Capítulo 5 5
Hay mucho silencio sin la voz de mi mejor amiga en mi oído. Un silencio extraño. Ni siquiera recuerdo la última vez que hubo tan poco caos a mi alrededor. Y si cierro los ojos e ignoro el desastre, es aún más maravilloso.
Al menos por un momento.
Entonces aparece un rostro en la pantalla negra de mi mente.
Es Ruslan porque, como le dije a Pheebs, me persigue incluso cuando no estoy trabajando. Está sonriendo con esa sonrisa que ella describió. Esa sonrisa de ven-a-la-cama-y-déjame-mostrarte-lo-que-puedo-hacerte. La cámara de mi imaginación retrocede y flota hacia abajo.
El Ruslan imaginario lleva una camisa abotonada color blanco marfil con los dos primeros botones desabrochados. Lo suficiente para ver un poco de vello oscuro en el pecho y el borde de un tatuaje que no logro distinguir. Flexiona los antebrazos frente a él. Esos nudillos crujen, más fuerte de lo que esperaba, y dejo escapar un pequeño jadeo de sorpresa.
—Me gusta cuando haces ese ruido —canturrea—. ¿Debería ver si puedo hacer que lo hagas de nuevo?
Asiento antes de siquiera darme cuenta de lo que estoy haciendo.
—Hazme gemir —suplico.
También me estoy tocando la parte interior de la rodilla antes de darme cuenta de lo que hago. Pero no son mis manos las que lo hacen, o al menos, no se sienten como mis manos. Son las manos de Ruslan, enormes y poderosas, acariciando mi muslo y subiendo por debajo del borde de mi falda tubo.
—Has sido una asistente muy traviesa —gruñe, con su aliento a menta en mi cara, donde se mezcla con la especia amaderada de su colonia. Hay una leve risa en el borde de su voz, como si supiera que todo esto es una locura, pero simplemente se deja llevar porque es más excitante que ridículo—. Has sido muy, muy mala. Entra a mi oficina y cierra la puerta.
El resto del mundo desaparece como si acabara de seguir sus órdenes. Atrás queda mi apartamento desordenado y el olor persistente a queso de burrito. Ruslan es todo lo que huelo ahora.
Esa colonia.
Ese aliento.
Debajo de eso, ese almizcle que enciende mis terminaciones nerviosas.
—¿Vas a castigarme, Ruslan? —susurro.
—Eso te gustaría, ¿no? Te encantaría que te inclinara sobre mi escritorio y te bajara la cremallera de esa falda hasta que cayera alrededor de tus tobillos. Te encantaría que deslizara mi palma por tu trasero desnudo en una tierna caricia antes de levantarla y azotarte lo suficientemente fuerte como para hacerte chillar de nuevo. Te volverías jodidamente loca si dejara que mis dedos vagaran hacia abajo para separar tus muslos y arrastrar un dedo lento y provocativo a través de tu humedad. Te encantaría todo eso, ¿no es así, señorita Carson?
Me muerdo el labio inferior frenéticamente. Mi propia mano baila hacia arriba y toca el borde de mis bragas, luego se hunde por debajo y las hace a un lado. Estoy palpitando de humedad. Dolorosamente mojada. El susurro de la brisa del aire acondicionado en mi coño es casi suficiente para llevarme al límite.
—Pero ese es el problema, señorita Carson. Te encantaría demasiado. ¿Qué clase de castigo sería si disfrutaras cada segundo de él? Tengo una idea mejor.
Estoy literalmente en el borde de mi asiento, frotándome y empujando contra mis dedos. El Ruslan imaginario me tiene comiendo de la palma de su mano. Haría cualquier cosa por él. Diría cualquier cosa. Sería cualquier cosa.
—Sí, señor —raspo—. Tiene razón, señor. ¿Qué tenía en mente?
—Voy a empezar con lo que acabo de describir. Inclinarte, provocarte, azotarte. Luego voy a presionarte de cara contra mi escritorio mientras me agacho detrás de ti y pongo mi lengua donde estaban mis dedos. Voy a lamer cada gota de ti. Al principio, será solo la punta de mi lengua. Solo un beso ligero y revoloteante en los labios de tu coño. Rozaré tu clítoris y tú te empujarás contra mí, buscando más. Pero te inmovilizaré contra el escritorio y gruñiré: «No te atrevas a moverte a menos que te lo diga». ¿Y qué dirás a eso?
—No me moveré, señor —grazno desesperadamente—. Haré exactamente lo que quiera que haga. Me quedaré ahí mientras me come.
—Esa es una buena respuesta, señorita Carson. Es la única forma en que lograrás que siga adelante. Pero si eres una buena chica, si escuchas y obedeces, entonces seguiré. Mis besos entre tus muslos se convertirán en largas pasadas de mi lengua sobre ti. Luego separaré los labios de tu coño e iré más profundo. Empujaré un dedo entre tus pliegues, luego otro, y los curvaré para acariciar las partes más profundas de ti, las partes donde solo tocarlas te hace temblar como un cable pelado. Iré cada vez más rápido, entrando y saliendo de ti como un pistón, mientras devoro tu humedad, hasta que tus piernas tiemblen y esos gemidos sean música a todo volumen en mis oídos. ¿Cómo suena eso?
—Suena tan jodidamente bien, señor —digo, metiendo y sacando los dedos de mi interior—. Por favor, haga eso. Por favor, por favor.
Vas a estar justo ahí. Justo en el borde. Puedes sentirlo, ¿verdad? El orgasmo más grande de tu vida está ahí mismo, jodidamente listo para que lo tomes. Todo lo que tengo que hacer es lamerte de cierta manera mientras muevo mis dedos justo así, y te vas a correr para mí como mi princesita especial, ¿verdad? Lo sé. Lo sabes. Ambos solo estamos esperando el momento adecuado. Y está por llegar, te lo prometo. Ese momento se acerca más y más y más y más, y yo te estoy lamiendo y metiendo los dedos, y tú estás gimiendo y teniendo espasmos, y estamoscasijodidamenteahí y entonces...
—¿Y entonces qué? —grito—. ¿Y entonces qué?
Y entonces me voy a detener. Me voy a poner de pie y a retroceder. Te voy a dejar ahí, como un jodido desastre húmedo y arruinado, como un recordatorio de que, al igual que tu corazón y tu mente y tu cuerpo y tu alma y tu tiempo libre y tus esperanzas y sueños... que al igual que todo eso, tus orgasmos me pertenecen.
Me corro con más fuerza que nunca en mi vida, incluso mientras mis labios forman el —¡Nooo!— más desgarrador que jamás haya escuchado.
Es como si me atropellara un autobús, si el autobús apuntara directamente a mi clítoris y además fuera un compactador de basura que me exprime de adentro hacia afuera mientras me prende fuego y luego me congela de pies a cabeza.
El Ruslan imaginario es exactamente el mismo bastardo cruel que el Ruslan real. Dijo que se quedaría con mis orgasmos, pero siento que este se lo robé. La euforia me atraviesa como un interminable relámpago tras otro, hasta que por fin, lo que parece ser una hora después, regreso a algo parecido a un estado de conciencia normal, con baba en los labios y los dedos mojados y pegajosos de mi propio deseo.
Me pongo de pie sobre unas piernas tan temblorosas como él dijo que estarían. Me duele la garganta de tanto gemir y estoy adolorida a más no poder. Al levantarme, mi teléfono cae al suelo con un estrépito.
Me agacho para recogerlo—
Y me paralizo de horror.
El nombre de Ruslan ilumina mi pantalla.
Y la llamada está activa.
La realidad de lo que está sucediendo me golpea el estómago de inmediato, pero mi cabeza tarda unos momentos en asimilarlo.
Durante siete minutos y treinta y dos segundos, he estado en una llamada con Ruslan Oryolov.
Durante siete minutos y treinta y dos segundos, me he estado masturbando con la fantasía más absolutamente sucia que jamás haya tenido, protagonizada por Ruslan Oryolov.
Durante siete minutos y treinta y dos segundos, mi teléfono ha estado registrando cada gemido, jadeo, respiración y espasmo que tuve mientras rogaba por su piedad y le suplicaba que me hiciera correr.
¿Acaso Ruslan escuchó todo el maldito asunto?
4
RUSLAN
—¿Hemorragias nasales?
—Un contratiempo menor. Nada de qué preocuparse. Tuvimos algunos casos de sangrado en cada ensayo —Mi químico principal arrastra los pies hacia la impecable mesa blanca del laboratorio, donde hay series de tubos de ensayo dispuestos en ordenados arreglos, cada uno rebosante de un líquido blanco. Titubea y carraspea, hojeando sus libretas como si las respuestas a mi irritación se fueran a encontrar allí.
Jodidos científicos. Son brillantes.
También son un maldito dolor en el trasero.
Me aclaro la garganta.
—Sergey, sígueme la corriente. ¿Qué es Venera?
Sus ojos encapotados parpadean con confusión. Sabe que conozco la respuesta, porque Venera es la apuesta de mil millones de dólares que asegurará el futuro de la Bratva Oryolov; lo que no sabe es por qué lo pregunto.
—Es, eh... es un afrodisíaco con propiedades levemente alucinógenas.
—Buen trabajo fingiendo que soy estúpido. Sigue así. ¿Un afrodisíaco sería...?
Sus parpadeos se vuelven cada vez más rápidos hasta que empiezo a preocuparme de que pueda sufrir una avería.
—E-es un es-estimulante erótico. Diseñado para inducir f-fuertes i-impulsos s-sexuales.
—Excelente. Ahora, ¿las hemorragias nasales te parecen particularmente eróticas, Sergey?
Mira a sus tres protegidos vestidos con batas de laboratorio. Están de pie en una fila ordenada, imitando sin querer a las muestras de los tubos de ensayo de Venera.
—No, señor.
—No es correcto —gruño—. Las hemorragias nasales no son eróticas. Por lo tanto, no es un contratiempo menor. Es un jodido problema. Lo que quiero saber es: ¿tiene solución?
Traga saliva con la fuerza suficiente para que pueda escucharlo por encima del sordo estruendo del equipo de laboratorio que funciona a nuestro alrededor.
—Lo intentaré, señor.
Lo fulmino con la infame mirada de los Oryolov, esa que hace que los hombres adultos quieran mearse en los pantalones cuando intentan sostenerla.
—No lo intentes. Hazlo.
