Capítulo 8 El precio de la mesa

El restaurante de la frontera era un local de carretera, techado con láminas de zinc y rodeado de polvo. Había sido desalojado por completo para la reunión. Cuando la camioneta blindada de Agustín se detuvo, Sofía vio al menos a una docena de hombres armados vigilando el perímetro. El calor de las doce del mediodía era sofocante, pero ella sentía los dedos congelados.

Agustín le abrió la puerta trasera y le tendió la mano. Antes de bajar, la miró fijamente a los ojos.

—Si las cosas se ponen feas, tírate al suelo de inmediato. No pienses en mí, no intentes salvar nada. Solo busca el suelo —le susurró con una seriedad que le erizó la piel.

—Entendido —respondió Sofía, tragando saliva.

Entraron juntos. El tío Lorenzo caminaba un paso por detrás, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, mirando a todas partes con desprecio. En el centro del restaurante, un hombre gordo y calvo, vestido con una camisa guayabera blanca, los esperaba sentado ante una mesa de madera con varios platos de carne intactos. Era don Manuel, el líder de la facción del sur.

—Agustín... el famoso heredero oculto —dijo don Manuel, extendiendo los brazos sin levantarse de la silla—. Siento lo de tu padre. Héctor era un hombre difícil, pero respetable. Pásale, muchacho. Y veo que traes compañía.

Agustín jaló una silla para Sofía y luego se sentó frente al viejo capo. Lorenzo se quedó de pie, recargado en una columna de madera.

—Vamos al grano, Manuel —dijo Agustín, apoyando los antebrazos en la mesa—. Mis hombres dicen que bloqueaste el paso de los camiones en la frontera. Eso es una violación al acuerdo que tenías con mi padre.

Don Manuel soltó una carcajada que le sacudió la panza. Tomó un tenedor y señaló a Agustín con él.

—El acuerdo era con tu padre, no contigo. Y ese acuerdo incluía un matrimonio que iba a unificar nuestros territorios. Me prometieron que el primogénito se casaría con mi hija para asegurar que el dinero se quedara entre nosotros. Ahora resulta que el viejo se muere y tú te presentas con una desconocida.

—Sofía no es una desconocida, es mi prometida —replicó Agustín, manteniendo la voz firme y fría—. El compromiso se pactó antes de que la salud de mi padre empeorara. Ella maneja la estructura legal de mis cuentas. Tu hija es una buena opción para la vieja escuela, Manuel, pero el negocio ya no se maneja solo con balazos. Necesitas control financiero, y eso es lo que Sofía y yo representamos.

Don Manuel dejó el tenedor y miró a Sofía con detenimiento. Sus ojos pequeños y oscuros la escanearon de arriba abajo, buscando cualquier rastro de miedo. Sofía le sostuvo la mirada, apretando las manos debajo de la mesa para que nadie notara el temblor.

—Una niña bonita que sabe de números —comentó don Manuel con desdén—. Suena muy moderno, muchachos. Pero la realidad es que mis capitanes están molestos. Sienten que nos estás viendo la cara. Lorenzo... ¿tú qué piensas de esto? Tu hermano te dejó fuera del testamento para darle el trono a un niño que no ha pisado la cárcel ni una sola vez.

El tío Lorenzo dio un paso al frente, con una sonrisa torcida en la cara. Sofía sintió que el corazón se le detenía. Había llegado el momento de la traición.

—Pienso que Manuel tiene un punto, sobrino —dijo Lorenzo, mirando a Agustín desde arriba—. Traer a una civil a esta mesa es una falta de respeto para todos nosotros. Si de verdad quieres demostrar que eres el jefe, deberías cumplir el trato original y mandar a esta niña de regreso a su supermercado.

Agustín no se movió, pero Sofía notó cómo la mandíbula se le tensaba hasta el límite. Despacio, Agustín llevó la mano hacia su cintura, por debajo de la mesa.

—Mi padre me dejó el mando porque sabía que tú venderías la organización por unas cuantas monedas, tío —siseó Agustín, clavándole los ojos a Lorenzo—. Y tú, Manuel, si crees que bloquear la frontera te va a dar el control, estás muy equivocado. Las claves de los contenedores que están varados en el puerto solo las tengo yo. Si yo muero hoy en este restaurante, esos camiones nunca se van a mover, y la policía federal va a llegar por ellos mañana en la mañana. Nos hundimos todos.

El ambiente se volvió eléctrico. Dos de los guardaespaldas de don Manuel dieron un paso al frente, tocando las empuñaduras de sus armas. Sofía sintió que el aire no le llegaba a los pulmones. El pleito familiar se había convertido en una negociación de vida o muerte en cuestión de segundos.

Don Manuel miró a Lorenzo, luego a Agustín, y finalmente se recargó en su silla, analizando la situación. El silencio en el restaurante era tan denso que el ruido de las moscas chocando contra las ventanas parecía ensordecedor.

—Tienes los pantalones bien puestos, muchacho —dijo finalmente don Manuel, haciendo una señal con la mano para que sus hombres se replegaran—. Eres igual de terco que Héctor. Está bien, te daré el beneficio de la duda. Desbloquearé los camiones hoy, pero quiero ver los rendimientos de la ruta del norte en una semana. Si esa niña de verdad es tan buena con los números como dices, el dinero tiene que cuadrar. Si falta un solo centavo... Lorenzo tendrá vía libre para hacer lo que quiera contigo y con ella.

Agustín asintió una sola vez, se levantó de la silla y tomó a Sofía de la mano.

—El dinero va a cuadrar, Manuel. Nos vemos en una semana.

Salieron del restaurante a paso rápido. Lorenzo los siguió en silencio, con la cara descompuesta por la furia al ver que su plan de traición se había frustrado por el momento. Al subir a la camioneta, Agustín cerró la puerta con fuerza, encendió el motor y aceleró a fondo, alejándose del lugar.

Sofía soltó un suspiro largo, dejando caer la cabeza en el respaldo del asiento.

—Estuvimos a nada de que nos mataran —dijo ella, con la voz rota por la adrenalina.

—Lorenzo nos vendió —respondió Agustín, golpeando el volante con el puño—. Sabía perfectamente lo que Manuel iba a pedir. Ya no puedo confiar en nadie de la finca, Sofía. Tenemos una semana para armar una estructura real o mi tío nos va a enterrar a los dos.

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