Capítulo 5 Cap. 5
Aria abrió los ojos grandes. El corazón le dio un vuelco.
—¿Yo?
Ana soltó una risa corta, seca, desde su sillón.
—Eres tonta, niña. Claro que tú —dijo, mirándola de arriba abajo—. Con esa cara de niña buena convences a cualquiera.
James se acercó un paso, con voz baja pero firme.
—Claro seguramente me va a sacar de la empresa, pero tú no te puedes ir, debemos inventar algo para que permanezcas ahí dentro. Debes informarnos todo lo que hace. Cada movimiento. Cada reunión. Todo.
Cameron se giró también hacia ella. La observó con un brillo calculador.
—Sí, Aria —dijo, acercándose más—. Eres la única que puede ayudarnos a acabar con Oliver de una buena vez. Nuestro futuro está en tus manos.
Aria sintió que el aire se le escapaba. Miró a los tres: Todos esperando. Todos exigiendo.
El estómago se le revolvió.
«¿Yo? ¿Espiar a Oliver?», pensó, y el recuerdo de esa noche que no lograba borrar, le quemó la piel.
Tragó saliva. No dijo nada. Solo asintió apenas, porque no había otra salida.
La trampa se cerraba más. Y esta vez, ella era parte del plan.
En el apartamento de James, ahora también de Aria, las luces bajas del salón iluminaban las paredes blancas y los muebles modernos. Habían llegado hacía horas, después del caos en la mansión. Aria se paseaba descalza por el living. James estaba sentado en el sofá, revisando papeles de la empresa en su laptop.
Aria se detuvo frente a él. Suspiró profundo.
—No pensé que suspenderías nuestro viaje de bodas —comentó.
James levantó la vista, cerró la laptop con un clic seco. La miró con seriedad.
—Ahora no tengo tiempo para superficialidades —dijo, voz cortante—. No comprendes, Aria. Nuestro futuro y el de nuestros hijos está ahora en tus manos.
Aria frunció el ceño, cruzó los brazos.
—Pensé que no querías hijos. Cuando me obligaste a ponerme el dispositivo…
James se puso de pie, se acercó a ella. Le tomó la barbilla con una mano, suave pero firme.
—Por ahora no —murmuró—. Pero más adelante sí. Ven, no te enojes. Tendremos nuestro viaje. Lo prometo.
Se inclinó y la besó. Aria se tensó un segundo, pero él la apretó contra el sofá, sus manos bajaron por su espalda. Ella resistió un poco, empujando su pecho.
—James… no. Me duele la cabeza.
Él no paró. La miró con sus ojos verdes intensos.
—Soy tu esposo —expresó con autoridad.
La levantó en brazos, la llevó al dormitorio sin esfuerzo. La dejó caer en la cama king size. Se desnudó rápido, sin delicadezas. Le quitó el vestido a medias, el cuerpo de Aria respondía por inercia, mientras su mente estaba en otro lado.
James se colocó encima, la penetró de golpe, sin preámbulos. Embistió fuerte, exigente, gruñendo bajito contra su cuello. Sus manos la sujetaban por las caderas, controlando todo. No preguntaba. No la dejaba moverse como quería.
—No hagas ruido —ordenó cuando ella soltó un sonido involuntario—. Baja la voz.
Aria no hizo ningún sonido. El placer no era suyo, solo de James. Él aceleró, se satisfizo rápido, gimiendo ronco mientras se vaciaba dentro de ella. Terminó jadeando, se dejó caer a su lado.
Aria quedó ahí, mirando el techo. Con el cuerpo adolorido, pero no de la buena forma. Vacía.
«Esto no es como con Oliver», pensó. Por primera vez lo comparaba. James había sido su primer novio, el único hasta ahora. Pero esa noche Oliver la había llevado a la cima del placer.
Con James era mecánico. Frío. Solo él.
Cerró los ojos.
«¿Qué estoy haciendo? No puedo pensar en él»
James a su lado cerró los ojos se durmió. Ella no.
Al día siguiente, la sala de juntas de Koch Motors estaba llena. Ejecutivos en trajes oscuros, carpetas abiertas, murmullos bajos. El aire acondicionado zumbaba, pero igual se sentía calor.
James y Aria entraron de la mano. Él, impecable como siempre, era el vicepresidente ejecutivo. Ella, elegante: falda lápiz negra, blusa blanca de seda, tacones altos, el pelo recogido en un moño perfecto. Se veía profesional, linda, pero con ojeras que el maquillaje apenas tapaba.
Oliver ya estaba en la cabecera de la mesa. Lucía un traje azul marino, camisa celeste. Los miró entrar. Sus ojos se detuvieron en Aria un segundo más de lo necesario. No dijo nada. Solo hizo un leve gesto con la cabeza.
Se sentaron. James a la derecha de la cabecera, Aria a su lado. Cameron y Ana brillaban por su ausencia. Nadie lo mencionó.
Oliver se puso de pie. La sala se calló al instante.
—Habrá cambios significativos en la empresa —empezó, con voz grave, calmada.
James se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados.
—¿Qué cambios? —preguntó, seco.
—Cambiaré la planta ejecutiva. Traeré gente de mi confianza. —Oliver lo miró directo—. Ya que eres mi sobrino —prosiguió, sin ironía aparente—, seguirás ocupando tu cargo. No tocaré tu posición.
James respiró hondo, pero no relajó la mandíbula.
—Que amable —expresó con cinismo.
Oliver giró la vista hacia Aria. La recorrió despacio, como si la desnudara con los ojos.
—Y con respecto a Aria… he analizado su perfil. Creo que estaría mejor como Asistente de Presidencia. Claro —añadió, mirando a James con una media sonrisa—, si no te opones a que tu esposa trabaje a mi lado.
—¿Qué? —cuestionó Aria susurrando, sintió que el corazón se le salía del pecho.
La sala contuvo el aliento. Algunos ejecutivos intercambiaron miradas.
James pensó rápido. «Cerca de él. Perfecto para espiar. Para saber todo». Forzó una sonrisa.
—Claro que no —dijo, voz controlada—. Al contrario. Agradezco que tomaras en cuenta las capacidades de mi esposa.
«Pero qué pretende este hombre» pensó ella.
Oliver asintió. Luego miró a Aria. Directo a los ojos con esa intensidad que le descolocaba hasta el corazón.
—¿Está de acuerdo? —preguntó, voz baja, ronca—. ¿Siempre su esposo decide por usted?
Aria sintió el estómago contraerse. Recordó esa misma voz ordenándole gemir más fuerte en el hotel. Las piernas le temblaron bajo la mesa. Lo miró fijo, desafiante, alzó el mentón.
—Soy capaz de tomar mis decisiones —respondió, con voz firme aunque por dentro temblaba—. No me agrada trabajar al lado de alguien que apenas conozco. Pero si usted cree que haré un buen trabajo… acepto el reto.
Lo desafió con la mirada. Sin pestañear.
Oliver sonrió. Dibujó esa curva en los labios que prometía cosas prohibidas.
—Muy bien —murmuró—. El reto empieza mañana.
Aria sintió el calor subirle por el cuello. Las piernas le fallaron un segundo. Tuvo que apretar las manos bajo la mesa para que no se notara.
James le tomó la mano por encima de la mesa. Fuerte. Posesivo.
Pero ella ya no sentía su toque.
Solo veía los ojos de Oliver.
Y sabía que el juego acababa de volverse mucho más peligroso.
