Capítulo 2 Cap. 2
Aria se miraba en el espejo del tocador, con el corazón latiéndole fuerte.
Tomó la base de maquillaje, agarró una capa más gruesa que lo normal. La extendió con dedos temblorosos sobre el cuello, donde quedaban marcas leves, mordidas que ardían al recordarlas. Luego el corrector. Polvo. Todo para tapar lo de anoche.
«Me siento sucia», pensó, los ojos se le llenaron de lágrimas que no dejó caer para no arruinar el resto del maquillaje. La culpa le apretaba el estómago. Se sentía traidora. Inmunda.
«¿Cómo había permitido que un desconocido la tocara así? ¿Que la hiciera gritar de esa forma?»
De pronto la puerta se abrió de golpe. Su madre entró, perfumada, impecable, con el vestido que costaba una fortuna que ellas no tenían, pero que Catalina había aprovechado la generosidad de su futuro yerno.
—¿Estás lista? —preguntó, ajustándose el collar.
Aria tragó saliva. Miró su reflejo una vez más.
—No lo sé —susurró.
Catalina se detuvo en seco.
—¿Qué? ¿No te das cuenta de cuántas mujeres pagarían por estar en tu lugar? —La voz subió de tono—. Piensa un poco, niñita. James será el futuro presidente de Koch Motors. Y tú serás su esposa. ¿Quieres seguir siendo una empleada de por vida?
Aria apretó los labios.
—Yo no me caso con James por dinero.
La madre resopló, se acercó, le acomodó un mechón de pelo con brusquedad.
—Pues deberías. Y apúrate que ya es tarde.
Salió dando un portazo.
Aria se quedó sola otra vez. Inhaló profundo. Se miró las manos. Temblaban.
«Solo fue una noche de locura, de tragos, ya no pienses en ese hombre», se repitió. «Una noche no puede destruir una vida entera»
Alzó la vista hacia el espejo.
—James… —murmuró—. James siempre estuvo ahí.
La frase no la tranquilizó del todo, pero la repitió igual.
—Me dio un lugar cuando no lo tenía —añadió, como si necesitara oírlo en voz alta—. Nos ayudó cuando más lo necesitábamos.
Cerró los ojos un segundo.
«El amor no siempre se siente como fuego» pensó y enseguida se colocó el vestido de novia, sin dudarlo.
El jardín estaba lleno de flores blancas y sillas doradas. Los invitados ya ocupaban sus lugares, murmuraban entre sí, miraban los relojes. El sol pegaba fuerte, pero Aria sentía un escalofrío.
James no llegaba.
Ella estaba de pie en el balcón, tenía el ramo apretado contra el pecho, el vestido pesado como una armadura. La gente cuchicheaba y no lo hacían en voz baja, lograba escucharlos.
—¿Dónde está el novio?
—¿Se habrá arrepentido?
Las miradas le quemaban la piel.
«¿Será que te arrepentiste?», pensó, mirando el altar vacío. «Que ironía, soy yo la que debería no estar aquí, después de…».
De pronto, se oyó movimiento. James apareció al fondo, caminando rápido. Elegante, sí, con su frac impecable, pero el pelo un poco revuelto, los ojos algo hinchados, como si acabara de despertar de una resaca.
Los invitados suspiraron aliviados. La música empezó.
Aria bajó las escaleras como pudo y se acercó a él. Lo miró fijamente y frunció la nariz.
—Hueles a licor —susurró, la voz temblorosa.
James la miró de reojo, esbozó una sonrisa.
—No puedes reclamarme nada —dijo bajito, entre dientes—. Era mi última noche. No te vayas a volver como esas mujeres cansonas que suspenden la boda ya.
Aria sintió el golpe en el estómago.
—Pues debería hacerlo —respondió, sin pensar.
James la agarró del brazo. Con fuerza, sus dedos se clavaron en la piel de Aria. Algunos invitados cercanos giraron la cabeza.
Él aflojó de inmediato, respiró hondo, forzó una sonrisa para la gente.
—Lo siento, cariño —murmuró, acercándose más—. Prometo no volver a beber. ¿Acaso tú no hiciste nada malo anoche?
Aria se enrojeció de golpe. El calor le subió al rostro. Las manos le temblaron dentro del ramo. Tragó saliva con dificultad.
«Él no sabe. No puede saber».
—Yo… —balbuceó.
James alzó una ceja, esperando. Aria miró al suelo un segundo. Luego levantó la vista, la voz apenas audible.
—Más bien vamos a casarnos ya.
Él sonrió victorioso. Le tomó la mano. La música subió de volumen. Y empezaron a caminar hacia el altar.
La ceremonia empezó con la boda civil. La mano de Aria tembló cuando firmó el acta que la convirtió en la esposa del poderoso James Koch.
Luego se inició la celebración religiosa: Aria estaba de pie junto a James frente al sacerdote, apretaba el ramo como si eso la sostuviera en pie, el corsé del vestido la asfixiaba.
«Tranquila Aria. James te ama, y tú a él»
Suspiró profundo, giró su rostro, lo miró, era atractivo, de mirada profunda, piel clara, ojos verdes, cabello rubio, alto, musculoso, en ese momento Aria Spencer era la mujer más envidiada.
El sacerdote, un hombre mayor con voz solemne, recitaba las palabras rituales, las promesas de amor eterno que sonaban huecas en sus oídos.
El sacerdote levantó la voz, el momento llegó.
—Si hay alguien en esta ceremonia que esté en contra de esta unión, que hable ahora o calle para siempre.
Un silencio profundo se hizo en el jardín.
De pronto un hombre emergió como de la nada, era alto, de hombros anchos, llevaba un traje oscuro y elegante, pero su sola presencia, paralizó el ambiente. Llegaba tarde, quizás invitado por obligación familiar, pero nadie lo esperaba de verdad. Caminaba directo al altar, con los ojos fijos adelante, como si el mundo no existiera.
El sacerdote lo miró pensando que venía a interrumpir la boda.
De entre los invitados alguien lo reconoció al instante: Era Oliver Koch, el hijo bastardo de George Koch, el escándalo familiar que todos fingían olvidar. El que nadie quería cerca, el que manchaba el apellido con su existencia.
Invitados cuchicheaban, había miradas de desprecio y sorpresa.
«¿Qué hace él aquí?». «El bastardo». «Deberían echarlo».
El padre de James, Cameron, se puso de pie de golpe en la primera fila. Tenía el rostro rojo y los puños cerrados.
—¿Quién invitó a ese bastardo? —preguntó en susurros a su esposa.
—No fui yo —balbuceó ella.
«¡Fuera de aquí!», parecía gritar Cameron con los ojos, pero no podía hacer un escándalo en la boda de su hijo. Al menos no en ese momento.
James giró el rostro despacio, atraído por el revuelo. Vio a Oliver acercándose, Lo reconoció enseguida, su rival de cuando eran niños: su tío, el error de su abuelo, el que siempre la familia odiaba.
Entonces Aria giró y lo vio, sus ojos se clavaron en él. Oliver también la miró, frunció el ceño, arqueó una de sus cejas. La observó sin pudor.
Era el mismo hombre con el cual tuvo ese encuentro intimo la noche anterior. Palideció por completo, sus labios temblaron sintió que el aire le faltaba.
«¡Dios! ¿Qué hace él aquí? ¿Viene a decir lo que pasó?» Las piernas le fallaron. El ramo cayó. Todo se volvió negro. Se desmayó.
Nota:
Para leer esta historia es importante tener la mente abierta, los personajes pueden tener moral cuestionable, no son perfectos, si no te agradan este tipo de historias recomiendo no leer, no es necesario venir a dejar malos comentarios, cuando a uno algo no le agrada pasa de largo y listo. Gracias.
