Capítulo 2 Los fuertes brazos que me contienen
JENNIFER
Poco puedo explicar de lo que ocurre a mi alrededor, soy consciente del pésame de las personas, algunos me abrazan, otros me miran con pesar. No puedo decir que estoy incapacitada por el dolor, solo que no me apetece contestar.
Desde mi asiento contemplo una fotografía que tomé en navidad, son mis padres juntos, sonrientes, la han impreso y colocado en un marco dorado sobre un atril. Los ataúdes están sellados, verlos calcinados sería demasiado terrible.
Su helicóptero falló, la ayuda no pudo llegar a tiempo. Los forenses dicen que murieron en el impacto. Ojalá sea verdad y no hayan sufrido tanto.
Eran los mejores padres del mundo y ahora no están.
Una mano toma la mía y la aprieta, me encuentro los ojos azules de mi abuela, mi papá se parece a ella. Eso me lastima, quito la mirada.
—Jennifer, no has comido nada.
—Después —respondí tajante, quito mi mano de su agarre, ella suspira.
—Aún falta un poco para el sepelio, te da tiempo de comer al menos un sándwich.
—No me apartaré de aquí, puedo soportarlo.
—Te quedarás conmigo en mi casa, nos acompañaremos, podremos consolarnos la una a la otra.
Alguien reclama la atención de mi abuela y la veo alejarse.
De verdad. No sé cómo logra estar tan entera, el que murió en un horrible accidente fue su hijo mayor. Supongo que está acostumbrada ya, enterró a sus padres, a su esposo. ¿Quién más le queda en el mundo a quien realmente ame?
Sé que soy injusta, sé que me ama, pero no me sale ser amable en este momento.
Estoy demasiado furiosa, mis padres no debieron morir. Que lo hicieran mientras iban a ver mi estúpida audición es lo peor.
Me siento culpable…
No sé exactamente qué es lo que hizo que levantara la mirada, creo que fue porque las conversaciones a mí alrededor se apagaron.
Un hombre había llegado al cementerio, abrazaba a mi abuela.
Adrian Cameron, hermano menor de mi papá. No necesitó anunciarse; su sola presencia llenaba el espacio. Alto, con el traje perfectamente ajustado, el cabello oscuro peinado hacia atrás.
Yo lo observaba desde la distancia. Era mi tío, pero había vivido en otro país mucho tiempo.
No se parece demasiado a mi padre, este hombre se ve frío, soberbio, en cambio mi padre tenía una presencia tranquilizadora, de sonrisa fácil y amena.
Entonces, me mira. Mueve la cabeza de arriba abajo mientras escucha lo que mi abuela le dice al oído.
Hay algo en su porte, en la manera en que sostenía mi mirada, me da escalofríos.
No es solo autoridad, era un magnetismo que me incomoda.
Lo detesto, esa es la verdad. Le había oído decir a mi padrino mientras conversaba con mi abuela que sería nombrado CEO de la empresa de mi padre, pero antes no quiso pasar ni una navidad con nosotros. Y bastante escuché a mi abuela, incluso a mi madre pedírselo.
Ahora sí le es agradable venir de visita, supongo. Pues la muerte de mis padres le ha dado la dirección de una empresa multimillonaria.
Le da un beso en la mejilla a mi abuela y sin dejar de mirarme se acerca.
Se detiene frente a mí proyectando sombra. Levanto el rostro para poder mirarlo a la cara. Por un instante no dice nada, solo me mira con las manos en los bolsillos.
—Jennifer… —Su voz es grave, rica como la de un tenor. Se aclara la garganta, se ve incómodo—. No hay nada que pueda decirte que alivie esto.
Traga saliva y baja la mirada un segundo antes de volver a sostener la mía.
—Tus padres… Ellos eran extraordinarios.
Su mano se mueve apenas, como si quisiera tocarme el hombro, pero se detiene a medio camino.
—Solo quiero que sepas que… no estás sola.
Quiero decirle que puede largarse a dónde demonios se supone que estaba. Pero al mismo tiempo, quiero que me abrace.
Quizás es porque es lo más cercano que tengo a mi padre.
Mi abuela se acerca a mí, me hace levantar y es ella quien rodea mi cintura.
El sacerdote se acerca a la comitiva. Tengo que dar los pasos más duros. Los pocos pasos que me permitirán dar el último adiós.
Pensé que podría, pero el dolor que siento en este momento me tranca la respiración. Me duele el pecho, siento que mis pulmones no caben en mi cuerpo y que en vez de aire tienen arena.
No logro ver los ataúdes, pues las lágrimas me impiden hacerlo y sé que lo peor está por pasar.
Comienzan a arrojar las flores. No estoy lista para ver caer tierra sobre ellos. Y aunque racionalmente sé que no hay forma de que pueda morir ahora mismo y ser enterrada junto a ellos; una parte de mí, primaria, desesperada, no puede tolerar quedarse atrás…
— ¡No!, mamita, papá. ¡No lo hagan! —supliqué con la voz cortada, quiero gritarles, detener todo, pero la voz no me sale y mi abuela me está sosteniendo.
Los obreros no tienen idea que quiebran mi mundo, echan palas de tierra, y los ataúdes lustrosos y brillantes palidecen ante el polvo y las flores sepultadas.
No me doy cuenta de que de hecho sí estoy gritando, hasta que siento mi garganta despellejada, los oídos me pitan, y estoy dispuesta a parar todo, bajo un pie a la fosa.
No sé hasta qué punto es evidente mi intención, no sé si estoy halando a mi abuela, la cosa es que ni siquiera logro acercarme a los ataúdes cuando unos grandes brazos me inmovilizan.
Estoy tratando de soltarme, pero es inútil.
— ¡Jennifer! ¡Jen!... Es suficiente —es mi tío Adrian, me tiene inmovilizada por completo, su voz en mi oído suena quebrada, también desesperada—. Te soltaré si te calmas.
Suelto la presión de mis músculos y él afloja la fuerza, pero no me suelta. Me gira y termino con el rostro en su pecho. Continúo llorando, desesperada al oír como arrojan tierra en la tumba, tengo incapacidad total para meter oxígeno a mis pulmones.
—Ya pequeña, estoy aquí, estoy contigo.
No lo quiero a él, quiero a mis padres, niego con la cabeza.
—No puedo, no puedo estar aquí —sollozo. Él me mira y su rostro está rojo, también contiene el llanto.
—Ven conmigo —susurró. Se mantiene a mi lado, tan estrechamente que no permite que mire a los obreros terminar de sepultar a mis padres. Fue mi muleta, y me aleja de allí.
Caminamos hasta un rincón apartado del cementerio. Allí se alzan los mausoleos familiares, pequeñas habitaciones de mármol con puertas de hierro, como casas silenciosas para los muertos. El murmullo de la gente quedó atrás y el aire se vuelve más frío.
Estamos solos. Demasiado solos. Y aunque sus brazos me sostienen, una voz interior me grita que no debo seguirlo. Recuerdo a mi madre advirtiéndome acerca de irme con desconocidos cuando era una niña, pero es mi tío.
¿También debo desconfiar?
