Ciento ochenta

Para cuando llegamos a casa, el mundo ya lo sabía. Como lo había esperado.

El teléfono de Declan no había dejado de sonar desde que salimos de la sala de conferencias. El mío tampoco —los mensajes, llamadas perdidas, notificaciones se acumulaban más rápido de lo que podía borrarlas.

Ni siquiera no...

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