Capítulo 6 La primera línea de fuego
El trayecto hacia la finca principal de los Valenzuela fue un silencio total, interrumpido solo por las alertas constantes que hacían vibrar el teléfono de Agustín. Sofía iba en el asiento trasero de la camioneta blindada, apretando el bolso con tanta fuerza que los dedos le dolían. A su lado, Agustín no había dejado de revisar una pistola que sacó de la guantera, un sonido metálico que a ella le ponía los pelos de punta.
—No tienes que entrar conmigo —dijo Agustín de repente, sin mirarla, con los ojos fijos en la carretera oscura—. Hay una casa de seguridad a diez minutos de aquí. Te puedo dejar ahí con tres hombres.
—Firmé un contrato, Agustín —respondió Sofía, intentando que no se le cortara la voz—. Y la última regla que pusimos en mi departamento fue que no me ocultarías nada. Si me dejas en una bodega mientras tú te juegas la vida, lo primero que haré al amanecer será largarme de aquí. Además, tu tío Lorenzo ya sospecha. Si no me ven llegar contigo en el momento más crítico, la mentira se cae en un segundo.
Agustín frenó la camioneta de golpe justo antes de llegar a la gran compuerta de hierro de la propiedad. Se giró hacia ella, con una intensidad en la mirada que casi la hace retroceder.
—Esto ya no es un juego de sospechas, Sofía. Mi padre está muerto y los traidores están adentro esperando a ver quién muerde primero. Si entras por esa puerta, dejas de ser la chica que conocí en el supermercado. Serás la mujer del nuevo jefe. Eso te convierte en un blanco automático.
—Ya soy un blanco desde que me mudé contigo —replicó ella, sosteniéndole la mirada con rabia y miedo—. Abre la puerta de una vez.
Él la observó en silencio durante unos segundos. Finalmente, soltó un bufido, guardó el arma en la chaqueta y avanzó. Los guardias de la entrada, fuertemente armados, se cuadraron al ver el rostro de Agustín. La noticia del heredero ya se había filtrado.
La sala principal de la finca era un caos completo. Había alrededor de veinte hombres hablando a gritos, humo de tabaco en el aire y varias botellas de alcohol abiertas sobre una mesa de billar. En el centro de la habitación, el tío Lorenzo gritaba por teléfono dando órdenes de bloquear las rutas del norte. Al ver entrar a Agustín de la mano de Sofía, el silencio cayó sobre el lugar de golpe.
Lorenzo colgó el teléfono despacio y caminó hacia ellos. Su mirada fría escaneó a Sofía antes de clavarse en su sobrino.
—Llegas tarde, muchacho —dijo Lorenzo con una voz áspera—. Tu padre está frío y los del sur ya están reclamando que la ruta de la frontera les pertenece porque el viejo no cumplió con el trato del matrimonio.
—Mi padre está muerto porque alguien de adentro vendió la ruta de su convoy, tío —respondió Agustín, dando un paso al frente y colocándose a la mitad por delante de Sofía—. Así que guarda tus reclamos. El testamento de mi padre me nombra a mí. Yo tomo las decisiones a partir de este momento.
Un murmullo de desaprobación corrió entre los hombres armados del fondo. Lorenzo soltó una carcajada amarga, sin pizca de gracia.
—¿Tú? ¿El niño que se escondía en la capital jugando a ser profesional? No sabes cómo se maneja este negocio, Agustín. Necesitas peso, necesitas la alianza del sur. Y para eso, esta niña de ciudad nos estorba —Lorenzo señaló a Sofía con el dedo.
Sofía sintió que las piernas le temblaban, pero dio un paso al frente, saliendo de la protección de Agustín y clavándole los ojos al viejo mafioso.
—La niña de ciudad maneja los números que su hermano ocultó durante cinco años, señor —mintió Sofía, usando la historia que habían pactado—. Si me quita de en medio, le aseguro que las cuentas de la organización en el extranjero se van a congelar antes de que termine de enterrar a su hermano. Agustín no necesita una alianza en el sur; tiene el dinero para comprar a los del sur si le da la gana.
Lorenzo entornó los ojos, completamente descolocado por la audacia de Sofía. Agustín aprovechó el segundo de distracción de su tío para golpear la mesa con la palma de la mano, llamando la atención de todos.
—Mi mujer se queda a mi lado —sentenció Agustín con una autoridad que dejó a Sofía sorprendida—. Mañana a primera hora quiero a todos los capitanes aquí. El que no se presente, asumiré que está del lado de los que emboscaron a mi padre. Y a esos... los voy a buscar yo mismo.
Nadie dijo nada. La tensión en la sala era insoportable. Agustín tomó a Sofía de la mano y la guió hacia el despacho privado del fondo, cerrando la puerta con seguro. Nada más entrar, él se apoyó contra el escritorio, respirando con dificultad, y la miró.
—Estás loca —dijo él, pero esta vez con una admiración desesperada.
—Te dije que no iba a ser tu adorno, Agustín —respondió ella, aunque tuvo que sentarse en la primera silla que encontró porque sentía que se caía—. Ahora dime qué sigue, porque tu tío nos quiere muertos antes del amanecer.
