Capítulo 1 El pasillo de los encuentros fortuitos
Llevar prisa en un supermercado a las seis de la tarde es una de las cosas más estresantes que una mujer puede experimentar. Sofía avanzaba con pasos largos por el pasillo central, empujando el carrito con una rueda floja que no paraba de hacer un ruido insoportable. Solo necesitaba unas cuantas cosas para la cena, pero parecía que toda la ciudad se había puesto de acuerdo para que el lugar estuviera lleno de personas justo a esa hora. Cuando vio que la caja número cuatro era la única con menos de tres personas, se puso en la fila rápidamente.
Justo cuando estaba apunto de llegar a la caja a pagar, un chico con una chaqueta se cruzó en su camino desde el pasillo lateral y colocó su propia canasta en la banda transportadora, ganándole el puesto por una milésima de segundo.
Sofía frenó en seco.. Sintió una punzada de rabia inmediata.
—Oye, disculpa, pero yo venía hacia acá —dijo Sofía, cruzándose de brazos y clavándole la mirada en la nuca.
Echico se giró lentamente. Tenía veintiocho años, cara de no haber dormido bien en días y unas facciones afiladas que, a pesar de su expresión de cansancio, lo hacían ver insoportablemente atractivo. Le sostuvo la mirada sin inmutarse.
—La banda estaba vacía cuando puse mis cosas —respondió él con una voz fría y calmada—. No vi tu nombre en el suelo.
—No necesito poner mi nombre en el suelo para que uses el sentido común. Vi perfectamente cómo aceleraste el paso cuando me viste venir. Eso es tener muy poca educación.
—Tengo prisa —cortó él, dándole la espalda para empezar a acomodar sus productos frente a la cajera.
—¡Todos tenemos prisa! —exclamó Sofía, elevando la voz, lo que hizo que un par de personas de la fila de al lado voltearan—. Pero algunos mantenemos los modales básicos. Si tanto te urgía, habrías pedido permiso en lugar de cruzarte como un animal.
El chico suspiró con pesadez. Se giró de nuevo, pero esta vez la miró con una fijeza que a Sofía le heló la sangre por un segundo. Había algo oscuro en sus ojos, una intensidad que no cuadraba con una simple discusión de supermercado. Sin embargo, en lugar de gritar, una sonrisa irónica comenzó a dibujarse en sus labios.
—¿Siempre eres así de dramática cuando no consigues lo que quieres? —preguntó él, cruzándose de brazos también.
—No soy dramática. Soy una persona que respeta el turno de los demás. Si te cuesta entender el concepto, te puedo prestar un diccionario.
—Me caes bien —soltó él de repente, desarmándola por completo. La cajera empezó a pasar sus productos, pero el chico ni siquiera miró la máquina—. Tienes agallas para gritarle a un desconocido en público por un puesto en la fila.
—No te estoy halagando —replicó Sofía, aunque sintió un pequeño calor en sus mejillas que detestó de inmediato - Necesito pagar para irme.
—Soy Agustín —dijo él, ignorando su queja y extendiéndole una mano—. Y para demostrarte que sí tengo educación, voy a dejar que pases tus cosas antes que las mías. Despacha a la señorita primero, por favor —le dijo a la cajera, retirando su canasta momentáneamente.
Sofía se quedó congelada, con la palabra en la boca. Miró la mano de Agustín y luego su rostro. El cambio tan drástico de una actitud cortante a un gesto de caballerosidad absoluta la dejó descolocada.
—¿Estás jugando conmigo? —preguntó ella, sospechando de la trampa.
—Para nada. Tienes prisa, yo tengo prisa, pero tú estás más enojada que yo. Pasa primero. Consideralo una disculpa por ser un "animal".
Sofía, sintiéndose extrañamente intimidada pero decidida a no perder el orgullo, avanzó y colocó sus productos en la banda. Durante los minutos que tardó el proceso, el silencio entre ambos se volvió denso, pero ya no era un silencio de odio. Era una tensión completamente distinta. Agustín no le quitaba los ojos de encima, observando cada uno de sus movimientos con una mezcla de curiosidad y diversión.
Al terminar de pagar, Sofía tomó sus bolsas. Agustín ya estaba entregándole su tarjeta a la cajera, pero antes de que ella pudiera dar tres pasos hacia la salida, él habló sin mirarla directamente.
—Si sobrevives a la prisa de hoy, me gustaría invitarte un trago mañana, Sofía. Apunté tu nombre de la tarjeta de débito cuando pagaste, antes de que me acuses de acosador.
Sofía se detuvo en seco. Se giró y lo miró detalladamente. El corazón le latía a una velocidad muy alta. El chico era peligroso para su paz mental, pero la adrenalina de la discusión le había dejado un sabor de boca que no quería olvidar. Tenia cuioridad por él y quería experimentar qué más podía hacerle sentir este hombre aparte de frustración en una caja de un supermercado.
—Mañana a las ocho, en el bar de la esquina de la avenida principal —dijo Sofía en voz alta—. Y no llegues tarde, porque no te voy a guardar el lugar. ¡Ah! Y no me gusta esperar.
Agustín sonrió de lado, una gran sonrisa que transformó su rostro por completo, por un momento este chico se sintió diferente, sin tanto peso sobre sus hombros. Asintió una sola vez. Sofía caminó hacia la salida del supermercado sintiendo que el calor de la tarde quemaba un poco más de lo normal. Tenía cierta emoción e intriga porque llegara el momento, pero no estaba consciente en lo que se estaba metiendo acercandose a ese hombre, sin embargo, pronto lo descubrirá.
