Capítulo 6 CAPÍTULO 6

​Cristhian y yo reímos a carcajadas hasta que noto la rigidez en las expresiones de Patri y Andrés. El ambiente se tensa de golpe.

​—Cristhian, vamos a detenernos un segundo —digo, tratando de recuperar el aliento—. Dejemos que expliquen qué han fumado o qué clase de broma es esta.

​Él sigue riendo, pero la mirada fulminante de Patri lo corta en seco.

​—¡Basta! Esto no tiene ni maldita gracia —sentencia ella, visiblemente molesta.

​—Hablamos en serio, joder —apoya Andrés con un tono de preocupación que me hiela la sangre.

​—Me están asustando —admito, enderezándome en el sofá—. ¿Qué sucede? ¿Por qué no están en su luna de miel? Y lo más importante: ¿qué tengo yo que ver en todo esto?

Patri suspira y se sienta frente a nosotros. Su seriedad es absoluta.

—Les voy a explicar, pero no es una broma. Irina, estás involucrada porque eres nuestra amiga y necesitamos tu ayuda.

​—A mí también me están preocupando. ¿Qué pasó? —interviene Cristhian, abandonando por fin su actitud burlona.

​—Patri lo explicará, pero no la interrumpan —pide Andrés. Ambos asentamos en silencio.

​—Anoche, después de que ustedes se marcharan, escuché a Antonio Sandoval decirle a Máximo Ferrer que no ve futuro en Cristhian —suelta Patri sin rodeos.

​—¿Qué se supone que significa eso? —salta Cristhian de inmediato.

​—¡Que no la interrumpas, coño! —le espeta Andrés. Mi amigo guarda silencio al instante.

​—Continúo —retoma Patri—. Le pidió a Máximo que deje de invertir tanto en la familia Smith como en la familia Anderson. Eso es una declaración de guerra comercial.

​—¿Por qué haría algo así? —vuelve a preguntar Cristhian, esta vez en un susurro.

​—Porque considera que, aunque eres brillante en la empresa, careces de la madurez necesaria para gestionar tu vida personal. Dice que vives de escándalo en escándalo y que eso, a largo plazo, mancha la reputación de sus inversiones. Piénsalo desde su perspectiva: ¿quién quiere asociarse con un mujeriego empedernido que protagoniza las portadas de chismes cada dos días?

​Andrés toma la palabra, señalando a su hermano.

—Dinos una sola semana en la que no figures en una revista. Un solo día en el que no salgas de una discoteca con una mujer distinta que, horas después, vende detalles sobre ti a los reporteros.

​Guardo silencio porque sé que tiene razón. Desde que los conozco, ese estilo de vida es el pan nuestro de cada día para Cristhian.

​—Pero ese soy yo —se queja él—. No tiene lógica que castiguen a las empresas por mi vida privada.

​—Eres impecable en el trabajo, pero tu vida sentimental es un desastre —insiste Andrés.

​—Amor, no es que sea un desastre —lo corrige Patri—, es que, de hecho, no tiene vida sentimental. Solo tiene aventuras vacías.

​Cristhian se pasa una mano por el cabello, frustrado.

—¿Qué quieren que haga?

​—Que te cases —suelta Andrés con frialdad.

​—Ni de coña.

​—Cristhian, escúchame bien —Andrés se inclina hacia adelante—. Nuestros padres me confesaron que, si no encuentras pareja este año, ellos te impondrán una. Logré que te dieran tiempo, pero si Máximo o Antonio hablan con ellos sobre retirar las inversiones, no habrá marcha atrás. Te casarán con Camila Sandoval, estoy seguro.

​—¿Por qué no me habías dicho nada? —le recrimina su hermano.

​—Porque no creí que llegáramos a este extremo. Pero si el capital corre peligro, ellos tomarán medidas. No solo por el dinero, sino por tu propio bien. Quieren verte con alguien estable, alguien decente que limpie tu imagen.

​—No voy a casarme —reitera Cristhian, aunque su voz suena menos segura.

​—¿No entiendes que tus decisiones nos afectan a todos? —le pide Patri con desesperación—. Hazlo solo por un tiempo.

​—¿Olvidaste la regla? Solo puedo casarme una vez en la vida —le recuerda él.

​Intervengo por primera vez, confundida.

—¿Por qué solo pueden casarse una vez?

​—Es una imposición de nuestro bisabuelo —explica Andrés—. Quería asegurar que los hombres de la familia eligieran bien a sus esposas. El divorcio es posible, pero el segundo matrimonio está prohibido por estatuto familiar para proteger el patrimonio de cazafortunas. Por eso debemos estar seguros de que, en caso de separación, la otra persona no nos destruya.

​—Es una tradición arcaica, pero es lo que hay —añado, poco convencida.

​—Pues con más razón no me caso —concluye Cristhian—. ¿Para qué? ¿Para que en el divorcio me saquen hasta los ojos? No, gracias.

​—Podrías hacerlo con alguien de confianza —sugiere Patri—. Alguien que sepas que no se aprovechará de ti.

​—¿Y esa mujer existe? —pregunta él con sarcasmo.

​—Sí. De hecho, podrías redactar un contrato de dos años. Sin amor, sin complicaciones. Solo por un contrato.

​—¿Quién es esa mujer en la que confían tanto? —pregunto yo, sin imaginar siquiera por dónde van los tiros.

​—La tienes enfrente —responde Andrés, mirándome fijamente.

​Levanto la cabeza, perpleja. Cristhian hace lo mismo. Por primera vez en años de amistad, lo detallo de otra manera: sus ojos verdes intensos, el cabello oscuro, la mandíbula marcada y esos hombros que parecen a punto de reventar las costuras de su camisa de diseñador. Sacudo la cabeza. Madrugar me está afectando el juicio.

​—¿De qué mierda estás hablando? —pregunta Cristhian, aunque no aparta la vista de mí.

​—Irina no te va a manipular ni a robar —argumenta Patri con pragmatismo—. No venderá información a la prensa ni te exigirá fidelidad real. Es la solución perfecta para callar a los Sandoval y evitar que tus padres te impongan a Camila.

​—¿Se les olvidó el pequeño detalle de que están hablando de una persona real? ¿De mí? —los interrumpo.

​—A mis padres les agradas, Irina —sigue Andrés, ignorando mi protesta—. Podrías seguir con tu vida después de los dos años, pero con una posición económica y profesional envidiable. Serías diseñadora en la firma, igual que mi madre y Patri. Tendrías chófer, cuentas bancarias, viajes... todo lo que implica ser una Anderson.

​—Me han explicado todo —digo con ironía mientras ellos ríen—, pero la respuesta sigue siendo no. Ni de coña me caso.

​—Irina, por favor, eres la única en quien confiamos —suplica Andrés—. Si contratamos a una actriz, venderá el contrato al mejor postor en una semana.

​—Solo me casaría contigo porque es un negocio —añade Cristhian, mirándome con una mezcla de desafío y urgencia.

​—Qué halagador —finjo emoción.

​—Irina, no hay tiempo —insiste Andrés—. Es ahora o nunca.

​Me quedo en silencio, planteándome la locura más grande de mi vida.

—¿Cómo funcionaría?

​—Lo introduciríamos poco a poco a la familia para no levantar sospechas —explica Patri, ya planeando la estrategia—. Luego se dejarían ver en público, muy acaramelados, para que la prensa haga el resto.

​—¿Tendría que dormir con él? —pregunto, yendo al grano.

​—Yo duermo con mi esposo —me recuerda Patri—. Vivirán en la mansión con los padres de Cristhian y los empleados. Si no comparten habitación, la farsa caerá en un día. Es un riesgo que debemos correr.

​Miro a Cristhian. Él me sostiene la mirada, esperando.

—Vale —respondo finalmente.

​Ellos sonríen y celebran, pero yo siento un nudo en el estómago. Una hora después, el abogado personal de Patri llama a la puerta. Es un hombre discreto, de los que entienden que el silencio es su activo más valioso.

​—Tomen asiento —nos indica Andrés.

​El abogado despliega su laptop y comienza a redactar.

—Bien, ¿quiénes son los contrayentes?

​—Nosotros —dice Cristhian, señalándome.

​—Nombres completos: Cristhian Anderson e Irina Jenner —dicta Patri.

​El abogado teclea con rapidez.

—He incluido las cláusulas estándar de un acuerdo matrimonial, pero dado que esto es un contrato especial... ¿qué puntos adicionales desean agregar?

Cristhian comienza a dictar sus condiciones con una frialdad que no le conocía, y yo hago lo mismo con las mías. El presente acaba de cambiar para siempre.

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