Capítulo 1 Cap. 1

Aria Spencer miraba el vestido colgado en el perchero. Blanco. Impoluto. Hermoso. Suspiró profundo, sintiendo un cosquilleo en el corazón, al día siguiente su vida entera cambiaría por completo.

James Koch, había pasado por su departamento al final de la tarde. Impecable, como siempre.

La había abrazado por detrás. Le había hablado al oído, con voz baja y posesiva.

“Disfruta tu última noche libre. Mañana ya eres mía”

Aria sonrió. Como siempre sonreía. No discutió. James se había ido sin más advertencias.

Horas después, en el bar con sus amigas, el ruido le golpeaba los oídos. Las luces la cegaba, y la música era demasiado alta para su gusto.

Marga, sentada a su lado, desbloqueó el móvil con una sonrisa traviesa.

—Tienes que ver esto.

Aria se inclinó. Y el mundo se le vino abajo.

Era un video corto, un bar exclusivo. Mujeres bailando alrededor de un grupo de hombres.

Y en el centro, con una copa en alto y la sonrisa relajada: James.

—¿Es él…? —Aria sintió náuseas.

—Un amigo lo subió hace una hora —avisó Marga—. “Última noche de soltero”.

Aria vio el video otra vez. No era infidelidad. Técnicamente. Pero tampoco lo que él le había dicho un noche en bar solo-amigos.

—A James no le gustan estas cosas —murmuró, más para sí misma.

Marga alzó una ceja.

—Claro que le gustan. Lo que no le gusta es que tú las hagas.

Aria pidió un trago. Luego otro. El alcohol le quemaba, pero siguió bebiendo. El enojo subía por sus venas.

—Si él tiene su última noche —dijo alzando la copa—, yo también.

Los strippers subieron al escenario. Ella miró sin culpa. Bailaba al ritmo de la música moviendo su cuerpo de manera sensual.

Entonces sus ojos se clavaron en los de un hombre, que parecía tener su atención centrada en ella. Estaba apoyado en la barra. Era Alto, de hombros anchos. Con una presencia que apagaba el ruido. No miraba el show. La miraba a ella.

Él levantó su copa. Brindó a la distancia. El pulso de Aria se disparó. Él caminó hacia ella. Directo. Sin rodeos.

—No pareces cómoda —dijo al llegar, su voz sonó grave, ronca.

Ella lo miró de cerca. Era Demasiado atractivo. Rostro marcado por experiencia. Treinta y tantos. Elegante. Decidido. Poderoso.

—No lo estoy —admitió, sin saber por qué era tan honesta.

—Entonces no deberías quedarte.

—Y tú tampoco pareces disfrutarlo.

Él sonrió de medio lado.

—Tampoco es lo mío.

Hablaron demasiado fácil, ella parecía otra. Cuando él le rozó la mano al pasarle otra copa, el contacto fue breve. Pero le quemó la piel.

«Esto es peligroso», pensó. Pero no apartó la mano.

—Propongo otro lugar —dijo él.

Aria dudó un segundo. Pensó en James. Lo imaginó rodeado de mujeres. Bebió el resto del trago de un golpe. Se armó de valor.

—Vamos.

Salieron del bar sin que ella avisara a nadie. Subió al auto de ese desconocido como si una fuerza invisible la empujara. Nunca había hecho algo así. Pero esa mirada intensa, esa sonrisa ladeada, le daban una confianza ciega, irracional.

El hotel surgió de la nada, como si el destino lo hubiera puesto ahí.

En la habitación, él no se lanzó como un animal. Se quedó parado, mirándola de arriba abajo, lento, como si la devorara con los ojos.

—No te vas a arrepentir, al contrario esta noche será inolvidable —advirtió con voz gruesa, ronca que le vibró en el pecho.

Esa sola promesa la hizo arder. Aria no contestó con palabras. Se acercó, le tomó el rostro entre las manos y lo besó, desesperada.

El beso empezó suave, pero explotó en segundos. Sus lenguas hicieron contacto, y ella sintió un calor intenso bajarle por el vientre. Él la apretó contra la pared, sus manos grandes bajaron por su espalda hasta clavarse en sus caderas. Aria jadeó cuando notó su erección dura presionando contra ella.

«Dios, esto es una locura... pero lo necesito», pensó, mientras sus dedos le arrancaban la camisa, ansiosos.

Se desnudaron con urgencia. Él soltó un gruñido al ver sus pechos desnudos, los tomó con firmeza, los apretó hasta hacerla arquearse. Chupó un pezón con fuerza, mordisqueando, y ella soltó un gemido que reprimió de inmediato, por hábito.

Nunca con James había sido así. Con él siempre se contenía, gemía bajito, como si el ruido fuera pecado. James odiaba que fuera "demasiado expresiva", decía que era vulgar.

Pero este desconocido...la miró con ojos oscuros, llenos de fuego.

—No te contengas —ordenó, la voz fue como un látigo suave—. Quiero oírte gemir fuerte. Muéstrame lo que sientes de verdad.

Ella tragó saliva.

«¿Puedo? ¿De verdad?»

Él la levantó en brazos, la tiró sobre la cama con controlada rudeza. Se colocó encima, piel contra piel. Bajó una mano entre sus piernas, la encontró mojada, resbaladiza. Los dedos entraron sin piedad, curvándose dentro de ella, bombeando.

—Gime para mí —exigió, con el pulgar presionó su clítoris en círculos duros—. Más fuerte.

Ella obedeció, un gemido alto escapó de su garganta, crudo, sin filtros.

«Esta... esta soy yo de verdad», pensó, entonces se dejó llevar, alzó las caderas contra su mano, pidiendo más.

Él sacó los dedos, la miró con una sonrisa perversa. Del cajón de la mesita sacó una corbata y le ató las muñecas a la cabecera de la cama, no demasiado apretado, pero lo suficiente para que se sintiera expuesta, vulnerable, como un juego prohibido que la excitaba más de lo que imaginaba.

—Ahora eres mía —susurró, mordisqueándole el cuello mientras bajaba por su cuerpo, alternando besos y mordidas.

La abrió de piernas con las rodillas, se posicionó entre ellas. La penetró de una embestida profunda, llenándola por completo. Ella gritó, el placer se mezcló con un toque de dolor que la volvió loca.

—Mueve las caderas —ordenó, palmándole el muslo con fuerza, dejando una marca roja que ardía deliciosamente—. Gime más fuerte, déjate ir.

Ella lo hizo. Sus gemidos resonaron en la alcoba, mientras él la follaba con ritmo implacable, profundo, cada golpe le arrancaba sonidos que nunca había dejado salir. Las manos atadas la hacían sentirse dominada y libre al mismo tiempo.

«Con James nunca... él me hace callar, pero esto... esto me hace sentir viva», pensó.

El orgasmo empezó a construirse alrededor de su vientre como una tormenta.

Él aceleró, colocó una mano en su garganta, hizo una presión ligera, solo para recordarle quién mandaba, con la otra pellizcó un pezón.

—Córrete para mí —gruñó—. Fuerte.

El clímax le hizo convulsionar el cuerpo, gimió fuerte sin control mientras se contraía alrededor de él. Él la siguió, embistiendo una vez más, gimiendo ronco contra su piel mientras se derramaba dentro.

Quedaron jadeando, sudorosos, él le desató las muñecas con ternura inesperada. No dijeron nada, no sabían sus nombres, no era necesario.

Al amanecer, ella se vistió en silencio, tenía el cuerpo marcado por la noche, el alma revuelta. La culpa llegaba a oleadas, pero el recuerdo de esos gemidos libres la hacía sonreír en secreto.

Él se había quedado dormido, ella lo contempló unos segundos.

«Gracias por esta noche» le dijo en la mente, pensando que no lo volvería a ver, sin imaginar que el destino le tenía preparada una sorpresa.

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