Capítulo 4 Cap. 4
Oliver la miró directo a los ojos. Sin pestañear.
—Piensa lo que quieras.
Se dio la vuelta para irse.
—Espera —dijo ella, sin pensar—. ¿Qué quieres a cambio de no decir nada?
Él se detuvo. Giró despacio. La miró con esa media sonrisa peligrosa.
—Soy un caballero —respondió, voz ronca—. Y los caballeros no tenemos memoria, señora Koch. A menos que usted no logre olvidar lo de anoche… y quiera repetir.
Aria sintió el calor subirle al rostro. Sintió, rabia, vergüenza y otros sentimientos que no quería nombrar.
—¿Cómo te atreves? —expresó con la voz llena de rabia. Alzó su mano lista para abofetearlo, cuando una voz masculina interrumpió:
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó James, mirando de uno al otro.
Oliver miró a James con calma helada.
—Nada importante —dijo, encogiéndose de hombros—. Estaba felicitando a mi nueva sobrina. Diciéndole que no pudo escoger mejor hombre que mi patético sobrino.
James apretó los puños. El rostro se le puso rojo en segundos.
—Al menos yo sé que soy un Koch —escupió, con voz baja pero venenosa—. Pero tú… quién sabe. Mi madre decía que tu mamá era una…
No terminó.
Oliver se movió rápido. Lo agarró del cuello con una mano, fuerte, levantándolo casi de puntillas. Los ojos se le oscurecieron por la rabia contenida.
—A mi madre no la nombres —gruñó.
James jadeó, subió las manos al brazo de Oliver, pero no pudo zafarse.
—Eres un cobarde —siguió Oliver, sin soltar—. Como cuando éramos niños. Te escondías tras las faldas de Ana. Pero ve y diles a todos que ya no soy ese niño temeroso y asustadizo que mi padre trajo cuando mi madre murió. Aguanté sus humillaciones. Tu bullying. El de todos. Pero ya no.
Aflojó la presión despacio. James tosió, retrocedió un paso, ajustándose la corbata con manos temblorosas.
Oliver respiró hondo. Giró la cabeza hacia Aria. Ella seguía ahí, pegada a la baranda, pálida, con los ojos abiertos de par en par.
—Bienvenida a esta familia llena de porquería —dijo, con voz seca.
Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta del jardín sin mirar atrás.
Aria se quedó paralizada por segundos, luego se acercó despacio a James. Él seguía frotándose el cuello,
—¿Estás bien? —preguntó ella, con voz suave, extendió la mano le agarró el brazo.
James se soltó de golpe, como si le quemara el toque. La miró con ojos duros.
—No te quiero cerca de él —ordenó—. ¿Entendiste, Aria?
Ella retrocedió un paso, el corazón le dio un vuelco.
—Sí… pero ¿por qué? —insistió, con la voz temblorosa—. Si quieres que entienda las cosas, habla. Soy tu esposa.
James respiró hondo. Se pasó las manos por el pelo, luego la miró fijo.
—Ese hombre es el hijo bastardo de mi abuelo —empezó, voz tensa—. Lo tuvo con una de sus amantes. Veinte años más joven que él. Por eso no existe mucha diferencia de edad entre mi “tío” y yo.
Hizo una pausa. Apretó la mandíbula.
—Cuando yo tenía diez años, mi abuelo lo trajo a casa. Lo presentó como su hijo. Mi padre puso el grito en el cielo, pero el abuelo dijo que era legítimo. Mientras él vivió, Oliver era intocable.
Resopló, amargo.
—Pero todos sabemos que es un arribista. Que solo quiere nuestra fortuna. Es el hijo de una cualquiera.
Aria tragó saliva. Miró hacia el jardín vacío.
—Pero… tiene derechos —murmuró, casi sin querer.
James giró hacia ella de golpe. Los ojos se le encendieron.
—¡Jamás repitas eso! —gritó, con fuerza.
Aria se asustó. Dio un paso atrás, el cuerpo se le tensó. Se quedó callada.
James la miró un segundo más, respirando agitado. Luego se dio la vuelta, entró a la casa sin decir nada.
Aria se quedó sola en la terraza. El viento le revolvió el pelo. Las manos le temblaban.
«Soy su esposa», pensó otra vez.
Pero nunca se había sentido tan lejos de él como en ese instante.
Al día siguiente, el salón principal de la mansión Koch estaba envuelta en un silencio tenso. Todos sentados en los sillones de cuero: Cameron rígido en el centro, Ana a su lado con las manos apretadas, James de pie junto a la chimenea, con cara de mala noche. Aria sentada en una esquina, vestida con un sencillo suéter beige y pantalón blanco. Se veía linda como siempre, tenía el pelo suelto, pero pálida, con ojeras leves. Apenas había dormido.
Miró a James.
—¿Es necesaria mi presencia? —preguntó bajito.
Él giró hacia ella, voz firme.
—Eres mi esposa.
Aria no replicó. Bajó la mirada.
El reloj dio las diez en punto. La puerta se abrió.
Oliver entró puntual. Elegante. Luciendo un traje gris oscuro ajustado, camisa blanca impecable. Atractivo como siempre, con esa presencia que llenaba la habitación sin esfuerzo. Y esa fragancia masculina: madera, algo cítrico, intenso llegó hasta Aria antes que él.
El vientre se le contrajo de golpe. Recordó sus manos en la cintura, su boca en el cuello, la forma en que la había hecho sentir.
«Para», pensó, sacudiendo la cabeza leve. Se mordió el labio, miró al suelo.
Oliver saludó con un gesto seco. Tomó asiento frente a Cameron, cruzó las piernas. Tranquilo.
El abogado, un hombre mayor con maletín de cuero, carraspeó.
—Bien. Ahora que están todos reunidos y ha pasado el tiempo prudencial que estipuló George Koch, daremos lectura a su testamento.
Abrió el documento. Leyó propiedades, inversiones, cuentas bancarias. Todo eso iba a su hijo Cameron, como se esperaba.
Luego llegó el golpe.
—La empresa automotriz Koch Motors, en su totalidad —continuó el abogado, con voz neutra—, acciones, control y presidencia, la dejó a su hijo Oliver Koch, quien deberá asumir la presidencia de inmediato.
El silencio duró un segundo. Cameron se puso de pie de golpe.
—No es posible —reclamó, su mandíbula temblaba de rabia—. Yo trabajé en esa empresa toda mi vida. James también. ¡No es justo!
El abogado ni parpadeó.
—Es la última voluntad de su padre. Yo solo debo respetarla.
James perdió el control. Se abalanzó contra Oliver, lo agarró de la solapa.
—¡Impugnaremos! —gritó, con la cara roja—. ¡No te saldrás con la tuya!
Oliver ni se inmutó. Lo miró a los ojos, casi divertido.
—Hagan lo que les dé la gana —dijo calmado, apartando las manos de James sin esfuerzo—. Desde hoy asumiré mis funciones.
Se puso de pie. Ajustó la chaqueta. Miró a todos un segundo, deteniéndose apenas en Aria, ella sintió el estómago revolverse otra vez, y salió del salón con paso firme.
El abogado recogió sus papeles, cerró el maletín con un clic seco y salió del salón sin mirar atrás. La puerta se cerró tras él y el silencio cayó como plomo.
Cameron fue el primero en romperlo. Se puso de pie, tenía las venas marcadas en la frente.
—Debemos hacer algo —dijo, voz ronca—. Ese bastardo no puede quedarse con nuestra empresa.
James asintió apretando los puños.
—Debemos recuperar nuestra herencia —murmuró.
De pronto giró hacia Aria. Ella seguía sentada en la esquina, pálida, las manos quietas sobre el regazo. La miró como si acabara de tener una idea.
—Tú —expresó—. Tú vas a ayudar a acabarlo. Tú debes permanecer dentro de la empresa. Ganarte su confianza.
