Capítulo 4 Capítulo 4: El precio del anillo

—¿Qué? —exclamé, dando un paso atrás en absoluto pánico—. ¡Estás loco! ¡No voy a casarme contigo!

Gabriel se giró hacia mí, clavándome una mirada llena de una obsesión implacable.

—Es la única forma de darte inmunidad frente a la junta y la policía, Valeria. O te conviertes en mi esposa ante el mundo... o duermes en una celda mañana por la mañana. Tú eliges.


POV: Valeria Restrepo

—¿Tu esposa? ¿Estás demente? —la palabra salió de mi garganta como un látigo—. ¡Prefiero mil veces una celda a vestir un vestido blanco para un criminal!

Gabriel ni siquiera pestañeó. Caminó con parsimonia hacia su escritorio de caoba en el estudio privado de la residencia, sirviéndose un vaso de agua que me ofreció sin mirarme. Al ver que no lo tomaba, lo dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—Una celda en una prisión pública no es un retiro corporativo, Valeria —dijo con esa calma glacial que me erizaba la piel—. Dante se encargó de que la orden de aprehensión entre por la vía rápida. Si la policía te arresta esta noche, no llegarás viva al juicio. Los Vargas tienen hombres adentro. ¿Crees que te van a dejar declarar?

Me pasé las manos por la cara, sintiendo un sudor frío en la nuca. El pánico comenzaba a eclipsar la rabia.

—No pueden hacerme esto... Yo no hice nada malo. Solo estaba haciendo mi trabajo.

—En este mundo, hacer bien tu trabajo es el error más peligroso —intervino Marcos desde la puerta, cruzado de brazos—. Señorita, el señor Rossi tiene razón. La fiscalía no quiere la verdad; quiere un chivo expiatorio para calmar el escándalo mediático. Si sale en las noticias que usted es la prometida de Gabriel Rossi, la narrativa cambia por completo. Pasa de ser una auditora corrupta a la futura dama del imperio Rossi, víctima de una conspiración interna.

Miré a Gabriel. Sus ojos oscuros me devoraban, analizándome como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez. Una pieza que no estaba dispuesto a ceder.

—Es un acuerdo de negocios, Valeria —dijo Gabriel, dando dos pasos hacia mí y bajando la voz a un tono peligrosamente íntimo—. Un contrato público. Annunciaremos el compromiso mañana a primera hora. A cambio, mis abogados desestimarán la orden de aprehensión y la seguridad de tu madre y tu hermana estará garantizada las veinticuatro horas. Nadie las tocará.

—¿Y qué gano yo además de no ir a la cárcel? —desafié, cruzándome de brazos, intentando mantener la poca dignidad que me quedaba—. Si voy a venderme al diablo, quiero poner mis condiciones.

Una chispa de diversión cruzó la mirada de Gabriel. Le gustaba cuando peleaba.

—Habla.

—Primero: mi hermana sigue en la universidad y mi madre no se entera de nada de esto. Para ellas, esto es un romance real y yo sigo trabajando en la corporación. Segundo: me das acceso total a los libros contables reales de la familia Rossi. Si voy a limpiar tu nombre ante la ley, lo haré a mi manera, sin mentiras. Y tercero...

Me detuve, sintiendo la respiración pesada de Gabriel tan cerca que podía contar sus pestañas.

—¿Tercero? —murmuró, inclinando la cabeza.

—Camas separadas. Este compromiso es una farsa. No me vas a tocar.

Gabriel soltó una risa baja, un sonido cavernoso que me recorrió la espina dorsal. Se acercó tanto que su pecho rozó el mío. Levantó la mano y, con una lentitud exasperante, deslizó un dedo por la línea de mi mandíbula hasta llegar a mi barbilla.

—Trato hecho con los dos primeros puntos —susurró, con los labios rozando mi oreja—. Pero respecto al tercero... no voy a prometerte algo que ambos sabemos que vas a romper.

—Eres un arrogante —escupí, apartando la cara de un tirón.

—Soy realista, mi amor. Marcos, prepara los papeles del acuerdo de confidencialidad y la rueda de prensa para las ocho de la mañana. Valeria dormirá en la suite principal.

—Dijiste camas separadas —recordé de inmediato.

—Y así será. La suite principal tiene dos habitaciones interconectadas —contestó Gabriel, dándome la espalda para recoger su teléfono—. Pero por razones de seguridad, no vas a dormir en un ala diferente de esta casa. No esta noche.

Una hora después, la puerta de la suite principal se cerró detrás de mí. La habitación era enorme, decorada en tonos grises y crema, con un ventanal de piso a techo que mostraba la lluvia torrencial cayendo sobre los jardines. En el centro, una cama matrimonial enorme lucía impecable.

Se suponía que yo debía dormir en el cuarto de huéspedes contiguo, pero cuando intenté abrir la puerta conectora, descubrí que la cerradura no cedía.

—Maldita sea —murmuré, golpeando la madera.

—No está trancada por fuera, Valeria —dijo la voz de Gabriel a mis espaldas.

Me giré de golpe. Había salido del baño vestido solo con un pantalón de pijama oscuro y una camiseta gris ajustada. Su cabello negro estaba húmedo y los tatuajes de sus brazos quedaban al descubierto, dándole un aspecto mucho más salvaje que el del implacable CEO de traje que había conocido en la oficina.

—La llave está sobre la mesa de noche —añadió, señalando el mueble con la barbilla—. Si quieres encorvarnos la puerta y dormir sola, eres libre de hacerlo. Pero la calefacción de ese cuarto se dañó ayer. Te vas a congelar.

Miré la llave y luego lo miré a él. Estaba exhausta. Las emociones del día, la traición, los disparos y la amenaza de la cárcel me pesaban en los hombros como toneladas de plomo.

—Puedo soportar el frío —dije con firmeza, caminando hacia la mesa para tomar la llave.

Pero al pasar a su lado, mi pie se enredó con el borde de la alfombra. Perdí el equilibrio y solté un ahogado grito de sorpresa. Antes de tocar el suelo, los brazos de Gabriel me atraparon en el aire con una agilidad pasmosa, pegando mi cuerpo contra el suyo.

El impacto me dejó sin aliento. La calidez de su piel atravesó la fina tela de mi blusa. Sentí el latido acelerado de su corazón contra mi pecho, un ritmo feroz que contrastaba con su habitual frialdad. Nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos en medio del silencio de la noche.

—Te tengo —murmuró él, con la voz rota y áspera.

Sus ojos bajaron a mis labios y por un segundo rozó mi boca con la suya, un toque tan sutil y eléctrico que me hizo ahogar un gemido. No me aparté. Dios mío, no me aparté. La necesidad de refugio y la oscura atracción que ese hombre ejercía sobre mí amenazaban con destruir toda mi fuerza de voluntad.

—Gabriel... —susurré, sin saber si le pedía que me soltara o que me besara de verdad.

Él cerró los ojos por un segundo, luchando claramente por mantener el control. Lentamente, me puso de pie, pero no soltó mis hombros.

—Ve a la otra habitación, Valeria —dijo, con una voz profunda que denotaba una tensión casi dolorosa—. Toma la llave y cierra por dentro. Porque si te quedas aquí un minuto más... no voy a responder de mí.

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