Capítulo 5 Capítulo 5: Circo de fieras

Tomé la llave con dedos temblorosos, entré al cuarto contiguo y pasé el cerrojo. Me dejé caer contra la puerta, sintiendo el corazón desbocado en mi pecho. Estaba a salvo del frío, pero sabía que la verdadera batalla no estaba al otro lado de la madera, sino dentro de mí.


POV: Valeria Restrepo

—Te ves impecable, Valeria —murmuró Gabriel a mis espaldas, acomodándose los gemelos de plata frente al espejo.

Me miré en el reflejo. Llevaba un vestido ajustado color crema, sencillo pero elegantísimo, y un anillo con un diamante enorme en el anular izquierdo que me pesaba como un grillete. Lucía como la prometida perfecta de un multimillonario, pero por dentro sentía que iba camino al cadalso.

—Esto es una locura —susurré, cruzándome de brazos—. Hay más de cincuenta periodistas allá abajo y la policía debe estar esperando en la esquina con las esposas listas.

—La policía no va a tocarte —dijo Gabriel, girándome despacio por los hombros para obligarme a mirarlo—. Hoy no eres la auditora acusada de fraude. Eres la mujer que consolida la imagen pública de Rossi Enterprises. Mantén la cabeza en alto, sonríe a las cámaras y déjame el resto a mí.

—¿Y tu familia? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago—. Dante estará ahí.

—Dante responderá por su traición a su debido tiempo eso te lo aseguro ya verás—respondió, y sus ojos oscuros brillaron con una promesa mortal—. Ahora, salgamos.

El salón de actos del hotel corporativo Rossi era un caos de luces, murmullos y flashes cegadores. En cuanto entramos tomados de la mano, el sonido de los obturadores se volvió ensordecedor. Marcos y un grupo de escoltas nos abrieron paso hasta el estrado.

En la primera fila, sentado con la postura rígida de un buitre a la espera de carroña, estaba Dante Rossi. A su lado, luciendo un vestido rojo brillante y una sonrisa veneno, nos observaba Camila Montenegro.

—Buenos días a todos —comenzó Gabriel con una voz impecable, firme, dominando el micrófono—. Hemos convocado esta conferencia para desmentir categóricamente las difamaciones filtradas esta madrugada respecto a la señorita Valeria Restrepo.

Los murmullos se elevaron de inmediato. Un periodista de la sección de finanzas levantó la mano sin esperar turno.

—¡Señor Rossi! El informe filtrado acusa a la señorita Restrepo de manipular las cuentas de su filial de logística para encubrir operaciones ilegales. ¿Qué relación tiene ella con las irregularidades?

Gabriel no perdió la calma. Deslizó su mano por mi cintura, pegándome a su costado con un gesto de protección posesiva que hizo que las cámaras parpadearan con mayor frenesí.

—La señorita Restrepo no manipuló nada. Valeria fue contratada precisamente para auditar y sanear las cuentas de mi corporación. Las discrepancias encontradas son el resultado de un sabotaje interno orquestado por facciones que buscan desestabilizar mi gestión.

Dante se puso de pie desde su asiento, interrumpiéndolo con una sonrisa falsa.

—Una explicación muy conveniente, primo. Pero resulta extraño que la auditora principal pase de investigar un fraude a vivir en tu residencia en menos de veinticuatro horas. ¿No hay un conflicto de intereses evidente?

La tensión en la sala se cortó con un cuchillo. La prensa contuvo el aliento ante el choque abierto entre los dos líderes de la familia.

Gabriel sonrió, una sonrisa fría y cargada de un dominio absoluto.

—No hay ningún conflicto, Dante. Valeria vive conmigo porque es mi prometida. Nos casaremos en tres semanas.

Un murmullo masivo sacudió el salón. Los fotógrafos se abalanzaron hacia la tarima. Levanté la mano ligeramente, dejando que el diamante captara la luz de los flashes, cumpliendo mi parte del trato aunque por dentro el corazón me latía en las amígdalas.

—¡Es un circo! —exclamó Camila Montenegro, levantándose también con elegancia calculada—. Gabriel, la junta directiva y el consejo familiar no han aprobado esta unión. Esta mujer no pertenece a nuestro círculo ni a nuestra historia.

—El consejo familiar no decide sobre mi vida ni sobre mi empresa, Camila —sentenció Gabriel, clavándole la mirada—. Y quien desafíe a mi prometida, me desafía directamente a mí. La sesión de preguntas ha terminado.

Gabriel me tomó del brazo y me guio rápidamente hacia la salida lateral. En el pasillo contiguo, lejos de las cámaras, Dante y Camila nos interceptaron, bloqueándonos el paso antes de que Marcos pudiera intervenir.

—Felicidades, Valeria —dijo Dante con sarcasmo, acercándose a mí—. Pasaste de ser una empleada mediocre a la carnada personal de Gabriel. ¿Sabes lo que le pasa a las mujeres que entran en la familia Rossi sin el respaldo adecuado?

—Sé lo suficiente como para reconocer a un traidor desesperado, Dante —respondí con firmeza, mirándolo directamente a los ojos. Sorpresivamente, la rabia borró todo mi miedo—. Filtraste el informe porque sabías que el fraude venía de tus cuentas personales. Estás usando a la prensa porque no tienes el valor de enfrentarte a Gabriel a solas.

Dante borró la sonrisa de golpe. Sus ojos echaron chispas de rabia.

—Maldita perra...

—Cuida tus palabras, Dante —intervino Gabriel, poniéndose a medio paso de él con una actitud aterradora—. O te juro por la memoria de nuestro abuelo que no llegarás a la boda.

Camila tomó a Dante del brazo para frenarlo, aunque su mirada sobre mí era pura veneno.

—Esto no ha terminado, Gabriel —murmuró Camila—. La familia no va a aceptar a esta advenediza.

—La familia hará lo que yo ordene —respondió Gabriel sin inmutarse—. Retírense.

Cuando se alejaron por el pasillo, dejándonos a solas con la escolta, solté un aire que no sabía que estaba reteniendo. Me tambaleé levemente, pero Gabriel me sostuvo por la cintura con delicadeza.

—Lo hiciste excelente —susurró cerca de mi oído, y por primera vez noté un matiz de verdadero orgullo en su voz.

—Me amenazaron abiertamente, Gabriel —dije, mirándolo con el pecho agitado—. Esto no es un falso compromiso, es una declaración de guerra.

—Sí —admitió él, tomando mi barbilla y obligándome a sostenerle la mirada—. Pero en esta guerra, Valeria, yo soy el único que va a ganar. Y tú vas a estar a mi lado hasta el final.

Inclinó la cabeza y rozó sus labios contra mi mejilla, muy cerca de mi boca, un gesto lento y abrasador que me robó el aliento frente a todos los escoltas. El calor de su piel encendió un estremecimiento rebelde en mi vientre que me negaba a admitir.

—A partir de hoy, no hay marcha atrás —añadió en un susurro oscuro, pasándome el pulgar por el labio inferior—. Eres mi prometida ante el mundo y ante mi familia. Si alguien intenta hacerte daño, destruiré la ciudad entera si es necesario para encontrarlos.

Me quedé helada, atrapada en la intensidad de su mirada. Sabía que sus palabras no eran una simple promesa corporativa, sino la posesiva y peligrosa declaración de un hombre dispuesto a todo.

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