Capítulo treinta y dos: Los ojos del lobo

Ivy

Toda la conversación se desdibujó como si no hubiera ocurrido o, peor aún, como si no importara. Él volvía a desarmarme, capa por capa, y lo peor era que yo se lo permitía. No podía creer lo indefensa que era ante su atracción.

Mi pulgar rozó las quemaduras que rodeaban mis muñecas, recordato...

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