Cuarenta y tres

La tarde siguiente, me encontré con Mara justo fuera del salón de estudiantes. Estaba sentada en uno de los bancos, con las piernas cruzadas, un cuaderno de espiral en su regazo y la tapa de un resaltador entre los dientes. En cuanto me vio, sus ojos se afilaron como los de un halcón detectando un m...

Inicia sesión y continúa leyendo