Capítulo 3 CAPÍTULO 3

‎IRINA JENNER

‎​Todos me miran con una mezcla de desconcierto y respeto. Patricia, ya más calmada, se refugia entre sus amigos mientras los guardias procesan la escena.

‎​—¿Qué demonios hace una niña de ocho años aprendiendo kickboxing? —pregunta uno de los agentes de seguridad, cruzándose de brazos.

‎—Se aprende precisamente para momentos como este —respondo con total naturalidad.

‎—Definitivamente, tú no necesitas la pulsera de emergencia —comenta el otro, con una chispa de orgullo en la mirada.

‎—¿Cómo que no? —arqueo una ceja y me cruzo de brazos también—. ¿De qué otra forma los llamaría para que recojan a este saco de estiércol?

‎​Señalo al hombre en el suelo y el grupo estalla en carcajadas. El ambiente pesado se rompe justo cuando Débora entra, con el rostro desencajado por la preocupación.

‎​—¿Qué pasó? —pregunta, recorriendo el lugar con la mirada.

‎—Que Irina noqueó a este imbécil de un solo golpe —responde uno de los hombres.

‎ Débora me mira, atónita.

‎—Sé kickboxing —añado, encogiéndome de hombros como si fuera lo más natural del mundo.

‎—Vaya inauguración has tenido —dice ella, riendo entre alivio y sorpresa—. Hablaré con el jefe; quiero que seas fija en el equipo desde mañana mismo.

‎Los guardias se encargan de sacar al tipo mientras Patricia se acerca a mí.

‎—Muchas gracias, de verdad —dice, ya recuperada del susto.

‎—Tranquila, sé defenderme, así que no fue un problema.

‎—Gracias de todos modos —añaden los dos chicos que la acompañan.

‎—Disfruten lo que queda de noche. Yo tengo que volver al trabajo.

‎​El resto de la semana transcurre sin incidentes. Débora cumple su palabra y el encargado me otorga el puesto fijo antes de lo previsto. El ambiente laboral es inmejorable; hay una lealtad silenciosa entre todos, una regla no escrita de protección mutua que explica por qué hay tan pocos problemas en un lugar tan concurrido.

‎​Hoy es lunes y mi vida da un giro de 180 grados: empiezan las clases. Voy en el autobús, repasando mentalmente mi horario. 

‎Al ser una universidad privada, el transporte público no llega hasta la puerta, pero me deja lo bastante cerca como para caminar. Salgo a las tres de la tarde, el tiempo justo para volver al apartamento, comer algo y alistarme para el bar.

‎​Sé que será duro mantener este ritmo durante cinco años: estudiar de 6:00 a 7:30, clases hasta las 15:00, un segundo bloque de estudio y luego el turno en el bar hasta las 3:00 de la madrugada. Es un sacrificio agotador, pero sé que el diseño de joyas es mi vocación y el sueldo del bar es el combustible que mantiene este sueño encendido.

‎La universidad es imponente, mucho más bella de lo que imaginaba. Cada columna de mármol y cada jardín perfectamente cuidado me recuerdan que el esfuerzo por la beca valió la pena. 

‎Llego a la oficina de administración, donde una mujer mayor me recibe tras un escritorio de caoba maciza.

‎​—Buenos días —saludo. Ella levanta la vista de sus papeles y me observa con atención.

‎—Buenos días —responde con una cortesía impecable.

‎—Soy Irina Jenner. Tengo una beca y me informaron que debía presentarme en esta oficina.

‎—Sí, querida. Debes completar esta planilla. Toma asiento.

‎​Lleno el documento en tiempo récord. Siento su mirada fija en mí todo el tiempo.

‎—Deben de tener a muchos becados esperando para llenar esto —comento al entregarle los papeles, intentando romper el hielo.

‎—Para nada, cariño —sonríe con amabilidad—. Solo otorgamos dos becas al año, pero este ciclo tú eres la única. Los demás postulantes no cumplieron con nuestras expectativas. Felicidades, esperamos que logres graduarte en el tiempo previsto.

‎​Se inclina un poco hacia adelante, bajando la voz.

‎—Te daré un consejo: sigue así y tu futuro será brillante. Pero recuerda que un título de aquí no garantiza el éxito; hace falta algo más que estudios.

‎—¿A qué se refiere?

‎—Inteligencia, cariño. Muchos aquí se devoran los libros pero no son inteligentes, por eso no llegan a ninguna parte.

‎—¿Podría ser más específica?

‎—Claro. Los estudiantes becados suelen enfocarse tanto en las notas que se olvidan de vivir. Y vivir es lo que te da las herramientas para defenderte ahí fuera. Los otros alumnos tienen puestos asegurados en las empresas de sus familias; tú no. Estudia, esfuérzate, pero no te olvides de salir al mundo. Saber equilibrar ambas cosas es la verdadera inteligencia.

‎​Agradezco sus palabras y salgo de la oficina con una extraña sensación de empoderamiento. 

‎Camino por el pasillo hacia la cafetería cuando siento unos dedos tocándome el hombro ligeramente. Me giro y, para mi sorpresa, es la chica del bar.

‎​—¡Hola! —me saluda con una sonrisa radiante.

‎—Hola —respondo, sorprendida.

‎—¿Estudias aquí? —pregunta asombrada.

‎—Sí. ¿Y tú?

‎—También. ¿Cómo te llamas? Por cierto, yo soy Patricia Smith.

‎—Irina Jenner.

‎—Nunca había escuchado tu apellido por aquí —comenta—. ¿Eres nueva en la ciudad?

‎—Estoy aquí por una beca —aclaro. Ella abre los ojos de par en par.

‎—¿Una beca? Vaya... aquí no se las dan a cualquiera.

‎​Me agrada que no parezca importarle mi estatus económico; su asombro es de genuina admiración.

‎—¿Qué carrera elegiste? —pregunta mientras nos sentamos en una mesa de la cafetería.

‎—Diseño de Joyas.

‎—¿En serio? —exclama, casi saltando de la silla—. ¡Irina, estamos en la misma carrera y en el mismo salón! ¿Quién diría que mi salvadora terminaría siendo mi compañera? Esto es el destino.

‎Patricia rebosa entusiasmo. Me promete enseñarme todo Nueva York y estudiar juntas.

‎—Muero por ver un diseño tuyo —me dice con curiosidad.

‎—Esta cadena y esta pulsera las diseñé yo —se las muestro. Son de materiales artesanales, sin el lujo de los metales preciosos, pero el concepto es sólido.

‎—El material es lo de menos, el diseño es increíble —dice ella, casi con envidia sana—. Me haces replantearme si elegí bien la carrera.

‎—No digas eso. Ahora tú me debes un diseño —le digo, señalándola con el dedo.

‎—¿Para que te rías de mí? No, gracias.

‎—No lo haré. Seguro son geniales.

‎—Vaya, crees en los milagros —ríe—. Trato hecho. Tú y yo vamos a ser grandes amigas. ¿Tienes una mejor amiga?

‎—No, ninguna.

‎—Perfecto, así no tengo competencia.

‎​Mientras esperamos el café, llegan dos chicos. Reconozco a los acompañantes de la noche del bar.

‎—¿Tú no eres la chica del...? —comienza uno, pero Patricia lo interrumpe.

‎—Sí, es ella. Irina, él es Andrés Anderson, mi novio. Y este es Christian Anderson, mi cuñado. Chicos, ella es Irina Jenner, es becada y estudiará conmigo.

‎​Andrés y Cristhian me saludan con curiosidad.

‎—¿Becada? —pregunta Christian—. Normalmente los becados son... bueno, antisociales. No salen de la biblioteca por miedo a perder la beca.

‎—Planeo graduarme —les digo con seguridad—, pero no pienso perder mi vida en el proceso.

‎—Esta chica me agrada —dice Andrés, aprobando mi actitud.

‎Patricia propone celebrar nuestra nueva amistad en el bar, pero le explico que tengo que trabajar.

‎—Bueno, celebraremos allí mientras trabajas —insiste ella con una chispa de travesura en los ojos.

‎​Entramos a nuestra primera clase y el destino parece confirmarme que, aunque el camino será agotador, no estaré sola.

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