Capítulo 9 El búnker de papel

El regreso al Penthouse de la ciudad se sintió menos como volver a casa y más como encerrarse en una celda de máxima seguridad. Agustín no despegó los ojos del retrovisor en todo el camino, cambiando de ruta tres veces antes de meter la camioneta al estacionamiento subterráneo. Al cerrarse la compuerta de acero tras ellos, Sofía finalmente pudo soltar el aire que sentía atorado en el pecho desde que salieron del restaurante de la frontera.

Subieron en el ascensor en un silencio tenso. Nada más cruzar la puerta del Penthouse, Agustín tiró la pistola sobre la barra de la cocina y se pasó las manos por la cara, desesperado.

—No podemos volver a la finca —dijo él, con la voz pastosa por el cansancio—. Lorenzo controla a la mitad de los hombres que duermen ahí. Si regresamos, nos van a emboscar en los pasillos y van a decir que fue gente del sur.

—¿Y qué vamos a hacer en una semana? —preguntó Sofía, quitándose el abrigo y tirándolo en el sofá—. Le prometiste a don Manuel que los números iban a cuadrar perfectos. Agustín, yo diseño logotipos y páginas web. No tengo la menor idea de cómo hacer que el dinero de la mafia parezca limpio ante un contador.

Agustín se acercó a ella, tomándola suavemente por los brazos. Sus ojos reflejaban una mezcla de culpa y urgencia.

—Héctor tenía un sistema de doble contabilidad encriptado. Mi padre no confiaba en Lorenzo, por eso guardaba los registros reales en un servidor externo al que solo el primogénito tiene acceso tras su muerte. Las claves me llegaron al teléfono encriptado hace una hora. Solo necesito que me ayudes a vaciar esos datos en plantillas corporativas normales. Necesitamos que parezca una auditoría legal de una empresa de transportes legítima.

Sofía soltó una risa amarga, zafándose de su agarre.

—Estás hablando de falsificar informes financieros para un capo de la mafia. Si me equivoco en una sola fórmula de Excel, ese viejo calvo nos va a mandar a cortar la cabeza.

—¡Es la única opción que tenemos para ganar tiempo, Sofía! —gritó Agustín, perdiendo la paciencia por primera vez en el día—. ¡Si no le entregamos ese informe el próximo viernes, Lorenzo tiene el permiso de Manuel para cazarnos! No te pediría esto si hubiera otra salida, pero estoy con la soga al cuello. Mi padre me dejó este maldito imperio y lo único que quiero es que tú y mis hermanos no terminen en una fosa común.

El grito retumbó en las paredes de vidrio del departamento. Sofía lo miró furiosa, con la respiración agitada. La presión de las últimas veinticuatro horas estaba a punto de hacerlos estallar a los dos. Estaban cansados, asustados y atrapados en un pacto que ya no tenía nada de falso.

—No me vuelvas a gritar —siseó Sofía, dándole un empujón con el dedo en el pecho—. Yo no pedí estar aquí. Fui a comprar malditos aguacates y terminé en medio de una guerra de carteles porque me pareciste guapo. Así que bájale a tu tono.

Agustín parpadeó, desarmado por completo por la reacción de ella. La tensión acumulada pareció evaporarse de golpe, reemplazada por una tremenda vergüenza. Se pasó una mano por el cabello descuidado y dio un paso atrás.

—Lo siento —susurró él, con los hombros caídos—. Lo siento de verdad, Sofía. Esto me está superando.

Sofía suspiró profundamente, intentando calmar el temblor de sus propias manos. Caminó hacia la barra de la cocina, tomó el computador portátil de su bolso y lo abrió sobre la mesa.

—Trae la maldita base de datos de tu padre —dijo ella, sin mirarlo—. Vamos a empezar a trabajar. Si vamos a mentirle al sur, más vale que hagamos el informe más perfecto que ese viejo calvo haya visto en su vida.

Agustín la miró durante un segundo con una gratitud inmensa que no supo cómo expresar con palabras. Sacó su teléfono encriptado, se sentó al lado de ella y conectó el dispositivo.

Pasaron las siguientes doce horas encerrados, con tazas de café frío acumulándose alrededor del teclado. Los datos de Héctor Valenzuela eran un laberinto de empresas fachada, facturas falsas y rutas de camiones camufladas como importaciones de fruta. Mientras Sofía cruzaba la información y creaba los gráficos financieros, Agustín desentrañaba los nombres de los capitanes que cobraban comisiones en secreto.

Cerca de las cuatro de la mañana, Sofía estiró los brazos, exhausta. Agustín la observaba de reojo, maravillado por la concentración y la firmeza de la chica que, se supone, no pertenecía a ese mundo oscuro.

—Eres increíble, ¿lo sabes? —dijo Agustín en voz baja, rompiendo el silencio del teclado.

Sofía desvió la mirada de la pantalla y se topó con sus ojos oscuros, que ahora la miraban con una ternura que le encogió el corazón.

—No te acostumbres —respondió ella con una media sonrisa, aunque sintió un súbito calor en el rostro—. Lo hago para que no me maten, recuerda.

—El contrato decía que yo te protegería —dijo él, inclinándose un poco más hacia ella, reduciendo la distancia entre sus sillas—. Y mírate. Eres tú la que me está salvando la vida ahora mismo.

La cercanía volvió a volverse magnética. La computadora encendida quedó en segundo plano mientras Agustín estiraba la mano para retirarle un mechón de cabello de la cara. Sofía no se movió; el pulso se le aceleró de una forma que nada tenía que ver con el miedo a la mafia. El beso que se dieron fue lento, un refugio silencioso en medio de la tormenta que sabían que les esperaba afuera.

El momento se interrumpió abruptamente cuando el teléfono normal de Agustín vibró sobre la mesa. No era el aparato rojo, sino su línea personal. Al ver la pantalla, Agustín se tensó por completo.

—Es un mensaje de un número desconocido —dijo él, abriendo el texto.

Sofía se asomó por encima de su hombro. El mensaje era corto y directo:

“Lorenzo ya sabe dónde está el departamento. Salgan de ahí ahora.”

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