Capítulo cuarenta: La confesión de un monstruo

Kael

Moví las caderas, frotando mi verga contra su culo amoratado. El calor que emanaba de su cuerpo me atravesaba, abrasador, intoxicante, una fiebre que no podía enfriar por más que luchara contra ella. Cada marca que le había dejado, cada hinchazón, cada moretón, cada aliento entrecortado, a...

Inicia sesión y continúa leyendo