Capítulo 3 El negocio de la supervivencia

Haberse enterado de la verdad no alejó a Sofía, aunque pasó las siguientes dos semanas sin poder dormir bien, saltando cada vez que un auto frenaba bruscamente fuera de su casa. Sin embargo, la atracción y la extraña empatía que sentía por la situación de Agustín la mantuvieron atada a él. Tenía cierto miedo, pero al mismo tiempo una emoción peligrosa que le era dificil de describir. Hablaban por teléfonos encriptados que él le había dado, y se veían solo en el departamento de ella, un espacio pequeño pero que se sentía como el único lugar seguro del mundo, especialmente en esta nueva diná mica que iniciaba en la vida de ambos.

Pero la realidad de la mafia no respeta los escondites y menos cuando estamos hablando de pesos pesados. Una noche, pasadas las once, Agustín llegó sin avisar. Entró al departamento empujando la puerta con brusquedad, con la camisa desarreglada y una expresión de furia contenida que asustó a Sofía. Tuvo miedo por un instante, pensando que finalmente llegaría el momento donde Agustin se quitara la mascara y la atacara.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, cerrando la puerta con doble llave—. Me vas a matar de un infarto un día de estos, Agustín. Entras como si te vinieran persiguiendo.

—Casi —dijo él, caminando por la pequeña sala, pateando un cojín que estaba en el suelo—. Mi padre tuvo un infarto leve esta mañana. La organización está histérica. Los consejeros del cartel y mis tíos están exigiendo que el heredero dé la cara para calmar las aguas y asegurar la transición del poder. Quieren que asuma mi puesto ya y siento que aun no estoy listo para esto.

Sofía sintió que el estómago se le comprimía por la noticia.

—Pero dijiste que ibas a buscar una forma de salirte, que tenías tiempo.

—¡El tiempo se acabó, Sofía! —gritó él, golpeando la pared con el puño. El estruendo hizo que ella diera un paso atrás—. Perdón... lo siento. Estoy perdiendo la cabeza. El problema no es solo que me quieran en la silla. Mi tío Lorenzo ya me organizó un matrimonio. Quieren unificar el territorio del sur casándome con la hija de un socio pesado de allá. Una tipa que ni conozco, una boda que es básicamente un contrato de sangre para que el cartel no se divida cuando mi padre muera y ahora mismo quieren concretar esta decisión sin importar lo que piense o sienta. Solo importan los movimientos estrategicos y las alianzas con las que se pueda sacar provecho.

Sofía sintió una mezcla ardiente de rabia y celos que no pudo contener.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a ir a ponerte el traje y a casarte con la princesita de la mafia para que todos estén contentos? Qué gran hombre resultaste ser.

—¡No voy a hacer eso! —replicó él, acercándose a ella con los ojos inyectados en sangre—. Si acepto ese matrimonio, estoy atrapado para siempre. No habrá salida legal, no habrá forma de desmantelar nada desde adentro. Estaría firmando mi sentencia de por vida en ese mundo. Necesito una excusa legal y un compromiso previo que sea tan sólido que obligue a los consejeros a retrasar la alianza del sur. Necesito demostrar que ya tengo mi propia estructura armada aquí.

—¿Y yo qué tengo que ver en todo esto? —preguntó Sofía, con la voz temblando por la premonición de lo que venía.

—Necesito que seas mi prometida, Sofía. Hagamos un contrato. Tú y yo. Un año completos donde fingiremos ante el cartel que estamos profundamente enamorados y que nuestro matrimonio ya está pactado. Les diremos que tú manejas mis finanzas ocultas, que eres mi pilar. Eso me dará el tiempo que necesito para armar una estrategia y largarme del país o destruir la organización desde adentro cuando llegue el momento.

Sofía soltó una carcajada amarga, llena de incredulidad.

—¿Estás completamente demente? ¿Quieres que firme un contrato para ser la novia de un capo de la mafia? Si tus enemigos se enteran de que soy una fachada,o incluso tus mismos "amigos" o compañeros como quieras llamarlos, me van a picar en pedazos y me van a tirar a un río, Agustín. ¡Es mi vida la que estás poniendo en juego por tus malditos problemas familiares!

—¡Te voy a proteger con todo lo que tengo! —la tomó de los hombros, sacudiéndola levemente—. Tendrás seguridad las veinticuatro horas. Te pondré un apartamento blindado, acceso a cuentas bancarias con millones para ti y tu familia, todo lo que quieras. Pero necesito que lo hagas, Sofía. Si no tengo esta fachada, no tendré opción. Y si me obligan a entrar a ese mundo por completo, sé que tarde o temprano vendrán por ti de todas formas solo para ver si tengo alguna debilidad. Al menos con el contrato puedo justificar tenerte bajo mi escudo oficial.

Sofía lo miró fijamente. El pleito en su cabeza era feroz. Por un lado, la lógica le decía que saliera al balcón y gritara por ayuda; por el otro, el dolor en los ojos de Agustín y el hecho de que ya estaba profundamente enamorada de él la empujaban al abismo. Aunque estas decisiones se tienen que pensar y meditar con cabeza fría y más una como esta, para ella no había tiempo, debía decidir en ese momento.

—Un año —dijo Sofía, con la voz fría como el hielo—. Firmamos el papel, me das las garantías por escrito y si noto que una sola persona me mira raro, agarro el dinero y me largo del país. ¿Quedó claro?

Agustín cerró los ojos, soltando un suspiro de alivio que pareció quitarle un peso de mil kilos de encima.

—Claro. Mañana mismo firmamos.

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