Capítulo 3 3

—¡Tía Em! Tía Em, despierta.

Vuelvo en mí de un sobresalto. El sol entra inclinado por las persianas y no tengo ni la más remota idea de en qué planeta estoy. Siento una línea aguda de dolor en la mejilla. Me toma un largo momento darme cuenta de que es porque tengo un cordón de zapato pegado a la piel. Me lo despego con una mueca y levanto la vista para ver a Josh de pie junto a mí.

—Tía Em, son las 7:45. Llegamos tarde a la escuela.

—¡Mierda!

Me pongo de pie de un salto —y de inmediato me caigo de culo—, porque mis piernas están completamente entumecidas por dormir en una posición fetal tan extraña, acurrucada a los pies del escritorio de Josh como una cucaracha muerta.

Los siguientes quince minutos son un borrón. Levanto a las niñas y las visto con los atuendos menos combinados en la historia de la crianza de mierda. Lanzo comida al azar en sus loncheras sin importarme en absoluto el valor nutricional. Y luego todos salimos corriendo por la puerta.

Ben, por supuesto, no mueve ni un dedo para ayudar.

Recibo una mirada fulminante de la recepcionista de la escuela de los niños cuando los dejo bien entrada la primera clase, pero puede meterse sus prejuicios por el culo. Solo les doy un beso en la frente a cada uno y luego me doy la vuelta para mover el culo hacia Bane.

También recibo otra mirada fulminante de la recepcionista del vestíbulo de allí, pero no me doy cuenta del porqué hasta que estoy en el ascensor subiendo al trigésimo piso y veo mi reflejo en el bronce pulido.

Parezco un puto desastre. Mi cabello es un nido de ratas en mi cabeza y mi blusa está al revés. El moderno corte de un solo hombro enmarca el tirante deshilachado de mi sostén en lugar de una elegante porción de brazo desnudo.

Los perros callejeros mojados tienen mejor aspecto que yo.

Sin embargo, ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. Ya puedo imaginarme la ceja de Ruslan. Probablemente ya la tenga a la mitad del cuero cabelludo. Su voz va a ser absolutamente gélida cuando me escuche entrar a trompicones. Algo como:

—Tiene que ser una puta broma.

Espera. Esa no fue mi imaginación. Esa fue realmente su voz.

Abro los ojos y me doy la vuelta para darme cuenta de que las puertas del ascensor se han abierto, ¿y quién iba a estar allí parado sino mi amado y benevolente jefe?

Efectivamente, su ceja está cargada y lista, y esa mandíbula suya, cruelmente afilada, está tan apretada que me pregunto ociosamente si tiene a un buen dentista en marcación rápida.

Abro la boca para defenderme, pero ¿qué hay siquiera para decir?

—Lo siento —suelto de golpe—. Me quedé dormida después... Fue una noche larga y... Lo siento. Lo siento muchísimo.

Él ni siquiera parpadea.

—Espero que se vista de manera apropiada para su trabajo, señorita Carson —gruñe—. No que haga el paseo de la vergüenza por mi edificio.

Frunzo el ceño.

—¿El paseo de...? Un momento. No, esto no es eso. Yo no...

—Lleva puesta la falda de ayer y exhibe su ropa interior como si creyera que puede seducirme para librarse de llegar —mira su reloj— dos horas y media tarde. No estoy seguro de si cree que soy estúpido o fácil. Tampoco estoy seguro de cuál de las dos cosas me ofendería más.

Una palabra capta mi atención.

—¿Seducir? —repito estúpidamente.

De la nada, pensamientos sobre cómo se vería seducir a Ruslan Oryolov se pasean por mi cabeza.

Envolver mi puño con su corbata y acercar esa mueca burlona a mis labios para probarla.

Acostarme de espaldas sobre su escritorio, con la falda lápiz subida por encima de mis caderas, mientras él hace a un lado mis bragas y me devora como si fuera su última comida.

De rodillas en la alfombra de su oficina mientras él está de pie sobre mí y...

—Señorita Carson, no me interesan sus explicaciones. Vaya a hacer su trabajo. Antes de que encuentre a alguien más que lo haga por usted.

Dicho esto, pasa rozándome y sube al ascensor. Me giro y lo miro atónita mientras las puertas se cierran en su cara. Lo último que veo es la curva arrogante de su boca.

Luego, eso también desaparece.

Mis mejillas arden de color rojo durante el resto del día. Por suerte, tengo un suéter extra en mi escritorio, así que puedo cubrir lo peor de mi accidente de vestuario.

Pero mi teléfono no deja de sonar en todo el día con mensajes de Ruslan. Haz esto. Envía eso. Manda esto por fax. Envía aquello por correo electrónico. Está tan insoportable como siempre. Todo, desde la fecha de caducidad de la crema para su café hasta el estado de las sillas de la sala de conferencias con las que es tan quisquilloso, amerita otro comentario mordaz de su parte. Y después de la pesadilla de ayer, estoy al límite de mis fuerzas.

Mi única salvación es que tiene una gala esta noche, por lo que tiene programado irse de la oficina a las 5:00 p. m. en punto. Cuento los últimos diez segundos hasta que el reloj da las cinco como si estuviera celebrando la víspera de Año Nuevo en Times Square.

—Siete... Seis... Cinco... Cuatro... Tres... Dos... Uno...

Ping. Otro mensaje. Suelto un quejido y bajo la mirada para ver el nombre del diablo aparecer en la pantalla de mi teléfono.

RUSLAN: A mi oficina. Ahora.

Maldita sea. Estaba tan cerca.

Suspirando, me levanto y entro con desgana.

—Cierre la puerta —ordena.

Está oscuro aquí adentro. Las cortinas están cerradas herméticamente y la temperatura es ártica. Él es una masa de sombras detrás de su escritorio, enorme y perfumado. Lo único que puedo ver es el brillo penetrante de sus ojos color ámbar.

—Siéntese.

Una mano envuelta en sombras señala la silla al otro lado de su escritorio.

Me siento en el borde de la silla en cuestión. Tengo los nervios alterados y a flor de piel. Estoy muy, muy cansada. Pero no puedo demostrárselo. De hecho, me niego a demostrárselo.

No le daré a ese imbécil engreído la satisfacción de pensar que me ha vencido por cansancio.

—Ayer le pregunté si tenía toda su atención —comienza—. No estoy tan seguro de tenerla. Así que permítame decirle esto: si sus prioridades están en cualquier otro lugar que no sea esta empresa, entonces buscaré una nueva asistente. No soy un hombre amable, señorita Carson. Así que créame cuando le digo que este no es el tipo de lugar donde le dan tres advertencias antes de que ocurra algo malo. Se equivoca una vez, y se va. ¿Fui claro?

Trago saliva.

—Sí, señor.

Él asiente.

—Bien —dice—. Llegue a tiempo mañana. Vístase como si tuviera la intención de conservar su empleo. Ahora, si me disculpa... ahí tiene la puerta.

Baja la mirada hacia su teléfono y, puf, es como si yo ya no existiera.

Pero. Yo. Estoy. Furiosa.

Él no sabe por lo que estoy pasando. No sabe que Ben está roncando y tirándose pedos en mi sala, o que tres niños pequeños me esperan para que los recoja de la guardería. No sabe que enterré a mi hermana o que a duras penas logro mantenerme a flote. No sabe nada.

—No —suelto sin pensarlo dos veces—. No. No. No soy un insignificante gusano bajo su zapato, señor Oryolov. Soy una... es decir, ¡váyase a la mierda, soy una persona! Tengo una vida, pasatiempos y gente que depende de mí. ¡Soy real! Así que le agradecería muchísimo que sacara su engreída cabeza de su engreído trasero y me tratara con un poco de maldito respeto por una vez.

Ruslan parpadea.

Parpadea.

Parpadea.

—¿Hay algo más, señorita Carson?

Es entonces cuando me doy cuenta de que todo mi pequeño sermón tuvo lugar exclusivamente en mi cabeza. No fue real. Todo fue producto de mi imaginación. Solo un agradable y pequeño viaje a una tierra de fantasía donde le digo sus verdades y un poco más.

Paso saliva para deshacerme del sabor amargo en la garganta y me pongo de pie.

—No, señor —digo en voz baja—. Nada en absoluto.

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