Treinta y cinco

—¿Planes?—murmuré, con una sonrisa jugando en mis labios. Había un brillo en sus ojos que hizo que mi corazón se acelerara.

Él sonrió—Paciencia, paloma.

Pagó la cuenta, ofrecí dividirla, a lo que ni siquiera respondió.

Casi habíamos llegado al coche cuando se detuvo, girándose para mirarme, acari...

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