Capítulo 2 Una verdad de calibre pesado
El bar estaba repleto de humo, música baja y el murmullo constante de la gente borracha de mitad de semana. Sofía llegó cinco minutos tarde a propósito, solo para no verse desesperada, a fin de cuentas tampoco quería esperar a un desconocido si llegara temprano, pero Agustín ya estaba sentado en una mesa del fondo. Llevaba una camisa negra de botones que lo hacía ver completamente diferente al chico del supermercado y eso tocó una fibra en ella. Parecía más maduro, más serio, y notablemente más distante. Lo detalló un poco de lejos antes de acercarse con algo de nervios.
Al sentarse frente a él, Sofía notó de inmediato que la atmósfera era extraña. Agustín no la miraba con la misma diversión de ayer. Sus ojos iban constantemente hacia la puerta del local cada vez que el tintineo de la entrada anunciaba un nuevo cliente, algo que le resultaba extraño pero aun no se animaba a preguntar. Además, dos hombres corpulentos vestidos con trajes oscuros se habían sentado cerca de la barra, fingiendo mirar el partido de fútbol de la televisión, pero manteniendo la vista fija en su mesa.
—Pensé que no vendrías —dijo Agustín, sirviendo un poco de agua en el vaso de Sofía—. Parecías el tipo de mujer que se arrepiente a la mañana siguiente y eso te quitaría un poco lo interesante.
—No me arrepiento de las cosas que decido, Agustín. Pero admito que el ambiente está un poco pesado. ¿Esos dos tipos de la barra vienen contigo? Llevan diez minutos intentando descifrar si tengo un arma en la bolsa
Agustín no se rio. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y la miró con una gravedad que le borró a Sofía cualquier rastro de ironía.
—Vienen conmigo, sí. Son mi seguridad —dijo él, con la voz muy baja—. Y lamento decirte que si supieran quién eres o por qué estás aquí, ya te habrían sacado del lugar a la fuerza. Así que trata de hablar bajo y no levantar la voz como ayer.
Sofía frunció el ceño, dejando caer su bolso sobre la silla.
—A ver, vamos más despacio. ¿De qué estás hablando? Si esto es un juego extraño para impresionarme o hacértela del tipo rudo, te aviso que no está funcionando. Me das más vibras de paranoico que de otra cosa. ¿Estás jugando conmigo?
—Sofía, mírame. ¿Tengo cara de estar jugando? —su tono fue tan seco, tan desprovisto de emoción, que ella se tensó—. Te invité a salir porque me pareciste real. Un poco de aire fresco en medio de la porquería en la que vivo. Pero no puedo seguir con esto sin ser honesto, porque si te pasa algo por mi culpa, no me lo perdonarías jamás. ¿Sabes quién es Héctor Valenzuela?
El nombre golpeó el cerebro de Sofía como un balde de agua fría. En el país, ese nombre no se pronunciaba a la ligera. Era el líder del cartel más grande de la región, un hombre vinculado a ejecuciones, desapariciones y el control absoluto del tráfico en tres estados. Las noticias hablaban de él como un monstruo intocable.
—Todo el mundo sabe quién es. Es un criminal. Un mafioso —respondió Sofía, bajando la voz por puro instinto—. Me da bastante miedo de ese tipo... ¿Por qué carajos lo mencionas aquí?
—Porque es mi padre —soltó Agustín.
Sofía guardó silencio. Esperó la risa, el "es una broma", el remate del chiste. Pero el rostro de Agustín permaneció inexpresivo, duro como la piedra. esperando su reacción. Los dos hombres de la barra cambiaron de posición, asegurándose de cubrir las salidas del bar.
—Estás loco —dijo Sofía, poniéndose de pie de inmediato y tomando su bolso—. Estás completamente enfermo si crees que voy a caerme en una mentira de ese tamaño. Buenas noches, Agustín. Quédate con tu prisa y con tus delirios.
Agustín le atrapó la muñeca antes de que pudiera dar un paso. El agarre fue firme, pero no doloroso. Sofía intentó soltarse con fuerza, pero él no cedió.
—¡Suéltame! —siseó ella, sintiendo el pánico real por primera vez—. ¡Suéltame o grito ahora mismo!
—Escúchame solo un minuto, maldita sea —suplicó Agustín, y por primera vez se le notó una grieta de desesperación en la voz—. Mi padre tiene hijos en todo el país. Todos ocultos. Vivimos con nombres falsos, perfiles bajos, mudándonos cada dos años. Nadie sabe quiénes somos para evitar que los carteles rivales nos usen para extorsionarlo o nos maten en una esquina para cobrar una venganza. Yo soy el mayor. Soy el heredero de un negocio que odio con toda mi alma. Si te lo digo es porque poner un pie cerca de mí es poner un pie en la tumba. Si te vas ahora, lo entenderé. Pero no te vayas pensando que te mentí.
Sofía se quedó inmóvil, respirando agitadamente. Miró la mano de Agustín en su muñeca y luego sus ojos. No había rastro de locura, solo un miedo profundo y real, el miedo de un hombre condenado por su propia sangre. Despacio, volvió a sentarse, aunque el corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un martillo. La cita normal se había acabado; acababa de entrar al territorio de las sombras.
