Capítulo 3 Cap. 3
Aria abrió los ojos despacio, algo aturdida. Estaba acostada en el sofá grande de la casa principal. El corazón se le aceleró cuando vio a James a su lado.
«Todo se descubrió», pensó de inmediato. «Saben lo de anoche»
James la miraba con preocupación, no con furia. No había rastro de rabia en esos ojos verdes. Solo inquietud.
—¿Estás bien? —preguntó él, voz baja, casi tierna.
Aria tragó saliva. Sentía la garganta seca.
—Sí… ¿qué pasó?
James suspiró, se pasó una mano por el pelo revuelto.
—Nada importante. Un invitado no deseado.
Aria se incorporó un poco, sentía el corsé apretándole las costillas.
—¿Invitado? ¿A qué vino?
James apretó la mandíbula un segundo.
—Es una larga historia. Seguro vino a indisponer a mi familia. Pero eso no importa. Tenemos que continuar con la boda.
Aria sintió un escalofrío bajarle por la espalda.
—¿Indisponer? ¿Por qué?
James se tensó. La miró fijo.
—Ya te dije que eso te lo cuento después —dijo, voz cortante—. Ahora vamos a casarnos.
Aria tembló. Las lágrimas llenaron sus ojos. Se le escaparon por las mejillas, arruinando el maquillaje que tanto esfuerzo le había costado.
James frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Ella sollozó bajito.
—James… perdóname…
Él frunció el ceño.
—¿Qué tengo que perdonarte?
Aria en medio de sollozos respondió.
—Todo ha sido hoy accidentado. Primero llegas tarde oliendo a licor, ahora esto… No sé. Siento que es mejor suspender la boda… unos días… por favor —suplicó.
James se puso de pie de golpe.
—Eso jamás —dijo tajante, como si la idea le quemara.
En ese momento, la puerta del salón se abrió. Ana, la madre de James, entró con paso firme. Con su vestido de diseñador, sus joyas costosas, pero el rostro serio. Miró a su hijo, luego a Aria.
—¿Qué pasa? —preguntó.
James resopló.
—Ella quiere suspender.
Ana se acercó al sofá, se sentó al otro lado de Aria.
—Pues por primera vez estoy de acuerdo con Aria —dijo, mirando a James—. Siento que es mejor suspender la boda religiosa. Será lo mejor, hijo. Diremos que la novia está indispuesta. Un mareo, el calor, lo que sea. Nadie va a cuestionar.
James se quedó quieto. Cerró los puños. Miró a su madre, luego a Aria, que seguía llorando en silencio.
Pasaron segundos eternos.
De mala gana, James asintió.
—Está bien —murmuró, la voz tensa—. De todos modos yo no creo en esas tonterías de la iglesia, la que cuenta es la boda civil y ya eres mi esposa.
Aria lo miró. No dijo nada. Solo asintió, con el pecho apretado.
Ana se levantó.
—Voy a hablar con el sacerdote y con los invitados. Descansa un momento.
Salió.
James se quedó ahí, mirándola. No se acercó. No la abrazó.
Aria se limpió las mejillas con el dorso de la mano.
«Soy su esposa», pensó. «Legalmente. Para siempre».
Pasó media hora. Aria ya se había quitado el vestido de novia. Ahora llevaba un sencillo vestido blanco corto. El maquillaje corrido lo había limpiado como pudo. Se sentía exhausta, como si le hubieran sacado el aire.
Estaban todos reunidos en la sala grande: James sentado en el sillón principal, con la corbata floja y cara de pocos amigos. Ana a su lado, hablando en voz baja con Cameron, que no dejaba de mirar la puerta. Todos los invitados se habían marchado.
La puerta se abrió de golpe.
Él entró. Con esa presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. Caminó directo al centro de la sala, como si fuera suyo el lugar.
Aria se tensó de inmediato. El corazón le dio un vuelco. Lo reconoció al segundo: el desconocido del hotel. El que la había tocado, atado, hecho gritar. El que aún sentía en la piel.
Él la miró primero. Directo a los ojos.
—Lamento que la boda no continúe —dijo con voz grave, calmada—. ¿Se siente bien, señora?
Aria palideció. Las manos le temblaron sobre el regazo. Tragó saliva, apenas pudo asentir con la cabeza. No le salió la voz.
James se puso de pie.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, seco.
Oliver giró hacia él, dibujó una media sonrisa.
—Soy parte de esta familia —respondió—. ¿No piensas presentarme?
Cameron soltó un bufido desde su sillón. Se levantó también con el rostro rojo.
—¿Cómo quieres que te presente? ¿Como mi medio hermano, el bastardo?
La sala se quedó helada. Ana frunció el ceño con disgusto.
James respiró hondo, miró a Aria un segundo, luego a Oliver.
—Basta, papá, recuerda tu presión, no te alteres —espetó entre dientes—. Hagamos esto simple. Aria, este hombre es mi tío: Oliver Koch. Un desafortunado desliz de mi abuelo.
Aria sintió que el mundo se le caía encima.
«¿Me acosté con el tío de mi esposo?», pensó, el estómago se le revolvió. «Ese hombre me usó…. ¿Qué pretende ahora?»
Las manos le sudaban. El rostro le ardía. Miró al suelo, incapaz de levantar la vista.
Oliver seguía ahí, quieto. La observó, y luego sonrió.
—Un placer conocerte, sobrina…
La palabra “sobrina” resonó en la mente de Aria, parecía que estaba viviendo una pesadilla, un mal sueño del cual ya quería despertar.
El silencio de la sala era asfixiante. Y Aria supo, en ese instante, que su vida acababa de complicarse de una forma que nunca imaginó.
—No estoy aquí por gusto —expresó Oliver, voz firme—. Me llamó el abogado de mi padre. Dijo que era necesaria mi presencia para la lectura del testamento.
Cameron soltó una risa amarga, sus ojos brillaron de rabia.
—Era de suponerse. Estás aquí por dinero.
Oliver ni parpadeó.
—Estoy aquí porque tengo los mismos derechos que ustedes.
La sala se tensó más. Ana apretó los labios.
Aria sintió que no podía respirar ahí dentro. Se puso de pie despacio, aunque sentía las piernas flojas.
—Me retiro —murmuró—. Esto es un asunto familiar.
James la miró un segundo. No dijo nada. Solo asintió apenas. La dejó ir.
Aria salió rápido a la terraza, necesitaba el aire fresco del jardín. Se apoyó en la baranda, inhalando profundo. El sol ya bajaba, pero el pecho le ardía.
—No puede ser… —Gruesas lágrimas bajaron por sus mejillas—, me tiene en sus manos.
Adentro, las voces subieron un poco más. Discutieron. Palabras cortantes sobre herencia, derechos, errores del pasado. Luego Oliver habló claro.
—Estaré aquí mañana para la lectura.
Abandonó el salón, cuando salió miró a Aria en el jardín.
Ella se tensó por completo. Las piernas le temblaron cuando lo vio acercarse, quiso moverse, correr, pero sentía como si le hubieran salido raíces en las plantas de los pies. Él caminó despacio, se detuvo a un metro.
Oliver la miró de arriba abajo, con esa misma intensidad de la noche anterior.
—Anoche pensé que eras una chica inteligente —dijo bajito, con una sonrisa fría—. Pero hoy… felicidades por ser la esposa de mi patético sobrino.
Aria tragó saliva, sentía el corazón desbocado.
—¿Lo sabías, cierto? —susurró, voz temblorosa—. ¿Por eso te acercaste a mí? ¿Acaso soy parte de una venganza?
