Ciento setenta y cuatro

Estaba doblando la ropa de Noah cuando mi teléfono sonó, un número desconocido parpadeando en la pantalla. Casi lo ignoré, pensando que podría ser otro periodista. Pero algo, quizá por costumbre, me hizo contestar.

—¿Hola?

—Willow —dijo una voz que no había escuchado en semanas. Suave, calmada, de...

Inicia sesión y continúa leyendo