Capítulo 3 Capítulo 2:


Dante Vivaldi.

El móvil vibró sobre la superficie de mármol negro, rompiendo el débil silencio que se había instalado en la habitación. Era como un recordatorio constante de la vida que me perseguía, de las promesas que había hecho y los errores que no podía deshacer. Cuando vi el nombre en la pantalla, mi estómago se contrajo.

Il tempo sta per scadere, figliolo.

El tiempo se agota, hijo.

Leí el mensaje una vez, luego otra, como si las palabras pudieran cambiar con cada lectura. Pero el significado era claro. Cerré los ojos, sintiendo cómo el aire se volvía pesado a mi alrededor. Mi pecho ardía con un dolor que no podía ignorar. Los recuerdos volvieron con la fuerza de una tormenta: Fiorella, su risa, su confianza, y cómo todo eso se convirtió en polvo por mi culpa.

El vapor del baño envolvía la habitación como una nube espesa, densa, sofocante. Pasé una mano por el espejo empañado, pero el reflejo que apareció no me ofreció consuelo. Mi cabello castaño mojado caía en mechones desordenados, y las gotas de agua resbalaban por mi piel tatuada. En mis ojos, el brillo de un hombre que alguna vez soñó con libertad había desaparecido hacía mucho tiempo.

Cada línea de tinta en mi cuerpo era una confesión silenciosa de los pactos que había hecho y las cadenas que ahora me ataban. Huir del infierno no era una opción; el diablo siempre cobraba su deuda.

Solté un suspiro pesado y me incliné sobre el lavabo, el agua fría escurriéndose entre mis dedos. Sentía el peso de cada decisión sobre mis hombros, un lastre que me hundía un poco más con cada día que pasaba.

El sonido del móvil me arrancó del trance, su vibración resonando como un eco en mi mente. Vi el nombre en la pantalla. «Mierda». No estaba listo para esa conversación. No estaba listo para nada, en realidad.

Me aparté del lavabo y caminé hacia la puerta. La habitación al otro lado estaba bañada por la luz tenue del amanecer. El aire frío golpeó la planta de mis pies, pero el escalofrío no logró sacarme de mi entumecimiento.

Y entonces la vi.

Ella estaba de pie junto a la ventana, la luz del sol envolviendo su silueta desnuda como si la acariciara. Su cabello negro caía en cascada por su espalda, y sus ojos verdes me observaron con un brillo que conocía demasiado bien. Había deseo en ellos, sí, pero también una chispa de algo más oscuro, algo que me tentaba y me repelía al mismo tiempo.

—No esperaba que te levantaras tan temprano —dijo, su voz suave como un susurro.

Me apoyé en el marco de la puerta, observándola con una mezcla de fascinación y agotamiento. Había algo en ella que me recordaba a una serpiente: hermosa, peligrosa y completamente imposible de ignorar.

—Tampoco esperaba tener que lidiar con esto tan pronto —respondí, mi voz ronca por el sueño y el peso de las palabras que no dije.

Ella sonrió, ese tipo de sonrisa que prometía problemas. Caminó hacia mí, sus pasos ligeros pero calculados, como si cada movimiento estuviera diseñado para enredarme un poco más en su red.

—Sabes que podrías olvidarlo todo por un rato —susurró, sus dedos rozando mi pecho.

Por un instante, quise ceder. Quise perderme en ella, en el calor que ofrecía, en la promesa de un olvido temporal. Pero no podía. Mi mente estaba atrapada en otro lugar, con otra persona.

—No funciona así —murmuré, apartándome.

Ella frunció el ceño, pero no insistió. Se dio la vuelta y caminó de regreso hacia la ventana, dejando que el silencio se acomodara entre nosotros. Por unos segundos, pensé que la conversación había terminado. Pero entonces, habló.

—¿Alguna vez vas a dejarme ayudarte?

Su voz era más baja ahora, más suave. Me giré hacia ella, y por primera vez en días, vi más allá de la mujer que trataba de seducirme. Vi a mi amiga. La única persona que había estado a mi lado incluso cuando yo no lo merecía.

—...

Ella me interrumpió con una risa amarga.

—Lo sé. Siempre dices que no puedes arrastrarme a tu desastre. Que es mejor mantenerme a distancia. Pero aquí estoy. Sigo aquí.

Sus palabras se colaron en mí, desarmándome poco a poco. La conocía demasiado bien como para ignorar el dolor en su voz, el cansancio detrás de su aparente indiferencia.

—No se trata de ti.

—Claro que no —respondió, con una ironía que dolió más de lo que esperaba—. Nunca se trata de mí. Pero, ¿sabes qué? Algún día me cansaré, Dante. Y ese día no voy a estar aquí para recogerte del suelo.

Quise responder, decirle que eso nunca pasaría, que no podía imaginar una vida en la que ella no estuviera. Pero las palabras no salieron. En su lugar, solo asentí.

Ella me miró un momento más, como si estuviera evaluando si valía la pena seguir intentando. Finalmente, suspiró, girándose hacia la ventana otra vez.

—Date prisa. Tienes un día largo por delante.

Me quedé allí unos segundos, sintiendo cómo el aire entre nosotros se cargaba de todo lo que nunca decíamos. Al final, volví al baño, cerrando la puerta tras de mí.

Pero incluso bajo el agua caliente, con el vapor llenando mis pulmones, no podía quitarme de la cabeza la verdad: sin ella, ya habría caído.

Me fijo en las marcas que han quedado grabadas en su piel, huellas de nuestra pasión. Mis labios se curvan en una sonrisa perversa al contemplar su cuerpo desnudo, sus pechos firmes, su cabello negro enredado y esa deliciosa humedad entre sus muslos que delata el deseo que aún la consume.

—Pensavi di partire senza salutare?

Mis palabras hacen que detenga su caminar, y la chispa en sus ojos verdes me confirma que mis pensamientos están bien encaminados. Ella se acerca lentamente, hasta quedar a unos centímetros de mí.

—Devo chiederti il permesso di andare?

Una sonrisa maliciosa se dibuja en sus labios mientras enreda sus manos en mi cuello, dejando pequeños besos en mi piel, despertando el lado salvaje que intento mantener bajo control.

—No, ma dovresti almeno darmi la mia buona parte di sesso mattutino. Sono sicura di meritarmelo; o no?

Su tono provocador hace que mi mente se nuble y mi autocontrol se desvanezca. En un movimiento rápido, la coloco en posición, con las rodillas en la cama y la espalda arqueada, dejando al descubierto su intimidad. Mi mirada se pierde en su piel morena y el tatuaje en forma de mariposa que adorna su espalda. Un jadeo se escapa de sus labios, alimentando el fuego que ya arde dentro de mí.

—Sei sicuro di meritarlo? Sei stata una brava ragazza? Perché sai già cosa succede alle cattive ragazze.

Mi voz grave la hace temblar, y cuando envuelvo mi mano en su cabello negro, tirando suavemente, un gemido se escapa de su garganta. Mis labios recorren su cuello mientras mi cuerpo se mueve con el suyo, cada toque, cada palabra, diseñado para encenderla aún más.

El ambiente de la habitación se convierte en un remolino de jadeos, suspiros y caricias frenéticas. La conexión entre nosotros va más allá de lo físico, y por un instante, me permito perderme en la intensidad del momento.

¥

El agua caliente de la ducha cae sobre mi cuerpo, arrastrando el sudor y el olor a sexo que aún persiste en mi piel. Me enjabono lentamente, dejando que la espuma recorra mis músculos tensos mientras intento ordenar mis pensamientos. La imagen de ella, con su sonrisa traviesa y su mirada llena de deseo, sigue grabada en mi mente. Pero sé que esta conexión es efímera, un acuerdo sin compromisos, donde los sentimientos no tienen cabida.

Salgo del baño con una toalla atada a la cintura, dejando que algunas gotas de agua resbalen por mi torso. Mis pasos me llevan al vestidor, donde elijo un bóxer gris y un traje azul prusia que resalta mi piel morena. Mientras abrocho los botones de mi camisa blanca, mi mirada se detiene en el tatuaje de águila que asoma ligeramente sobre mi pecho. Es un recordatorio constante de la libertad que siempre he buscado y que, irónicamente, parece estar más lejos que nunca.

Cuando entro en la sala, el aroma del café recién hecho y los bollos calientes me recibe. El apartamento está en silencio, y ella ya no está. Como siempre, ha respetado nuestro acuerdo. Nada de ataduras. Nada de complicaciones.

Sin embargo, mientras tomo un sorbo de café y observo la nieve caer suavemente sobre las calles de Roma, una pequeña punzada de vacío me invade. Me sacudo el pensamiento casi de inmediato. Esto es lo que elegí, ¿no? Una vida sin raíces, sin nadie que dependa de mí ni de quien depender.

Recojo mi teléfono, lleno de mensajes de trabajo y llamadas perdidas de mi familia. Las ignoro por ahora y marco un número conocido.

—Jefe.

—Necesito un vuelo para Canadá, específicamente a Vancouver.

Mi voz suena segura, casi impaciente. Al otro lado de la línea, escucho una risa ligera.

—¿Está seguro, señor?

Sonrío.

—Molto di più. Mucho más que eso.

Miro por última vez el paisaje nevado antes de salir del apartamento. Mi vida está lejos de ser perfecta, pero al menos estoy dispuesto a seguir adelante, un paso a la vez.

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