Ciento cincuenta y cuatro

Declan no solía inquietarse. Era demasiado sereno para eso, demasiado entrenado en mantener la calma. Pero esa noche, cuando vino después de que Noah se hubiera ido a la cama, se quedó en la puerta de mi sala de estar y se frotó la nuca como un niño culpable. Noah hacía lo mismo cuando lo atrapaba h...

Inicia sesión y continúa leyendo