Capítulo 7 La prueba de lealtad
La noche en el despacho no trajo descanso. Agustín pasó las horas pegado al teléfono, hablando con contadores, abogados y los pocos capitanes de la vieja guardia que aún respetaban la memoria de su padre. Sofía se quedó sentada en el sillón de cuero, con el abrigo puesto, observando cómo el chico que había conocido en un supermercado se transformaba por completo. Ya no arrastraba los pies ni sonreía de lado; sus órdenes eran cortas, secas y frías.
A las seis de la mañana, los primeros rayos de luz entraron por el ventanal, y con ellos, el sonido de varios motores pesados estacionándose en el patio de la finca.
Agustín colgó el teléfono, se guardó la pistola en la cintura y miró a Sofía. Tenía unas ojeras profundas y los ojos inyectados en sangre.
—Ya están aquí —dijo él, caminando hacia ella—. Quédate detrás de mí en todo momento. Pase lo que pase, no hables a menos que yo te mire. Ayer tuviste suerte con Lorenzo, pero hoy vienen los hombres que controlan las armas y las rutas. No van a dudar en presionarte si ven una grieta.
—Sé lo que tengo que hacer, Agustín —respondió Sofía, levantándose y estirando su ropa para quitarle las arrugas—. Solo mantén la cabeza fría. Si tú dudas, ellos van a oler el miedo.
Cuando salieron a la sala principal, el ambiente era aún más hostil que la noche anterior. Cuatro hombres mayores, vestidos con trajes caros pero con rostros curtidos por los años y la violencia, estaban sentados alrededor de la mesa de billar. El tío Lorenzo estaba de pie a un lado, con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia que a Sofía le dio mala espina.
Agustín no caminó con prisa. Avanzó con paso firme y se paró en la cabecera de la mesa. Sofía se colocó justo a su espalda, a la derecha, manteniendo una expresión seria y distante.
—Agradezco que hayan venido tan rápido —empezó Agustín, barriendo a los cuatro capitanes con la mirada—. Mi padre fue emboscado porque alguien filtró información confidencial. La prioridad ahora es asegurar las plazas y encontrar al traidor.
El hombre más viejo de los cuatro, un tipo gordo con una cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha, soltó un bufido y apagó su cigarro en el borde de la mesa.
—Tu padre era el jefe porque sabía cómo mantener el orden, muchacho —dijo el hombre con voz ronca—. Tú eres un fantasma. Apareces de la nada diciendo que el viejo te heredó todo, pero la gente del sur ya bloqueó el paso de los camiones. Dicen que el trato de la boda se canceló y que no tienen por qué respetarte.
—Los del sur reaccionaron demasiado rápido a la muerte de mi padre —replicó Agustín, sin pestañear—. Casi parece que sabían la hora exacta en la que el convoy iba a pasar por la carretera.
La acusación flotó en el aire. Los capitanes se tensaron, y uno de ellos llevó la mano instintivamente hacia su chaqueta.
—¿Nos estás acusando, niño? —siseó Lorenzo, dando un paso al frente—. Ten cuidado con lo que dices.
—No acuso a nadie sin pruebas, tío —dijo Agustín, apoyando las manos en la mesa y venciéndose hacia adelante—. Pero el testamento de mi padre es claro. Yo tengo las claves de las cuentas de contingencia y los contratos de los proveedores internacionales. Si el negocio se divide, se quedan sin financiamiento en menos de un mes.
El capitán de la cicatriz miró a Sofía con malicia.
—¿Y esta es la mujer que se supone que cuida el dinero? He oído que Lorenzo dice que es una cualquiera que sacaste de la calle para evitar casarte con la heredera del sur.
Sofía sintió un frío helado en el estómago, pero recordó las palabras de Agustín. Le sostuvo la mirada al hombre sin parpadear, manteniendo la barbilla en alto. Agustín se enderezó despacio, y su mano bajó sutilmente hacia su cintura.
—Mi mujer maneja la estructura financiera que nos mantiene limpios ante el gobierno —dijo Agustín, con una voz tan baja y peligrosa que hizo que el capitán borrara la sonrisa—. Si vuelves a faltarle al respeto, te voy a demostrar que heredé algo más que el apellido de Héctor Valenzuela.
El silencio que siguió fue absoluto. Durante diez segundos, nadie respiró. El capitán de la cicatriz evaluó a Agustín, buscando algún rastro de bluff, pero solo encontró la mirada de un hombre dispuesto a matar ahí mismo. Finalmente, el viejo mafioso levantó las manos en señal de paz y soltó una risita seca.
—Está bien, está bien. Tienes agallas, igual que tu padre. Pero las palabras no detienen a los del sur. Quieren una reunión hoy a mediodía en el restaurante de la frontera. Si no vas, asumirán que eres débil y van a entrar con todo.
—Iré —sentenció Agustín—. Pero iré bajo mis condiciones. Lorenzo, tú vienes conmigo. Quiero que los del sur vean que la familia está unida.
Lorenzo apretó los dientes, visiblemente molesto por recibir órdenes de su sobrino, pero asintió con la cabeza.
—Como quieras, jefe —dijo Lorenzo, arrastrando las palabras con ironía.
Los capitanes se levantaron y empezaron a salir de la sala para preparar los vehículos. Cuando se quedaron solos, Agustín se giró hacia Sofía. Su rostro estaba tenso.
—No puedo dejarte aquí sola con los hombres de Lorenzo —le susurró al oído, tomándola del brazo—. Vas a tener que venir conmigo a esa reunión. Es una boca de lobos, Sofía.
—Ya te lo dije, Agustín —respondió ella, mirando hacia la puerta por donde habían salido los mafiosos—. Estamos juntos en esto. Solo asegúrate de que salgamos vivos de ese restaurante.
