Capítulo 4 4
EMMA
—Voy a mear en su auto.
Phoebe, mi mejor amiga, se echa a reír por teléfono.
—¿Que vas a qué? Em, te quiero con locura, pero el fin de semana pasado ni siquiera te atreviste a recordarle al chico de la tienda que habías pedido tu sándwich sin mostaza. No creo que tengas ni un pelo de rebelde. Y desde luego, no tienes ni un pelo de mear-en-el-auto-de-tu-jefe.
Suspiro. Tiene razón. Lo odio, pero tiene razón.
—Es una mierda que Sienna se haya quedado con todos los genes rebeldes —murmuro—. Todo mi ADN está programado para ser sumiso. Solo de pensar en contestarle me da urticaria.
—Ay, nena, no te menosprecies. Eres pura dinamita cuando quieres. Solo estás tolerando al Príncipe Imbécil porque necesitas este trabajo para que a los niños no les falte de nada. Comida en la mesa, un techo sobre sus cabezas, todo eso. Eres una mártir, en serio. Deberían hacerte estatuas.
Resoplo y me bajo del tren en mi parada.
—No hace falta, gracias. No necesito estatuas mías. Solo me gustaría que no me trataran como a una ciudadana de segunda clase en mi lugar de trabajo.
—Bueno, si los deseos fueran peces, todos tendríamos algo que comer —dice Phoebe con tono sabio.
—¿Qué demonios significa eso?
Puedo escuchar el encogimiento de hombros en su voz.
—Ni idea. Es algo que decía mi mamá. La gente de Oklahoma es rara, ¿qué te puedo decir?
Toda la familia de Phoebe nació y se crio en la región del Dust Bowl. Ella creció a las afueras de Nueva York, justo enfrente de Sienna y de mí, pero heredó el acento y generaciones de sabiduría popular sin sentido.
—Aunque parece un deseo bastante razonable. Es una locura que me diga que no estoy dedicada a su trabajo. Estoy ahí de sol a sol todos los malditos días. Sueño con hojas de cálculo, ¿lo sabías? Literalmente tengo sueños con el estúpido calendario coordinado por colores y las listas de tareas de Ruslan. Incluso cuando duermo, estoy trabajando. Es una locura.
—A mí me lo vas a decir, nena. Pero continúa; no dejes que te interrumpa.
La gente me mira raro mientras subo las escaleras de la estación de metro para volver al nivel de la calle, pero no me importa. Todas las cosas que desearía poder decirle a Ruslan brotan de mis labios como vómito verbal.
—¡Es tan malditamente engreído! ¿Quién se cree que es? O sea, ¿crees que llega a su casa y se mira al espejo para reírse a carcajadas y retorcerse el bigote como un villano malvado de cómic? En plan: Muajaja, otro día exitoso arruinándole la vida a mi secretaria. Bien hecho, Ruslan, muy bien hecho.
—¿Tiene bigote?
—Pheebs. Concéntrate.
—Cierto. Lo siento. Es solo que tenía una imagen mental muy específica de él, ¿sabes? Alto, moreno, con esa sonrisa sexi y sugerente que es como si dijera ¿Quieres que nos vayamos de aquí? sin decirlo realmente... Abdomen marcado, venas en los antebrazos —oh, Dios, me encantan unas venas sexi en los antebrazos—, y no sé, tal vez un tatuaje ardiente en alguna parte, pero en un lugar donde tengas que desvestirte un poco para verlo, así que es como...
—Pheebs. No ayudas.
—Cierto. Lo siento.
El problema es lo precisa que es su descripción. He sabido desde el principio de mi empleo en Bane que Ruslan es un imbécil. Pero también he sabido que es uno estúpidamente atractivo.
He visto suficientes destellos de sus tatuajes como para querer ver más. He visto suficientes destellos de esa sonrisa —es rara, pero existe— como para querer que la dirija hacia mí. Solo una vez. ¿Es mucho pedir?
Al parecer, la respuesta es un rotundo «sí».
Con cansancio, subo pesadamente las escaleras hacia mi apartamento. Es extraño llegar a casa antes de que se ponga el sol. Los niños seguirán en sus actividades extracurriculares por otros cuarenta y cinco minutos y Ben está en una «feria de empleo» (que es como deberían renombrar oficialmente al bar del vecindario), así que tengo un raro momento libre para mí sola.
—Cuéntame algo sobre ti —pido mientras abro la puerta principal.
—Estás cambiando de tema —acusa Phoebe.
—Totalmente. Compláceme.
Ella exhala.
—A ver, a ver... Salí con ese tipo, el chef estrella, el fin de semana pasado.
—¿Ah, sí? Te encantan los antebrazos, ¿verdad?
—Culpable de los cargos. Fue una buena cita, la verdad. Las ostras, por lo visto, sí que son afrodisíacas.
—¿Supongo que tuviste suerte?
Phoebe resopla.
—Él tuvo suerte, querrás decir. No cualquiera tiene la oportunidad de cenar el dulce néctar de mi...
—Sí —interrumpo apresuradamente antes de que se emocione demasiado y no haya quién la pare—. Ya me hago una idea. Además, no digo que cualquiera pueda, pero según mis cuentas, muchos lo hacen. Estuvo el contador...
—¡Me ayudó a hacer mi declaración de impuestos!
—El cuidador del zoológico...
—¡Me prometió que podría ver a su mono mascota!
—El terapeuta, el trabajador de la plataforma petrolera, el estudiante de doctorado...
—Está bien, está bien, lo entiendo. Soy una sucia bruja ramera y deberían quemarme en la hoguera —dice apresuradamente—. Pero, primero, estamos en el año de Nuestro Señor 2023, así que avergonzar a las mujeres por su vida sexual ya no es socialmente aceptable. Y segundo, demándame por disfrutar un poco de la vida. Soy joven, atractiva y quiero ver qué ofrece el mercado. Tú deberías hacer lo mismo.
Suelto una risita. Ella sabe que en realidad no la estoy juzgando; es más que nada la envidia la que habla. Hace tanto tiempo que no me acuesto con nadie que me aterra la idea de que me estén saliendo telarañas entre los muslos.
—Lo sé —digo con otro suspiro de cansancio—. Debería. Es solo que... no puedo, ¿sabes? O sea, no tengo tiempo, y aunque lo tuviera, tampoco es que tenga a una multitud de candidatos derribando mi puerta por una oportunidad para invitarme a salir.
—Los tendrías si te animaras a salir un poco más, nena —dice Phoebe con voz suave—. Sé que es difícil. Sé que extrañas a Sienna. Sé que tienes a los niños en quienes pensar y a Ben a quien ignorar. Pero solo... inténtalo, ¿de acuerdo? Prométeme que lo intentarás. Si hay alguien en tu vida con quien te imaginas intentándolo, vale la pena arriesgarse. El mañana nunca está garantizado, cariño. Tú y yo lo sabemos mejor que nadie. Así que te debes a ti misma, y a todas las personas que te aman y dependen de ti, el ser feliz.
Dejo caer mi bolso sobre la mesa de la cocina y me desplomo en el sillón. Algo húmedo cruje debajo de mí, y resulta ser un burrito de Taco Bell a medio comer. Obra de Ben, sin duda, junto con el resto del desorden en la casa que literalmente limpié ayer.
Haciendo una mueca, saco el taco y lo lanzo al basurero más cercano.
—Tienes razón. Lo intentaré.
—¿Lo juras por el meñique?
—Sí. Lo juro por el meñique.
—De acuerdo —dice Phoebe, sonando satisfecha—. Tengo que ir a mi clase de Yoga para Chicas Sexis. Te amo con la intensidad al rojo vivo de mil soles. Dale mi amor a los pequeños también. Chao, chao.
Luego, cuelga.
Dejo caer la mano en mi regazo. El teléfono se desliza por el hueco entre el cojín y el reposabrazos, pero dejo que se quede encajado ahí.
