42. Duda despejada

Aria y Lizzy seguían atónitas, sin querer creer lo que acababan de escuchar de la asistente de la tienda a la que pagaron para avergonzarme.

—¿Así que puedo tener mi trofeo ahora, lloronas? —dije sarcásticamente a ambas.

Aria se acercó a la señora y dijo—¿Cuánto te pagó para alterar tu juicio y de...

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