Capítulo 4 CAPÍTULO 4

‎IRINA JENNER 

‎​Llego al bar y me frena en seco un cartel en la puerta: "Cerrado por evento privado".

‎​—¿Qué ocurre? —les pregunto a los guardias, señalando el aviso.

‎—Nada fuera de lo común, Irina. Alquilaron el local por toda la noche —me explican con naturalidad.

‎—Qué lástima, hoy venían unos amigos —respondo, sintiendo una punzada de decepción.

‎—Pues tendrá que ser en otra ocasión. La familia que hizo la reserva tiene recursos de sobra y pagó una fortuna por la exclusividad con servicio completo.

‎​Saco mi celular mientras entro para avisarles, pero Patricia no responde. Me rindo y guardo el teléfono.

‎—Hola, Débora —saludo a mi jefa al verla supervisando los últimos detalles.

‎—Hola, cariño. Prepárate, hoy vas a conocer a una de las familias más influyentes y acaudaladas de Nueva York.

‎​Siento un cosquilleo de nerviosismo en la boca del estómago.

‎—¿A qué se dedican?

‎—Al diseño y fabricación de alta joyería —informa, y mi corazón da un vuelco.

‎—Yo estoy estudiando eso... —le confieso, casi en un susurro.

‎—Lo sé, pero te seré sincera: aunque seas la mejor de tu clase, jamás trabajarás para ellos. Tienen a la mejor diseñadora del mundo; podrás entrar en cualquier empresa, menos en la suya.

‎​Me quedo helada. Mi mente conecta los puntos de inmediato.

‎—¿Hablamos de la mayor corporación de joyería de Estados Unidos? ¿La diseñadora es Marcia Anderson? —Débora asiente con solemnidad—. ¿Ellos alquilaron el bar?

‎—Así es. Han venido otras veces. Son personas sencillas dentro de su mundo, pero tienen reglas estrictas de etiqueta.

‎​—¿Reglas?

‎—Debes tratarlos a todos de "Usted" y por su apellido. No permiten que nadie fuera de su círculo los llame por su nombre de pila. Solo dos familias tienen ese privilegio: los Smith y los Sandoval, sus socios en hoteles y moda. En la Casa Anderson, el consejo de dirección solo admite a quienes porten el apellido. Actualmente mandan Esteban Anderson y su esposa Marcia. Luego están sus hijos: Andrés, que cursa segundo de Administración, y Cristhian, que acaba de empezar el primero. Ellos son los herederos directos.

‎​Siento que el suelo se mueve bajo mis pies. Andrés, Cristhian, Patricia Smith... son los chicos de la cafetería.

‎—Pero... si yo los conozco —balbuceo.

‎—¿Tú? —pregunta Débora, incrédula.

‎—Sí. Defendí a Patricia de una agresión hace unos días. Andrés y Cristhian estaban allí.

‎—Vaya... —Débora me mira con otros ojos—. Son muy herméticos con sus amistades por miedo al interés ajeno. Entenderás por qué son tan distantes. Ahora, ponte el uniforme. Aunque sea un grupo reducido, la exigencia será máxima.

‎​Me cambio de ropa mecánicamente. Al salir, un equipo de hombres trajeados y con auriculares inspecciona cada rincón.

‎—¿Seguridad propia? —le pregunto a Débora.

‎—Tras un intento de secuestro a la señora Anderson hace un par de años, no dan un paso sin escolta. Incluso en la universidad tienen vehículos vigilando desde fuera. Es el precio de su apellido.

‎​Me instalo tras la barra, sintiendo una mezcla de molestia y decepción. "Capaz que piensen que me acerqué a ellos por interés", pienso, apretando los puños. "Ni loca".

‎​—Irina —me llama Débora de repente—. Los señores Anderson están en el reservado VIP y han solicitado que subas personalmente. Me han preguntado por ti, por tu nombre.

‎El encargado del local se acerca, visiblemente intrigado.

‎—¿De qué te conocen esas familias, Irina? Me han exigido que te envíe de inmediato.

‎​Subo las escaleras con la cabeza alta. Al entrar al reservado, el aire cambia; el lujo es palpable. Patricia se pone de pie en cuanto me ve, me abraza y me da dos besos.

‎—Papá, mamá —dice con orgullo—, ella es Irina Jenner. Irina, ellos son mis padres: Samuel y Stephanie Smith.

‎Me saludan con un apretón de manos firme y educado.

‎—Mucho gusto, señores Smith —respondo con propiedad.

‎—Ellos son Marcia y Esteban Anderson —continúa Patricia—. Los padres de Andrés y Cristhian.

‎​—Es un placer, señorita Jenner —dice Esteban Anderson, poniéndose de pie con una elegancia imponente.

‎—El placer es mío. Por favor, llámenme Irina —les digo, tratando de mantener la compostura—. ¿Desean algo de tomar?

‎—Ya hicimos el pedido, gracias —responde Marcia, observándome con una curiosidad analítica.

‎—¿Y usted, señorita Smith? —le pregunto a Patricia. Ella me lanza una mirada de reproche.

‎​—Al parecer ya te instruyeron en nuestras "normas" de etiqueta —comenta Esteban con una sonrisa leve.

‎—Si me vuelves a llamar "señorita Smith", te mato —sentencia Patricia con humor—. Si quisiéramos que nos trataras de usted, te lo habríamos dicho.

‎—Siéntate, por favor —pide Samuel Smith—. ¿Así que tú eres la joven que libró a mi hija de ese sujeto?

‎​Asiento en silencio.

‎—¿Cómo podemos agradecerte semejante gesto? —pregunta Stephanie Smith.

‎—Patricia ya lo hizo, señora. Me dio las gracias, y para mí es suficiente.

‎—Eso no es suficiente —interviene Marcia Anderson—. No para nosotros.

‎—Dinos en qué podemos ayudarte —insiste Samuel—. Patricia mencionó que tienes una beca. Eso no cubre alojamiento, ¿verdad?

‎—No, señor. Pago mi renta.

‎—Ahí lo tienes —concluye él—. Queremos regalarte una propiedad. Una casa propia para que solo te preocupes por tus estudios.

‎​Me pongo de pie lentamente, sintiendo que mi orgullo pesa más que cualquier ladrillo.

‎—Con todo respeto, señor Smith, no necesito ni deseo que me regalen una casa. Pero les agradezco el detalle.

‎—¿A dónde vas? —pregunta Esteban, sorprendido por mi reacción.

‎—Estoy en mi horario laboral. Debo volver a la barra.

‎​Se hace un silencio sepulcral. Patricia suspira.

‎—Se los dije. Les dije que se iba a molestar.

‎—Irina —me llama Esteban Anderson—. Llámanos por nuestros nombres: Esteban y Marcia. Lo que hiciste por Patricia te ha ganado nuestra confianza.

‎—Cualquiera lo hubiera hecho —replico.

‎—Cualquiera nos habría aceptado la casa después de hacerlo —añade Samuel con una risa amarga—. Por eso mi hija no tiene amigas de verdad. Todos se acercan con un propósito. Nos hablaron de ti y quisimos comprobar si eras tan diferente como decían.

‎​—¿Me estaban poniendo a prueba? —pregunto, sintiendo que el enfado sube por mi cuello.

‎—No fue una prueba —dice Samuel, tendiéndome un sobre—. Esto es el título de propiedad. Tómalo si quieres, o déjalo. Respetamos tu decisión, pero queremos que sepas que el ofrecimiento es real.

‎​Le devuelvo el sobre sobre la mesa sin dudar.

‎—No soy lo que están acostumbrados a ver. No quiero su dinero.

‎—Lo sabemos —dice Patricia, tomándome de la mano—. Me dijiste que me diseñarías un brazalete tú misma. Eso vale para mí más que cualquier marca de lujo. Por eso nos reunimos así, en privado. Queremos que formes parte de nuestro círculo, Irina. Sin intereses de por medio.

‎​Marcia Anderson me mira fijamente y señala la silla a su lado.

‎—Ahora, siéntate. Quiero que me hables de esa cadena y esa pulsera que llevas. Patricia dice que el diseño es tuyo, y tengo buen ojo para el talento.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo