. Compré la deuda de tu padre la semana pasada para borrarla en silencio y sacarte de este peligro sin que te enteraras. Pero Dante se adelantó.
Me quedé helada. Los ojos se me abrieron de par en par.
—¿Qué dijiste?
—Compré la deuda para absolverla —confesó Gabriel, mirándome con una mezcla de furia y vulnerabilidad contenida—. No quería chantajearte con ella. Quería librarte de los Vargas. Pero cuando te vi esta tarde en mi despacho, dispuesta a destruirte a ti misma por denunciarme... me di cuenta de que si no te mantenía encadenada a mí, te perdería antes de tenerte.
El corazón me dio un vuelco violento. El aire se sentía escaso entre los dos. La línea entre el odio y la atracción se volvió peligrosamente difusa. Gabriel acercó su boca a milímetros de la mía, y por un segundo terrorífico y electrizante, deseé con todas mis fuerzas que rompiera la distancia.
Un golpe firme en la puerta principal rompió el hechizo. Marcos apareció en el umbral con el rostro desencajado.
—Señor Rossi, disculpe la interrupción —dijo rápidamente—. Acabamos de interceptar una llamada de la policía. Dante acaba de filtrar a los medios y a la fiscalía el informe de auditoría que la señorita Restrepo redactó esta tarde. Hay una orden de captura emitida a nombre de Valeria por complicidad en lavado de dinero.
Miré a Gabriel, en shock. El mundo parecía desmoronarse a mi alrededor en cuestión de segundos.
Gabriel me soltó poco a poco lentamente, girándose hacia Marcos con una sonrisa fría y calculadora que volvió a congelarme la sangre otraves.
—Dante quiere jugar sucio —dijo Gabriel, abotonándose los puños de la camisa—. Preparen el despacho. Valeria no va a pisar ninguna comisaría. A partir de este momento, ella no es solo mi auditora personal... va a firmar como mi prometida oficial ante la prensa para respaldar sus movimientos financieros.
