Capítulo 1 1
EMMA
—¿Tengo toda su atención, señorita Carson?
Trago saliva y vuelvo a centrarme en mi jefe. Ruslan Oryolov me está fulminando con la mirada; no porque yo haya hecho algo mal, sino simplemente porque así es como me mira siempre.
En realidad, así es como mira a todo el mundo. Estoy bastante segura de que él es ese desafortunado caso del que siempre escuchas a las madres hablarles a sus hijos: hizo una mueca de disgusto una vez y la cara se le quedó así para siempre.
Para ser justos, esta vez tiene un buen motivo. De hecho, me ha sorprendido en medio de una fantasía bastante violenta sobre grapar sus hermosos labios con la grapadora de su escritorio y luego arrojarlo por la ventana de su preciosa oficina del trigésimo piso.
Se lo merecería. Y solo podría culparse a sí mismo.
Porque estoy AGOTADA, así en mayúsculas, de atender todos sus caprichos en el día de hoy.
Llegué a la oficina a primerísima hora de la madrugada. No he tenido más de diez segundos consecutivos para mí en todo el día. Y solo ahora, con el reloj acercándose a las nueve de la noche, estoy viendo de cerca el final de este día de trabajo infernal.
Sin una vía intravenosa de espressos cuádruples, yo ya sería polvo en el viento.
Pero incluso con mi adicción a la cafeína, me siento destrozada por dentro y por fuera. En mi cabeza, estoy maldiciendo a mi yo del pasado por ser tan tonta como para comprar estos tacones media talla más pequeños solo porque estaban en oferta. Los arcos de mis pies están listos para cometer crímenes de guerra con tal de ser liberados.
Ruslan, por otro lado, se ve tan pulcro como siempre. De hecho, resulta ofensivo lo bien que se ve, a pesar de haber trabajado como una máquina durante tanto tiempo como yo hoy. Su traje es impecable, al igual que su oscura barba de tres días, y la intensidad de sus abrasadores ojos ámbar no ha disminuido ni un solo grado.
—Señorita Carson. Le hice una pregunta.
—Eh, sí —tartamudeo—. Sí, tiene mi atención. —Bajo la mirada hacia mi libreta—. El documento de exención de litigios debe enviarse a Mark Vanderberg en el departamento legal a primera hora de la mañana. Se han solicitado sillas nuevas para la sala de juntas del piso diecisiete y revisaré las fechas de entrega. Voy a mover su reunión de las dos de la tarde a las once y media, la de las once y media a las siete y cuarto, la de las siete y cuarto al próximo jueves, y a los de la reunión del próximo jueves les diré que, y cito textualmente, se vayan a la mierda y se mueran. ¿Me falta algo?
Ruslan arquea una ceja injustamente hermosa. Hablando en serio: si pudiera trasplantar esas bellezas a mi propio rostro, de verdad lo haría. Son oscuras, expresivas y comunican la mitad de sus amenazas sin necesidad de decir una sola palabra.
—Detecto cierto tonito.
Mantengo mi rostro perfectamente neutral.
—No, señor. Ningún tonito. Usted pidió específicamente nada de sarcasmos después del desastre de la ensalada del almuerzo del mes pasado. No lo olvidaría.
—Hm.
Al igual que su ceja, una sola sílaba que ni siquiera llega a ser una palabra del infame señor Oryolov, director ejecutivo de Bane Corporation, es suficiente para hacer que hombres hechos y derechos rompan a llorar.
Lo he visto con mis propios ojos. Literalmente. Cuando empecé a trabajar aquí, uno de los proveedores de microchips que Bane utiliza para nuestro producto estrella de seguridad para el hogar vino a una reunión e intentó negociar precios más altos. Al final del agresivo discurso de ventas de ese idiota, Ruslan simplemente arqueó una ceja y dijo:
—Hm.
El hombre empezó a temblar tanto que tuvieron que sacarlo de la sala de conferencias en una silla con ruedas como si fuera la camilla de una ambulancia.
Y no es el único. Dios sabe que Ruslan me ha llevado al borde de las lágrimas, y más allá, muchísimas veces en los dieciocho meses que llevo trabajando para él.
Todos me advirtieron antes de aceptar el trabajo que no sería fácil. Sus últimos tres asistentes personales duraron seis, cuatro y medio mes, respectivamente, antes de salir huyendo despavoridos. Hay un rumor de que uno de ellos todavía está internado en terapia psiquiátrica en algún lugar de Vermont.
Basta con decir que todos tenían razón. La vida bajo el escrutinio de Ruslan Oryolov no es fácil. Empieza temprano y termina tarde. Es dura. De ritmo acelerado. No dice «por favor» y no conoce el significado de «gracias».
Pero me he quedado por una y solo una razón: tengo que hacerlo.
En realidad, esa no es toda la verdad. Me quedé por tres razones. Y sus nombres son Josh, Caroline y Reagan.
Bajo la mirada hacia la pantalla de bloqueo de mi teléfono, que descansa en mi regazo. Tres rostros sonrientes me devuelven la mirada. A Reagan, de cinco años, se le acaba de caer el diente delantero y la muy tontita tiene la lengua asomando por el hueco. Caroline solo tiene seis años, pero ya está practicando su sonrisa con los ojos y sus poses de selfi con la barbilla metida. Va a romper tantos corazones en cuanto le deje tener una cuenta de Instagram. Josh, con ocho años, es el mayor; pero, al mirarlo, uno pensaría que es incluso una década mayor. Es algo en sus ojos. Una mirada atormentada. Una frialdad. Un sentido pétreo de la responsabilidad que no le corresponde a un niño demasiado joven para tener vello en las axilas.
Perder a tu madre te hace eso.
Yo lo sabría —más o menos—, porque perder a mi hermana sin duda me lo ha hecho a mí.
Hago los cálculos en mi cabeza rápidamente. Ahora mismo es 9 de marzo y Sienna murió en septiembre hace tres años. Así que han pasado tres años, seis meses y cuatro días desde la última vez que la abracé o la escuché reír.
Tres años, seis meses y cuatro días desde que pasé de ser tía a mamá en un abrir y cerrar de ojos.
Tres años, seis meses y cuatro días desde que mi vida cambió para siempre.
Ruslan se pone de pie y se ajusta los puños de la camisa. Lo hace sin esfuerzo, igual que todo lo demás que hace. Se te perdonaría pensar que es un modelo de GQ. Se cruje los nudillos, luego el cuello, mirándome todo el tiempo.
Me siento en mi silla y me concentro en mi respiración.
Dieciocho meses es tiempo suficiente para haber pensado que mi enamoramiento ya habría desaparecido. Sin embargo, me habría equivocado. En todo caso, es incluso más hermoso de lo que era el día que entré por primera vez.
Todavía recuerdo cómo fue aquello. Doblé la esquina y me detuve, estupefacta y babeando como una loca. ¿Este hombre dirigía la empresa de seguridad para el hogar más grande del mundo? ¿Estábamos seguros de que no era un doble de cuerpo de Hollywood?
Por su parte, Ruslan me lanzó una mirada antes de preguntar:
—¿Va a hacerme la vida más fácil o más difícil, señorita Carson? Si es lo segundo, ni se moleste en dejar sus cosas; simplemente dese la vuelta mientras aún pueda.
Eso prácticamente marcó la pauta de nuestra relación laboral.
—Me voy —anuncia Ruslan, de vuelta en el momento presente—. Asegúrese de que las carpetas estén preparadas para la reunión de jefes de departamento de la mañana.
Rodea el escritorio y camina a zancadas hacia mí. Mi corazón se acelera cuando se acerca lo suficiente como para que yo pueda oler su colonia. La de hoy es amaderada. Ahumada. Fresca.
—Sí, señor —respondo con voz ronca.
—Ah —añade—, también necesito que lleven mi esmoquin al ático de la calle 48. Esta noche.
—¿Esta noche? —protesto—. Pero tengo que...
Ya se ha ido. Saliendo por la puerta sin molestarse en mirar atrás. Lo único que queda es la estela de su colonia.
