Capítulo 6 Capítulo 6: Bajo la mirada de los lobos

POV: Valeria Restrepo

La sala de juntas de la mansión ancestral de los Rossi parecía un tribunal de la Inquisición. Una mesa ovalada de caoba pulida acomodaba a diez hombres y mujeres mayores, vestidos con trajes oscuros y miradas frías como el hielo. En la pared del fondo, el retrato al óleo del fundador de la familia nos observaba con desdén.

Gabriel entró sosteniendo mi mano con una presión firme, posesiva, que impedía cualquier intento de zafarme. Vestía un traje impecable, pero la sombra en su rostro advertía que estaba listo para la guerra.

—Señores del consejo —saludó Gabriel, sin soltarme mientras nos deteníamos frente a la mesa—. Les presento a mi prometida, Valeria Restrepo.

Un murmullo lleno de desprecio recorrió la sala. Don Héctor Rossi, el tío más anciano y líder del consejo, golpeó su bastón de madera contra el suelo con fuerza.

—Esto es un desacato, Gabriel —sentenció el anciano con voz rasposa—. Anunciar un compromiso a la prensa sin la bendición de este consejo es una afrenta. Y peor aún, con la hija de Andrés Restrepo.

Me tensé de inmediato. Dar un paso al frente fue un impulso instintivo.

—Mi padre cometió errores, don Héctor, pero yo no soy mi padre —dije, sosteniéndole la mirada al anciano sin pestañear—. Soy la auditora que está limpiando el desastre financiero que alguien dentro de esta misma mesa intentó ocultar.

Dante, sentado a la izquierda de su padre, soltó una carcajada cargada de veneno.

—¡Escúchenla! La gatita tiene garras —se burló Dante—. Gabriel, le diste acceso total a las cuentas privadas. ¿Qué nos garantiza que no está pasando información a la fiscalía? Su expediente profesional dice que es impecable, pero investigué su pasado personal. Hace tres años, Valeria intentó vender una propiedad embargada para saldar la deuda de su padre. Tu prometida es una desesperada.

Sentí una punzada en el estómago. El recuerdo de esos días oscuros me quemó por dentro. Miré a Gabriel esperando ver duda en sus ojos, pero solo encontré una frialdad absoluta dirigida a Dante.

—Sé perfectamente todo sobre el pasado de Valeria, Dante —intervino Gabriel, avanzando un paso para ponerme a su espalda—. Conozco cada cuenta bancaria que revisó, cada documento que firmó y cada intento desesperado que hizo por salvar a su familia. Investigué su vida entera antes de traerla a mi mesa. Y a diferencia de ti, ella tiene algo que tú no conoces: lealtad y cerebro.

—¡No voy a permitir que una advenediza pise este consejo! —bramó don Héctor, poniéndose de pie con dificultad—. Si te casas con ella, Gabriel, perderás el respaldo de la familia en la próxima asamblea de accionistas.

—Entonces prepárense para la quiebra —respondió Gabriel con una sonrisa despiadada—. Porque si Valeria no firma los balances contables de este mes, la fiscalía congelará todos los activos de la familia mañana a primera hora. Ella es la única persona con la capacidad técnica para reestructurar nuestras filiales sin levantar sospechas federales. Se casan conmigo o van a la cárcel conmigo. Ustedes deciden.

El silencio cayó sobre la sala como una losa de hormigón. Ninguno de los ancianos se atrevió a refutarlo. La jugada de Gabriel había sido brillante, aterradora y quirúrgica.

—La reunión ha terminado —sentenció Gabriel, tomándome de la cintura y guiándome hacia la salida sin esperar respuesta.

Cruzamos el pasillo a pasos rápidos hasta llegar a su despacho privado dentro de la mansión ancestral. En cuanto la puerta doble de roble se cerró detrás de nosotros, solté un suspiro ahogado y me apoyé contra el borde del escritorio.

—Investigaste mi pasado —dije, sintiendo la rabia y la traición quemándome la garganta—. Sabías lo de la casa de mi madre antes de contratarme.

Gabriel se quitó el saco y lo arrojó sobre un sillón. Se acercó a mí con pasos lentos, acorralándome contra la madera.

—Tengo que saber todo sobre las personas que pongo a mi lado, Valeria —murmuró, deteniéndose a milímetros de mi rostro—. Necesitaba saber si eras una amenaza o una aliada.

—¿Y qué descubriste? —desafié, pegando mi pecho al suyo mientras el pulso se me disparaba—. ¿Que soy una marioneta fácil de manipular?

—Descubrí que eres la única mujer que no se arrodilla ante mi apellido —susurró, bajando la vista a mis labios. Su mano subió por mi cuello, acariciando la piel sensible detrás de mi oreja con una lentitud que me erizó cada milímetro de cuerpo—. Descubrí que me vuelves loco cada vez que intentas ponerme límites.

—Gabriel, esto es un contrato profesional... —intenté protestar, aunque la voz me salió débil, traicionada por el calor abrasador que su cercanía despertaba en mi vientre.

—Ya no hay nada profesional en esto, Valeria —dijo él, eliminando la poca distancia que nos separaba.

Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, posesivo y cargado de una frustración contenida. Un gemido se me escapó de la garganta y, en lugar de empujarlo, mis manos se enredaron en su cabello de forma automática. La atracción física entre los dos estalló como una chispa en un barril de pólvora, borrando la lógica, los límites y las amenazas del consejo familiar.

Gabriel me levantó levemente por los muslos, sentándome sobre el borde del escritorio mientras profundizaba el beso con una ferocidad que me dejó sin aire. Su cuerpo presionaba el mío con una urgencia eléctrica que amenazaba con consumirme por completo.

Un toque firme en la puerta nos obligó a separarnos de golpe. Respiraba agitada, con los labios ardiendo y las mejillas encendidas, mientras Gabriel pegaba su frente a la mía, intentando recuperar el control.

—Señor Rossi —se escuchó la voz de Marcos desde el pasillo—. La camioneta está lista. Tenemos un reporte de que hombres de Vargas están rondando el departamento de la madre de la señorita Restrepo.

El hechizo se rompió al instante. Abrí los ojos con horror, mirando a Gabriel mientras la realidad nos golpeaba de lleno una vez más.

—Hazte cargo, Marcos —ordenó Gabriel con voz de mando, sin soltar mi rostro entre sus manos—. Nos vamos ahora mismo.

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