Capítulo 2 CAPÍTULO 2
IRINA JENNER
Llego al centro comercial para comprar lo básico. Camino rápido hacia mi apartamento; necesito organizar la despensa y robarle unas horas al reloj para descansar antes de mi primer turno en el bar. Nunca he trabajado en un sitio así y la incertidumbre me genera una punzada en el estómago, pero sé que el ritmo será exigente y lo mejor es estar despejada.
A las cinco de la tarde preparo una cena ligera. Mi turno empieza a las 6:30. Tras ducharme y cambiarme, tomo mi bolso y el celular, lista para el asalto. La parada del autobús está a solo una cuadra del edificio.
Llego con tiempo y espero. Cuando finalmente bajo frente al bar, faltan cinco minutos para la hora acordada. En la entrada están los mismos dos hombres de la mañana; esta vez paso por en medio de ellos y me devuelven el saludo con una cortesía que no mostraron horas antes.
—Hola, Irina —me saluda una chica. Me sorprende que sepa mi nombre.
—Hola —respondo, algo cohibida.
—Soy Débora, la encargada del salón —se presenta, señalando con un gesto seguro el espacio—.
—¿Eres mi jefa directa entonces?
—Sí, aunque al "jefe máximo" ya lo conociste esta mañana. Mira, aquí somos como una familia. Esto es un bar, no lo olvides; aunque la seguridad es estricta, todos nos cuidamos. Tú y yo somos las únicas mujeres; hasta el que limpia los baños es hombre —añade con una risa breve mientras recorremos el lugar—. Los camareros y los técnicos siempre están pendientes de nosotras por si ocurre algo. Casi nunca pasa nada, pero... —se detiene y me entrega una pulsera—. Toma. Esto te conecta con el equipo de seguridad. Si ves algo que no te guste —drogas, trapicheos, tipos pesados o alguien que se esté pasando de copas—, presionas este botón. El equipo llegará a tu posición de inmediato. Pero escúchame bien: no te metas en líos sin avisarles.
—¿No me acabas de decir que nunca pasa nada? —pregunto, sintiendo el frío del metal en mi muñeca.
—Casi nunca. Pero el alcohol es impredecible y nunca sabes cómo va a reaccionar un imbécil. No te la quites y que no se te olvide traerla jamás.
Mientras termina de ajustarla, se acerca un hombre de seguridad. Es imponente, una mole que parece rozar el techo.
—Dime, Débora —dice, mirándola a ella pero evaluándome a mí.
—Es la nueva. Ya tiene su pulsera. Registra su número para que los chicos sepan que, si salta en sus relojes, es ella.
—¿Cómo funciona exactamente? —pregunto, intrigada.
—Es un código de alerta —explica el guardia con voz profunda—. Si presionas el botón, recibimos un aviso vibratorio con tu ubicación exacta dentro del bar. El que esté más cerca llegará en segundos. No es un GPS invasivo, Irina; es lo que garantiza que no te pierdas ni te pase nada desde que entras hasta que sales. Al dueño le obsesiona cuidar al personal; dice que un empleado seguro rinde el doble.
Tras la explicación, Débora me guía a los vestidores. Cada empleado tiene su taquilla y, para mi sorpresa, ya hay una con mi nombre. Dentro encuentro mi uniforme: shorts negros de corte ajustado pero profesional, un top a juego y una chaqueta de cuero negra.
El conjunto deja al descubierto mi vientre, pero no me incomoda; me siento cómoda en mi piel y el atuendo tiene ese aire de "rock-distinguido" que destila el local.
Cuando salgo, el equipo está reunido en la barra.
—Hola a todos —saludo.
—Es Irina, la chica nueva —anuncia Débora.
—Espero que te sientas a gusto aquí —dice uno de los barman.
—Y yo espero que ustedes se sientan cómodos trabajando conmigo —respondo con una sonrisa lateral.
—Basta de charlas, abrimos en cinco —interviene el jefe de seguridad—. Cuídense bien y pórtense mal. ¿La nueva tiene su pulsera?
Todos asienten como un mecanismo sincronizado.
La noche arranca con intensidad. Me asignan a la barra para aprender la dinámica. Pierdo la cuenta de los cócteles que preparo. A pesar del aire acondicionado, el calor del movimiento me hace sudar.
Es agotador, pero la adrenalina es adictiva. El ambiente es eléctrico y el compañerismo real; nos reímos entre comandas, como si estuviéramos en nuestra propia fiesta privada detrás del mostrador.
A las dos de la mañana, el bar alcanza su punto máximo de efervescencia. Hay un breve respiro en los pedidos y aprovecho para hablar con Carlos, mi compañero de barra.
—Se te da muy bien esto —me dice, secando unos vasos—. Eres rápida, tienes ritmo.
—Viniendo de ti, es un cumplido —respondo, barriendo el salón con la mirada.
—¿Me cubres un momento? Voy al baño.
—Claro, ve tranquila.
Salgo de la barra y camino hacia los servicios. El local está lleno para ser un miércoles. Justo antes de entrar al baño de mujeres, un ruido sordo y un ahogado grito de auxilio me detienen en seco. Entro de golpe y la escena me hiela la sangre: un hombre tiene a una chica acorralada contra la pared, sujetándola por la cintura e intentando besarla a la fuerza. Él apesta a alcohol y ni siquiera nota mi presencia. Ella, en cambio, me clava una mirada de puro terror.
No lo pienso. Me acerco, lo sujeto del hombro con firmeza para obligarlo a girarse y, en cuanto me da el frente, descargo un golpe seco con el puño derecho directo a la mandíbula. El hombre se desploma como un saco de papas; el alcohol en su sangre hace que pierda el equilibrio antes de que pueda procesar el impacto.
Siento el característico dolor punzante en los nudillos. Hacía tiempo que no golpeaba algo sólido. Inmediatamente, presiono el botón de mi pulsera. Se ilumina en un nanosegundo.
—Tranquila —le digo a la chica, que tiembla visiblemente—. Ya viene la seguridad. No te va a tocar.
—Vine con amigos... quiero llamarlos —balbucea ella entre sollozos.
—¿Él es uno de ellos? —pregunto señalando al tipo en el suelo.
—No, no lo conozco. Solo entré y él se me echó encima.
En menos de un minuto, dos guardias irrumpen en el baño. Sus ojos recorren la escena con rapidez hasta dar con el hombre inconsciente.
—¿Qué mierda ha pasado, Irina? —pregunta uno, perplejo.
—Esperemos a que lleguen sus amigos y les explico —respondo con una calma que parece incomodarlos.
Poco después, tres jóvenes entran atropelladamente.
—¿Paty, estás bien? —pregunta uno de ellos.
—Entré y este tipo la estaba forzando —intervengo, captando la atención de todos—. Tuve que neutralizarlo antes de que llegara el equipo.
Los guardias miran el cuerpo en el suelo y luego me miran a mí, incrédulos.
—¿Tú lo has dejado así? —pregunta el más grande.
—Sí —respondo sin adornos. La chica asiente, confirmando mi versión.
—Pero... ¿de dónde diablos has salido? —me recrimina el guardia—. Podría haber estado armado, te pudo haber hecho algo.
—No me iba a hacer nada —le corto con frialdad—. Sé defenderme.
—Tuviste suerte de que estuviera borracho.
—No fue suerte —le aseguro, sosteniéndole la mirada—. Practico kickboxing desde los ocho años. Sé exactamente lo que hice.
