Capítulo 5 CAPÍTULO 5

‎IRINA JENNER 

‎​Tomo asiento entre ambas familias. Debo admitir que, aunque Marcia y Esteban son personas sencillas en el trato directo, la sensación de ser observada por el resto del reservado es inevitable.

‎​—¿Qué desea saber, señora Anderson? —pregunto con cautela.

‎—Que alguien le explique que, si vuelve a llamarnos por el apellido, no termina el cuento —interviene Patricia, buscando la complicidad de los demás.

‎—Llámanos por nuestros nombres, Irina —pide Marcia con suavidad.

‎—Como prefieran.

‎—Muéstrame bien tu cadena y la pulsera. Quiero ver el diseño de cerca —insiste la mujer.

‎—No es nada del otro mundo —respondo, mientras me las quito para entregárselas.

‎—Cariño, eso lo decido yo; para algo soy la diseñadora. Patri me ha dicho que son piezas hermosas y quiero comprobarlo —las observa con una lupa mental mientras las gira entre sus dedos—. ¿De qué material están hechas?

‎—Es un compuesto artesanal de bajo costo —explico.

‎—¿Qué valor crees que tengan en el mercado?

‎—Siendo sincera, no mucho.

‎—¿Por qué? —pregunta ahora Esteban, sumándose a la evaluación.

‎—Porque los materiales son baratos. Nadie que busque una joya de inversión compra algo así.

‎—¿Y qué es lo que le da calidad a una joya?

‎ —pregunta Marcia, sin apartar la vista de mi trabajo.

‎—El material o el mineral con el que se fabrique.

‎—¿Cuántas joyas se confeccionan con el mismo oro y los mismos diamantes en este mundo? —me cuestiona ella de nuevo.

‎—Muchísimas.

‎—¿Entonces, qué es lo que hace única y valiosa a una pieza?

‎—El diseño —contesto con seguridad.

‎—Exacto. ¿Cuántas joyerías tienen este diseño específico? —dice señalando mi collar.

‎—Ninguna. Es mío.

‎—Entonces vale una fortuna porque es auténtico y único —se acomoda en su asiento, dándome una mirada de aprobación—. Te daré la lección más importante de tu carrera: lo que realmente vale es el diseño, no la materia prima. Nunca lo olvides. Esta perspectiva es la que separa a una artesana de una artista.

‎​Cinco años después...

‎​El tiempo ha pasado con una velocidad aterradora. Aquella chica que llegó de Miami con una maleta llena de dudas es hoy una mujer a punto de recibir su título. Durante estos años, los cuatro nos volvimos inseparables.

‎Patri y Andrés están más enamorados que nunca; su relación es un puerto seguro. Cristhian, por su parte, sigue saltando de cama en cama, defendiendo que el amor no se hizo para él, mientras yo prefiero mantener mi soltería para dedicarme de lleno a mi carrera. Los Anderson y los Smith se han convertido en mi familia por elección; me han incluido en sus fiestas y eventos, donde incluso conocí a los Sandoval, quienes —tal como me advirtieron— son bastante menos agradables.

‎Llega la noche de la graduación. Me miro al espejo y me gusta lo que veo: un vestido negro de gala, largo y ceñido, con un escote en V que resalta el azul de mis ojos y el tono miel de mis rizos sueltos. 

‎Patri pasa a buscarme y, tras una hora de camino, llegamos al recinto. La seguridad en la puerta confirma que los Anderson ya están dentro.

‎​—Estás hermosa, cariño —me dice Esteban al verme.

‎—Gracias por venir.

‎—¿Tus padres no pudieron viajar? —pregunta Marcia. Niego con la cabeza, sintiendo una pequeña punzada de soledad que se disipa rápido cuando Stephanie Smith me abraza.

‎—No te preocupes. Cuando pidan el referente familiar para subir al estrado, Esteban lo hará contigo.

‎—No, qué vergüenza... —replico—. Todos saben que no soy una Anderson, se verá extraño.

‎—Está decidido, Irina. No subirás sola.

‎​La ceremonia avanza. Patri sube con su padre; Cristhian con Esteban. Tras varios nombres, el orador anuncia:

‎—"La próxima graduada llegó con una beca y la mantuvo con uno de los mejores promedios de la carrera: Irina Jenner".

‎Camino hacia el frente y siento a Esteban caminar a mi lado. Me guiña un ojo, dándome esa seguridad que me faltaba. Ya es oficial: soy Diseñadora.

‎​Más tarde, durante la cena de celebración en un restaurante exclusivo, Esteban retoma la palabra.

‎—Irina, tenemos una propuesta para ti. Queremos que te integres a la empresa como Diseñadora Junior.

‎El aire se detiene. Miro a todos, buscando una broma, pero sus rostros son serios.

‎—Andrés ya está en la directiva y Cristhian empieza la próxima semana. No puedes ocupar un cargo de alta dirección por no llevar el apellido, como lo hará Patri, pero queremos tu talento en nuestra línea minorista.

‎—Patri será la segunda "Señora Anderson" tras la boda de la próxima semana —añade Marcia—, y por ley ocupará un puesto de jerarquía. Tú serás nuestra apuesta joven. ¿Qué dices?

‎—Estoy... no tengo palabras. Acepto, por supuesto. Ser Junior no me importa, solo quiero crear.

‎—Podrías ascender en el futuro —comenta Samuel Smith.

‎—Para eso tendría que llevar nuestro apellido —recuerda Andrés con una sonrisa pícara.

‎—Eso no va a pasar —aclaro riendo.

‎—Qué lástima —suspira Marcia, mirando a Cristhian, quien se mantiene extrañamente callado.

‎​Una semana después, el ambiente es pura euforia. Patri está radiante; su vestido parece sacado de un cuento de hadas.

‎ Andrés la mira como si fuera el centro de su universo, y yo no puedo evitar desear, en algún rincón de mi corazón, que alguien me mire algún día de la misma forma.

‎​Entramos a la iglesia, un desfile de poder y elegancia. El ritual es estándar hasta que llega el momento del abogado de la familia.

‎—Andrés Anderson —dice el letrado—, ¿acepta como esposa a Patricia Smith, consciente de que, incluso ante un divorcio, ella conservará el apellido Anderson y usted no podrá contraer nupcias nuevamente?

‎—Acepto —responde él sin dudar. Me quedo perpleja; las leyes internas de esta familia son de hierro.

‎​Tras la ceremonia y el banquete, llega el momento del ramo. Me quedo al margen, pero milagrosamente, el ramo vuela directo hacia mis manos sin que yo mueva un dedo. Las demás invitadas me lanzan miradas que podrían matarme.

‎—Ya sabes, eres la próxima —me susurra Patri.

‎—Sí, claro. Y después me nombran reina de España —me burlo.

‎​A la mañana siguiente, cuando supuestamente los recién casados están volando hacia Egipto, para mi entera sorpresa estan en el salon de mi apartamento. Pero no vinieron solos, están junto a un Cristhian que parece haber sido arrastrado a la fuerza.

‎​—¿No deberían estar en un avión? —pregunto confundida.

‎—Eso mismo digo yo —se queja Cristhian—. ¿Qué hacemos aquí a las seis de la mañana?

‎—Escuchen, es importante —dice Patri con seriedad.

‎ Andrés mira a su hermano y suelta la bomba:

‎—Cristhian, tienes que casarte. ¡Ya!

‎​Cristhian y yo estallamos en una carcajada simultánea. La idea de él pasando por el altar suena a la broma más pesada del siglo. Pero la cara de Andrés me dice que esto no tiene nada de gracioso.

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