Capítulo 2 2

No puedo decir que no se lo mereciera; simplemente este no habría sido mi método de venganza preferido.

—Al diablo con eso —dijo Sienna cuando le dije que vivir bien era la mejor forma de venganza—. No te iguales, supéralos. Ese es mi lema.

Cuando terminó de aliviarse tras una larga noche de vodkas con arándano, la ayudé a bajar de nuevo al asfalto.

—Estás loca —le informé—. Absolutamente de atar.

—Y aun así me amas. ¿Qué dice eso de ti?

—Nada bueno —murmuré.

—Cállate. Dilo. Di que me amas. —Me tiró besitos y, cuando me negué, me hizo cosquillas en el punto debajo de las costillas que odiaba desde que éramos niñas.

—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Te amo! —chillé.

Solo entonces cedió.

—Bien. Yo también te amo, Em. Eres las estrellas de mi luna. Nunca lo olvides.

Luego, por si fuera poco, me enseñó el trasero. Nos reímos —su risa y la mía, dos caras de la misma moneda, filtrándose hacia arriba y perdiéndose en la noche.

Nunca imaginé una vida sin ella. Nunca pensé que tendría que hacerlo.

No soy Sienna; no voy a orinar en el sofá de cincuenta mil dólares de Ruslan. Y, desde hace tres años, seis meses y cuatro días, ella ya no está aquí para hacerlo por mí.

Con un suspiro, me doy la vuelta y salgo arrastrando los pies.

Es un largo viaje en metro desde el resplandeciente Midtown hasta mi sucio y estrecho edificio de apartamentos en Hell’s Kitchen. Cuando llego, me espera una larga caminata por los cuatro pisos de escaleras porque, por supuesto, el ascensor está roto una vez más. Estoy casi literalmente excitada sexualmente ante la perspectiva de un ciclo de sueño REM, pero cuando abro la puerta, me doy cuenta con un horror que me hace rechinar los dientes de que el sueño está muy lejos.

Mi apartamento es un absoluto desastre.

Hay botellas de cerveza esparcidas por todas partes. La ropa de los niños se está llenando de moho en la lavadora. El fregadero de la cocina está apilado hasta arriba de platos sucios.

No tengo que buscar mucho para encontrar al culpable. Ben, el viudo de mi hermana, está desmayado en el sillón de la esquina. Un cigarrillo a medio terminar cuelga de entre sus dedos y la otra mano aferra los restos de una Bud Light tibia. Me acerco a paso firme y le arrebato ambas cosas, apagando el cigarrillo en el cenicero y arrojando la cerveza al contenedor de reciclaje. Se sobresalta por un segundo antes de volver a hundirse en un ronquido con la boca abierta.

Ben. El veneno de mi existencia, sin intención de hacer juegos de palabras. Hay una razón por la que no está en la pantalla de bloqueo de mi teléfono. Una razón por la que trato de no pensar en él siempre que puedo evitarlo.

La muerte de Sienna le afectó mucho. No es de extrañar; a todos nos pasó. Cuando alguien tiene una personalidad tan brillante, es difícil no sentir que vives en las sombras una vez que se ha ido.

Pero los niños y yo hemos seguido adelante, sin importar cuánto duela.

Ben, por otro lado, se está revolcando en el lodo. Lo despidieron de su trabajo, así que ahora lo único que hace es beber, fumar y murmurar para sí mismo las veinticuatro horas del día —cosa que hace aquí, ya que sin ingresos no podía pagar la hipoteca de su casa. Cuando se digna a ejercer de padre con sus propios hijos, lo hace como un ogro de cuento de hadas, lanzando bramidos salpicados de saliva y perdiendo los estribos por la más mínima tontería. El otro día hizo llorar a Reagan porque se le rompió la liga para el cabello mientras intentaba hacerle una cola de caballo. Como si eso fuera culpa de ella.

Me repito a mí misma que debo ser comprensiva. Está pasando por un momento oscuro. Ya saldrá de esta.

Al menos, eso espero. La verdad es que, para empezar, nunca me cayó muy bien. Encontré la manera de tolerarlo por el bien de Sienna, porque no hay nada que no hubiera hecho por mi hermana.

Sin embargo, sin ella... es más difícil.

Sacudo la cabeza. No es bueno permitirme estancarme en estos baches. Nada bueno saldrá de preguntarme por qué me tocaron estas cartas en la vida. Solo tengo que hacer lo que me toca. En silencio y sin que nadie me lo agradezca, claro. Pero el mundo no está hecho para ser amable con la gente como yo.

Así que dejo mi bolso, me arremango y hago lo que puedo para que sí lo sea con personas como Josh, Caroline y Reagan.

Las botellas de cerveza van a la basura. La ropa va a la secadora. Los platos se lavan, se secan a mano y se vuelven a guardar en los gabinetes, y poco a poco, el desorden disminuye. En la esquina, la aguja del reloj pasa de la 1:00 a. m. Tengo que estar de vuelta en Bane a un cuarto para las seis. Con el tráfico para cruzar la ciudad, eso significa que me quedan tres horas de sueño como máximo antes de tener que estar en marcha otra vez.

Para cuando termino, la 1:00 a. m. se ha convertido en las 2:30. Camino como zombi por el pasillo. Mi habitación me llama, pero antes de poder sucumbir al sueño, tengo que ir a ver a los pequeños.

La habitación de las niñas es la primera a la derecha. Abro la puerta y me asomo.

Caroline está dormida en la litera de arriba. Su mano está colgando, así que cruzo de puntillas la alfombra rosa peluda de segunda mano y se la acomodo de vuelta en el colchón para que no la atrapen los monstruos. Me detengo a escuchar, pero su respiración es prácticamente imperceptible cuando está completamente noqueada. La primera noche que la tuve bajo mi techo, me aterrorizaba la idea de que hubiera muerto bajo mi cuidado.

Cuando me aseguro de que está cómoda, me agacho para mirar a Reagan. El cabello le ha caído sobre los ojos. Se lo aparto suavemente. A diferencia de Caroline, ella sí ronca. Al dormir, su respiración tiene un verdadero patrón de honk-shoo-honk-shoomimimi, como uno de los enanitos de Blancanieves. Mi angelito. Esas mejillas de manzana roja dan tantas ganas de pellizcarlas. Igual que las de Sienna.

Me pregunto si Rae siquiera recuerda a su mamá. Era muy pequeña cuando la perdimos.

Vuelvo a salir al pasillo y cierro la puerta en silencio tras de mí. Luego avanzo y empujo lentamente la de Josh para abrirla.

Frunzo el ceño. Su cama está vacía, con las sábanas alisadas y bien remetidas en los bordes. Lo hace él mismo todas las mañanas sin falta, aunque nadie se lo ha pedido nunca, que yo sepa. Pero si no está en la cama, ¿dónde está...?

Ah. Miro hacia un lado y lo veo con la cara apoyada contra el escritorio. Está profundamente dormido, con las manos aún jugueteando con algo en su regazo. No entiendo qué es hasta que me acerco y saco el bulto de debajo de él.

Al hacerlo, se me rompe el corazón.

Son sus zapatillas de baloncesto. Ya estaban en mal estado cuando las compramos en la tienda de segunda mano, pero ahora están totalmente destrozadas. Tienen agujeros enormes en ambas suelas, con bolas de toallas de papel y cinta adhesiva a modo de parche. Debía de estar intentando arreglarlas cuando se quedó dormido.

Una lágrima me resbala por la mejilla. Desde que vino a vivir conmigo, no ha hecho ni una sola cosa para sí mismo. Todo lo que hace es por sus hermanas. Hace que Reagan se coma las verduras y ayuda a Caroline a pintarse las uñas. Hace sus tareas y las de ellas. Les revisa la tarea escolar. Tiene ocho años y es lo último que mantiene unida a esta familia rota.

Así que, cuando me confesó tímidamente que quería jugar al baloncesto este año, deseé con todas mis fuerzas poder hacerlo realidad para él.

Pero el dinero simplemente no alcanzaba.

Ruslan me paga bien, pero la ciudad de Nueva York es cara, y Nueva York con tres niños en pleno crecimiento (más un bebé de tamaño adulto que se bebe toda la cerveza) lo es aún más. El dinero parece esfumarse, escapándose por un millón de agujeros distintos. Ropa para la escuela, servicios, alquiler, y esto y aquello.

Aquí un segundo. Al siguiente, ya no está.

Josh lo sabe. Ni siquiera tengo que preguntarle para adivinar que por eso intentaba arreglar las zapatillas él mismo en lugar de pedirme que le comprara un par nuevo.

Me dejo caer al suelo con la espalda apoyada en la pared y rompo a llorar. Lo hago en silencio porque no quiero despertarlo, pero los sollozos provienen de un lugar muy, muy profundo.

Odio lo avergonzada que me siento por estas lágrimas. ¿Por qué debería estarlo? Si alguien tiene motivos para llorar, soy yo. Mi jefe es un imbécil arrogante y mi hermana está muerta y su marido es más una carga que una ayuda y tengo tres niños inocentes a los que hago todo lo posible por criar bien pero parece que no tengo ni un momento de respiro y necesito dormir y comer y más café y unas vacaciones y un nuevo comienzo y— la lista suma y sigue. Un motivo por cada una de mis mil lágrimas.

Solo cuando empiezan a secarse me obligo a pensar con optimismo. ¿Qué diría Sienna?, me pregunto. Ella no puede responder, por supuesto, pero me hago una idea.

Las cosas mejorarán. Tienen que hacerlo.

Lo que es seguro es que no pueden empeorar.

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