Capítulo 4 Firmar con tinta y sangre
El mundo se Sofía había pasado de ser un estrés por comprar en el supermecado en una hora pico, a firmar un contrato donde se convertiría en la prometida del hijo del hombre más peligroso que conocía y que pronto, en teoría, debía convertirse en ese hombre siguiendo el legado de su padre.
La firma del contrato no tuvo nada de romántica. Se llevó a cabo en un despacho privado en el piso veinte de un edificio corporativo que Agustín usaba como fachada legal. El abogado, un tipo de traje gris impecable y ojos fríos que no hizo una sola pregunta, les extendió el documento. Sofía leyó las cláusulas una por una: doce meses de cohabitación obligatoria por motivos de seguridad, eventos públicos obligatorios donde debían actuar como la pareja perfecta, y una transferencia mensual a una cuenta extranjera a nombre de Sofía que garantizaba su independencia financiera al terminar el trato. Parecía un trato perfecto en el papel, pero ella no podía ignorar todos los riesgos que este negocio implicaba.
Sofía firmó con mano firme, aunque por dentro sentía que estaba vendiendo su alma. Agustín firmó justo al lado, y al terminar, el abogado guardó el papel en una caja fuerte sin decir una sola palabra. Este hombre parecía indolente a lo que estaba pasando, algo que para Sofía tampoco lo hacía más fácil.
La mudanza al Penthouse de Agustín fue inmediata. El lugar era una fortaleza de concreto y vidrio, con cámaras en cada esquina y hombres armados en la entrada del edificio. Vivir bajo el mismo techo transformó la dinámica por completo. La tensión del peligro inminente se mezcló con la convivencia diaria, y los pleitos por tonterías de la casa se convirtieron en el escape para la presión que ambos sentían. Las emociones "peligrosas" del inicio se habían transformado en un peligro real latente, algo a lo que no estaba tan acostumbrada.
Una noche, después de regresar de una cena privada donde Sofía tuvo que soportar las preguntas capciosas del tío Lorenzo —un hombre con cara de asesino que no dejó de analizar cada uno de sus gestos—, la cuerda terminó de romperse.
Sofía entró al Penthouse tirando las llaves sobre la mesa de la cocina y girándose hacia Agustín con los ojos llenos de furia.
—Tu tío sabe que algo anda mal —dijo ella, alzando la voz—. Me preguntó tres veces sobre dónde nos conocimos y casi me hace caer en una contradicción con las fechas del supuesto viaje a la playa. ¡Esto es una maldita bomba de tiempo, Agustín!
—¡Lorenzo sospecha hasta de su propia sombra, Sofía! —respondió Agustín, quitándose el saco con violencia y arrojándolo al sofá—. Lo manejaste bien. Te mantuviste en tu papel. No entiendo por qué te pones así si sabías perfectamente a lo que venías cuando firmaste ese papel.
—¡Me pongo así porque yo no nací en este nido de víboras como tú! —le gritó, dándole un empujón en el pecho—. Tú estás acostumbrado a mentir, a mirar por encima del hombro, a vivir con guardaespaldas. Yo era una chica normal que iba al supermercado, ¡y ahora tengo que fingir que amo al futuro jefe del crimen organizado para que no me metan un tiro en la cabeza! Me siento utilizada, me siento como un maldito objeto de tu estrategia. ¿Te gusta tenerme así verdad? ¿Es un juego para ti donde tú siempre ganas y yo pierdo o no pierdo pero sin ganar?
Agustín la tomó de los brazos con fuerza, deteniendo sus reclamos. Estaban a centímetros de distancia, respirando agitadamente. La rabia en los ojos de él se transformó de repente en una frustración dolorosa, casi desesperada.
—¿Crees que eres solo un objeto para mí? —preguntó él, con la voz rota—. ¿De verdad eres tan ciega, Sofía? Acepté este maldito contrato porque era la única forma que tenía de convencer a mi padre y a mis tíos de que me dejaran en paz con el matrimonio del sur. ¡Y lo hice porque no puedo soportar la idea de no tenerte cerca! Me importas más de lo que debería. Me importas tanto que me está costando recordar las cláusulas de ese estúpido papel. ¿Crees que te quiero cerca de mi por un beneficio estrategico? ¡Pues no! Te quiero por quien eres no por lo que puedes darme.
Sofía se quedó sin aliento, con las palabras congeladas en la garganta. La cercanía de Agustín era abrumadora, el calor de sus manos en sus brazos quemaba. No hubo más espacio para los gritos. Agustín se inclinó y la besó con una ferocidad que la dejó sin fuerzas.
Fue un beso cargado de toda la tensión acumulada durante semanas, un beso que rompió el contrato en mil pedazos sin necesidad de tocar el papel. Sofía le rodeó el cuello con los brazos, atrayéndolo hacia ella con la misma desesperación. Estaban rodeados de enemigos, viviendo una mentira ante el mundo, pero en el centro de esa sala, lo que sentían era la única verdad absoluta que les quedaba.
