Ciento cuarenta y siete

No podía dejar de temblar.

Incluso después de que el portazo de la puerta principal se convirtiera en un pesado silencio, el sonido seguía reverberando en mi pecho, sacudiéndome. Podía sentir la vibración dentro de mí, en mis venas, en mi corazón. Mis palmas estaban húmedas contra el mostrador. La ...

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