Capítulo 5 El colapso del imperio

La paz en el departamento nunca iba a durar tanto. Sofía y Agustín llevaban tres días metidos ahí, intentando ignorar las cláusulas del estúpido contrato y fingiendo que lo que les pasaba cuando estaban cerca era solo parte del trato. Pero en ese mundo la tranquilidad simplemente no existía.

A las tres de la mañana el teléfono de emergencias empezó a sonar. El aparato rojo que Agustín tenía en la mesa de noche hacía un ruido horrible que reventaba los oídos. Sofía se sentó en la cama de golpe, con el corazón a mil por hora. Agustín ya estaba respondiendo. La luz de la pantalla le iluminaba la cara y se puso completamente pálido, como si hubiera visto a un muerto. No dijo ni hola, solo se quedó callado escuchando.

Cada segundo que pasaba, los hombros se le hundían más.

—¿Dónde fue? —preguntó con una voz ronca que apenas se escuchaba—. ¿Quién fue?... Entendido. Cierren los refugios del norte ya. Que nadie se mueva hasta que yo llegue.

Agustín colgó y tiró el teléfono en el colchón. Se quedó quieto, mirando a la pared, apretando los puños de una forma en que los nudillos se le pusieron blancos. Le temblaban las manos. Sofía se acercó despacio y le tocó el hombro; estaba helado.

—Agustín... me estás asustando. Habla, por favor. ¿Qué pasó?

Tardó en contestar, como si le costara respirar. Cuando se giró para mirarla, Sofía vio algo en sus ojos que nunca le había visto antes. El chico del supermercado ya no estaba por ningún lado.

—Mataron a mi padre, Sofía —soltó de golpe.

Sofía se quedó helada. Héctor Valenzuela, el tipo que manejaba todo el país, el monstruo del que todo el mundo hablaba, estaba muerto.

—Les hicieron una emboscada en la carretera del norte, cerca de la frontera —siguió Agustín, hablando rápido y con la voz temblorosa—. Les cerraron el paso y los balearon. La policía del sector se quitó de en medio minutos antes. Nos vendieron, Sofía. Alguien de la misma organización entregó la ruta exacta. No tuvo oportunidad, murió ahí mismo en la camioneta.

Sofía se llevó las manos a la boca. Sentía que se le revolvía el estómago. El miedo que había estado intentando ocultar desde que firmó el bendito contrato la golpeó con todo.

—Lo siento mucho, Agustín... —le dijo, e intentó abrazarlo para que se calmara.

Pero él se levantó de la cama de un salto, lleno de adrenalina. Empezó a sacar ropa del armario como un loco, tirando las cosas al suelo.

—No hay tiempo para llorar, ni siquiera sé si puedo hacerlo —dijo él, tirando una camisa negra sobre la cama—. Ahora mismo todo el cartel se está cayendo a pedazos. Sin mi padre, los capitanes de cada estado se van a querer matar entre ellos por el territorio. Mi tío Lorenzo va a saltar de inmediato para quedarse con el control. Si esto se sale de las manos, va a haber una guerra en las calles.

Sofía se levantó y se puso frente a él, agarrándolo de los brazos para que se detuviera.

—¿Y qué vas a hacer? Me dijiste que odiabas todo esto, que el plan era usar el contrato para ganar tiempo y escapar de tu apellido. No puedes ir allá, Agustín.

Él la agarró de los hilos de los hombros con fuerza. A Sofía le dolió un poco, pero vio que los ojos de Agustín estaban llenos de pánico.

—Si no voy, nos van a matar a todos antes de que amanezca, Sofía. El testamento de mi viejo se abre en tres horas. Mi nombre y mi identidad oculta van a salir a la luz para todos los mandos. Ya no me puedo esconder. Soy el hijo mayor y tengo que reclamar el mando. Si no me siento en esa silla y demuestro que tengo el control, van a cazar a mis hermanos menores y a mí para no dejar cabos sueltos. Y tú estás metida en esto. Eres mi prometida oficial ante ellos. Vendrán por ti solo para hacerme daño.

A Sofía se le cayó el alma al suelo. El Penthouse blindado que antes parecía seguro, de repente se sintió como una trampa. El contrato de un año, el dinero que le había prometido y las reglas ya no valían nada. Todo se había quemado con la camioneta de su padre.

—Me estás diciendo que te vas a convertir en el nuevo jefe de la mafia —le dijo ella, con la voz rota, esperando que le dijera que no.

—Te estoy diciendo que voy a hacer lo que sea para que no nos maten —respondió Agustín, pegando su frente a la de ella—. Odio esa silla y odio mi sangre, pero prefiero meterme al infierno antes de dejar que te hagan algo.

Sofía le sostuve la fijeza de la mirada. En ese silencio, entendió que la farsa se había terminado. Ya no había un papel que les diera órdenes o les dijera cómo actuar. Agustín sacó la pistola del cajón, se la guardó en la cintura y caminó hacia la puerta. Sofía no lo dudó; agarró su abrigo y salí detrás de él.

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